Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, octubre 18, 2019
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Los cuatro signos “Estas son las señales que acompañarán a los que crean” (Mc 16,17a) 

Al enviar Jesús a los discípulos por el mundo entero a proclamar la Buena Nueva, leemos en el final del evangelio según S. Marcos las señales que acompañarán a los que crean: expulsar demonios, hablar en lenguas nuevas, agarrar serpientes con las manos, curar a enfermos… Estas señales presentan los signos de identificación del cristiano, aquello que los diferencia de todos los demás. Es importante detenernos en ellas con el fin de discernir nuestras señas de identidad.

primera señal: “En mi nombre expulsarán demonios”

 

El anuncio del Evangelio determina la expulsión de los demonios. Así sucede desde el comienzo. El primer signo que realiza Jesús, según S. Marcos, es la expulsión de un demonio. Es importante resaltar este episodio porque nos muestra las tácticas del demonio y el modo de combatirlas. Jesús entra en la sinagoga de Cafarnaúm y se pone a enseñar. “Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar” (Mc 1,23). Podríamos preguntarnos qué hace un demonio en una sinagoga. Generalmente nos inclinaríamos a pensar que los demonios deben estar en otros lugares, pero no es así. Los sitios de perdición son sitios de perdición y el demonio nada tiene que hacer por allí, ya que otros se encargan de realizar su trabajo. El demonio está justamente en la sinagoga y en todos aquellos lugares en los que se proclama la Palabra de Dios, puesto que su tarea consiste, precisamente, en tergiversar dicha Palabra.

Lo sabemos desde “el principio”. En el jardín del Edén, en donde Dios se pasea con el hombre, aparece la serpiente que le habla a Eva. “¿Cómo es —le desliza— que Dios os ha prohibido comer de todos los árboles del jardín?”. El demonio toma ocasión de la Palabra de Dios pero la malinterpreta a su conveniencia. Eva se lo hace notar: “No es cierto, podemos comer de todos menos del que se halla en el centro del jardín”. Esto es lo que estaba esperando el engañador, centrar la atención sobre ese árbol especial que entraña una prohibición y una condena, sirviéndose de ello para inocular en Eva un veneno mortal: el virus de la duda. “Dios no es tan bueno como pensáis” —le está insinuando—. Y, mentiroso por naturaleza, le burla: “No es verdad que moriréis, sino que Dios no quiere que seáis como Él, conocedores del bien y del mal, con el fin de manteneros siempre bajo su tutela e impidiendo vuestra libertad”.

Eva cae en el engaño y come del árbol. Es la táctica que usa siempre el demonio. Lo podemos comprobar en las tentaciones de Jesús en el desierto. El tentador utiliza la Palabra de Dios para insinuarse a Jesús, pero al contrario de Eva, Jesús no discute con el demonio, le corta en seco empleando sus mismas armas: la Palabra de Dios. Este fue el error de Eva, entablar conversación con el demonio. No se puede dialogar con él porque te enreda, la única respuesta posible es la que emplea Jesús con el tentador y la que va a utilizar con el demonio de Cafarnaúm. Este, como su costumbre, cuando ve a Jesús, empieza a hablar, pero Jesús no le permite continuar: “Cállate y sal de él”, le conmina con autoridad, y el espíritu inmundo salió del hombre.

la Palabra de Dios encadena al diablo

 

Examinemos la cuestión. El demonio aparece siempre en donde se proclama la Palabra de Dios para tergiversarla y llevar al hombre al engaño. Pero la Palabra de Dios resuena siempre en la historia humana, en la vida de cada persona, puesto que todo acontecimiento es Palabra de Dios que quiere entrar en comunión con nosotros. Es cierto que muchas veces, no entendemos esta palabra porque nos causa sufrimiento. Es lo que les ocurría a los israelitas, tal como nos relata el libro de los Números, que cansados de vagar por el desierto, sin entender el proyecto de Dios, se pusieron a murmurar. Aparecieron, entonces, unas serpientes que les mordían en el talón provocando la muerte. Ante el clamor de los israelitas, Moisés oró al Señor que le indicó el remedio: mirar a una serpiente de bronce colocada en un mástil. Puede sonar a magia, pero no es así.

¿Qué sucede en realidad? Israel murmura y reniega de Dios porque no entiende su historia, ocasión que aprovecha el demonio para inocular su veneno: “Dios no te ama, pues de lo contrario, no hubiera permitido tal situación en tu vida. Tú te mereces mejores atenciones. No hay derecho a lo que te está sucediendo”. Y cosas por el estilo. Inocula su veneno que, si llega a un órgano vital, puede producir la muerte. Está escrito: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje; él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar”. Hay un perenne combate entre la mujer y el dragón, aunque el desenlace de la batalla resulta desigual. La serpiente muerde, como las del Sinaí, en el talón; llega a emponzoñar a su víctima sugiriéndole que Dios no es justo con ella puesto que permite tales cosas en su vida.

Ante ello solo cabe una posibilidad: mirar a la serpiente de bronce; es decir: hacer un acto de fe, pues si es verdad que muchas cosas no las entendemos, es mucha mayor verdad que Dios nos ama, que todo es gracia y, por tanto, todo contribuye para bien de aquellos a los que el Señor ama —es decir, todas las obras de sus manos— y, por tanto, aunque no entendemos, guardamos —como María— estas cosas en el corazón porque todo es para bien. Esta actitud sana toda herida y expulsa al demonio, aplastándole su cabeza. El demonio puede matar, si uno se deja embaucar, pero la mujer y su descendencia le destruyen. El arma es poderosa, eficaz y simple: ¡Cállate!, y se calla porque nada puede hacer con quien no le permite hablar.

la potestad del maligno no es soberana

 

El ser humano está lleno de demonios. Demonios de ira, envidia, lujuria, avaricia, rencor, pereza, etc., que le obligan a hacer lo que no quisiera. Por eso el mundo está colmado de horrores, injusticias y sufrimientos. Pero allí donde se proclama la Buena Nueva, estos demonios son iluminados por la luz de Cristo y salen corriendo. ¡Cuántos han sido liberados de sus demonios por la acogida del Evangelio! Rencores añejos y arraigados que son arrancados, esclavitudes y vicios de los que uno es liberado, tristezas y mutismos que se transforman en gozo y alabanza. Todos nosotros somos testigos de esta obra de la gracia.

Pero el Señor nos advierte: “¡Cuidado que la casa no se quede vacía!”, porque si después de haber sido limpiada y habitada por el Espíritu Santo, este es dejado de lado, vuelve el demonio con otros siete y el estado de esta casa llega a ser peor que al principio. Lo estamos experimentando día a día.

Por no referirme a casos particulares, lo comprobamos en nuestra vieja Europa. Hubo un tiempo en que los demonios que la habitaban fueron expulsados por la luz del Evangelio, y Europa llegó a ser el hogar de la libertad, de la sabiduría y del amor. Ha sido el motor de la historia, llevando la civilización al mundo entero. Pero ahora que ha abandonado a Cristo, los viejos demonios han vuelto y están destrozando la faz de Europa. Con ellos llegan todas las aberraciones, y la muerte. ¡Pobre Europa! Solo la conversión que viene de un nuevo anuncio del Evangelio, puede devolverle su dignidad.

Por eso la imperiosa llamada del Resucitado: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”. Para que los demonios sean expulsados y el hombre recobre la libertad que solo tienen los hijos de Dios.

segunda señal: “Hablarán en lenguas nuevas”

 

Hablar lenguas nuevas es sinónimo de la comunión entre los hermanos y esto es fruto del anuncio del Evangelio. El libro del Génesis nos cuenta que “todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras. Al desplazarse la humanidad desde oriente, se establecieron en el país de Senaar y allí decidieron construir una torre cuya cúspide alcanzara el cielo” (Gén 11,1 ss.).

Tres son las acciones que realizaron los hombres. Primero, “abandonaron el oriente”. Abandonar el oriente, lugar de donde procede la luz, es equivalente a abandonar a Dios. En efecto, Dios es luz. El primer acto creador es la luz que hace presente a Dios, que abarca toda la creación. Al abandonar a Dios, el hombre no puede hacer otra cosa que “establecerse” en esta tierra, ya que ha perdido todo horizonte de trascendencia y únicamente les quedan las cosas de aquí abajo —se trata de la segunda acción realizada por la humanidad—. Pero, dado que el hombre ha sido llamado por Dios a la trascendencia, no le llenan las cosas de la tierra, aspira y busca la felicidad, por eso decide “construir una torre con la cúspide en el cielo”.

Se trata de una constante de todas las generaciones y de todos los tiempos: el hombre va en busca de la felicidad, pero quiere darse a sí mismo la felicidad y alcanzar por sus fuerzas el cielo. Pero la felicidad, la Vida es Dios y únicamente puede alcanzarse como gracia, por ello, los esfuerzos del hombre por construir el paraíso en la tierra han resultado utópicos y han fracasado siempre. La historia nos muestra cómo todos los intentos revolucionarios por construir un mundo mejor han terminado por traernos un mundo bastante peor. Recordemos por citar, tan solo, las revoluciones francesas y rusa, ni libertad, igualdad y fraternidad, ni paraíso en la tierra, sino terror y gulag. De tal modo que el intento humano ha acabado siempre de la misma manera: “confundieron su lenguaje y se desperdigaron por toda la tierra”.

Es la situación en la que se encuentra la humanidad; nadie entiende el lenguaje del otro: los ricos no se hablan con los pobres, los jóvenes no entienden a los viejos, ni los sabios quieran saber de los ignorantes. Tampoco el hijo del padre ni la hija de la madre. Cada cual va a lo suyo por lo que al no entenderse, aparece la división y la dispersión.

con el Espíritu, el Evangelio es letra viva y pujante

 

Muy al contrario sucede cuando Dios se hace presente en el corazón del hombre. El contraste de Babel lo tenemos en Pentecostés. Ante la acción del Espíritu, la gente exclama asombrada al escuchar a los apóstoles: “¿Cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto…, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes”. La obra del Espíritu, que hace retornar el corazón del hombre a Dios, crea la comunión en la dispersión y logra que todos hablen el mismo lenguaje. Porque donde hay un solo Espíritu, hay un solo corazón y una sola alma, de modo que todos hablan el lenguaje del amor.

Lo podemos comprobar una y mil veces en la comunión de los santos. Gentes de las más diversas procedencias nacionales, sociales y culturales, se entienden perfectamente, porque todos hablan el mismo lenguaje. Lo hemos podido comprobar, por citar solo un caso reciente, en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro. De este modo, el anuncio de la Buena Nueva logra que aquellos que la reciben, “hablen en lenguas nuevas”. Se trata de la segunda señal que acompañará a los que crean en la Buena Nueva.

(La tercera y cuarta señal serán abordadas en el próximo número de Buenanueva).  Puedes leerlo aqui

Ramón Domínguez Balaguer
Presbítero

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