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Los costos del vacío 

En un reciente artículo aparecido en “The Telegraph”, el importante Rabino Lord Jonathan Sacks ofrece un interesante diagnóstico de la actual crisis espiritual europea y cuáles han sido sus costos. Si bien el tono termina por ser optimista, denuncia el hueco moral enorme dejado por la pérdida de la identidad cristiana en todo un continente. La ausencia de una identidad bien definida, que hasta antes del movimiento del 68 era marcadamente cristiana, ha generado un vacío en las nuevas generaciones, que no siempre se ha llenado correctamente.

En concreto, Sacks considera a ese vacío de identidad como causante de que muchos jóvenes europeos sacien esa ausencia de ideales con unos equivocados. Jihadi John, el famoso musulmán británico, filmado al degollar a los rehenes del Estado Islámico, sería el ejemplo paradigmático. Mucha gente se acostumbra a vivir en la banalidad y la indolencia, pero no pocos jóvenes necesitan una causa que oriente su vida, una causa fuerte, y muchas veces esa causa no es la correcta, como es en el caso del ISIL. Esto es un hecho que está allí y reclama explicación.

La caída en el fundamentalismo fanático y violento es también, según Sacks, una especie de efecto péndulo del laicismo imperante impuesto en Europa. La ausencia de Dios y de la religiosidad generalizada genera, por contraste, patologías de la religión que tienen carácter reaccionario; es decir, son un tipo de respuesta al pensamiento único impuesto, una manifestación de rebeldía juvenil que no quiere plegarse a lo que otros han pensado por ellos, en este caso a los dogmas secularistas. Digamos que, en cierta manera, se ha cerrado el circulo: si se excluyó en un primer momento a la religión, considerada un lastre que impedía pensar por libre, los excesos de ese pensamiento que originalmente fue libre y terminó siendo obligatorio, dogmático y excluyente, abren la puerta de atrás a la religión, pero ahora en su forma patológica y violenta.

Sacks acuña la expresión “mal altruista”, para referirse al hecho de que muchos jóvenes se enfilen desinteresadamente en las líneas del fundamentalismo islámico. Lo cual constituye un fenómeno novedoso, pues todos ellos tienen bienestar económico y acceso a la educación universitaria y a la cultura; es decir, se trata de una elección consciente, a la que no han sido orillados por miseria o ignorancia.

Según él, por ejemplo, ya no existe una identidad británica clara, ¿qué querría decir ser un “británico orgulloso”? Los jóvenes ya no saben lo que eso significa. Sostiene entonces que “es necesario volver a las grandes corrientes de los valores religiosos, si queremos redescubrir una identidad que pueda contener la atracción que por el Estado Islámico sienten los jóvenes desilusionados”. Pero –se pregunta- “podemos tener una identidad británica sin religión”. Y él mismo responde lacónicamente: no. Los profetas del nuevo ateísmo están generando, como efecto perverso impensado, lo que más detestan: el fundamentalismo religioso de cariz violento. La religión, en efecto, “nos proporciona un sentido real del bien común como miembros de una sociedad, en vez de las ideas centradas en uno mismo promovidas por todas partes.”

Una primera consecuencia, real hoy en día, es que Europa ya no es segura para los judíos. De hecho, el 40 % de los judíos franceses han considerado la posibilidad de abandonar su país. Pero no se trata de un asunto meramente sionista. Sacks, y con él Tony Blair, se dan cuenta de que la cuestión tiene muchísimo más fondo: “el problema no es sólo de los judíos, sino de nuestras libertades y de la santidad de la vida”. Incluso afirma: “si los judíos no están seguros en Europa, entonces nosotros hemos perdido nuestras libertades, hemos perdido nuestras almas”.

Europa, que desconoció sus propias raíces cristianas y por tanto renegó de su identidad, está ahora pagando un precio muy elevado por ello. Y los hombres de cultura europeos no pueden sorprenderse, pues ya hace muchos años Ernst Wolfang Böckenforde sentenció que el estado liberal secularizado vive de unos presupuestos que él mismo no puede garantizar, presupuestos que le venían dados por sus principios cristianos; al rechazar ese origen, corta el fundamento en el que estaba apoyado.

P. Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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