Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, septiembre 20, 2019
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Los cuatro signos. Segunda parte 

En el anterior número de Buenanueva abordábamos las dos primeras señales de identidad que acompañan a los discípulos de Cristo: expulsar demonios y hablar en lenguas nuevas. En este artículo nos centramos en los dos siguientes signos de identificación del cristiano. Puedes leerlo aquí

3.ª señal: “Agarrarán serpientes en sus manos…”

La tercera señal marca la identidad profunda del cristiano e indica aquello que distingue entre quién es cristiano y quién no lo es: la victoria sobre la muerte. Leemos en el libro del Éxodo las señales que Dios otorga a Moisés a fin de que su mensaje sea creíble. La primera de ellas consiste en arrojar su cayado a tierra. El cayado se convierte en serpiente. Y Dios le ordena: “Extiende tu mano y agárrala por la cola”. Nunca hay que agarrar a una serpiente; pero si uno se ve forzado a ello, ha de hacerlo por la cabeza, nunca por la cola, pues en tal caso, la serpiente se revuelve y muerde, inoculando su veneno. ¿Por qué, entonces, Dios ordena a Moisés tomarla por la cola? Porque la serpiente no tiene poder sobre aquel que está unido a Dios, ya que el aguijón de la muerte ha sido arrancado por la muerte y resurrección de Cristo.

Pablo podrá por ello gritar a los corintios: “La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley. Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!”.

Quien está en Cristo por la acogida de la Buena Nueva ha muerto con Él al pecado y ha resucitado a la vida nueva; y si no hay pecado no hay muerte, y sin muerte tampoco hay temor. Este surge precisamente de la ausencia de Dios provocada por el pecado. Cuando Adán pecó se escondió porque tenía miedo. Al abandonar a Dios, fuente de vida, experimentó la muerte y conoció el miedo. Pero Cristo ha vencido el pecado y la muerte, con Él ya no hay miedo. Por esa razón está constantemente recriminando a sus discípulos: ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? Y les anima en los momentos de peligro, en medio del mar y con la tormenta sobre sus cabezas: “¡Ánimo!, que soy yo, no temáis”. Si Él es y está a nuestro lado, no hay por qué temer, porque Cristo ha destruido el pecado y ha vencido a la muerte con su Muerte y Resurrección.

Por ese motivo invita a sus discípulos a comer de su pan y a beber de su cáliz en conmemoración suya hasta su venida. Y Pablo explicará al respecto: “Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga”. ¿Cómo se anuncia la muerte de Cristo? Muriendo con una muerte semejante a la suya, pues Él entró en la muerte siendo inocente y por propia voluntad, asumiendo libremente la muerte en obediencia a la voluntad del Padre. Pues bien, en la vida de cada hombre se presentan cotidianamente situaciones de muerte; un fracaso, una enfermedad, la muerte de una persona querida, el quedarse sin trabajo, dificultades económicas, sociales, psicológicas, injusticias de otras personas, etc.

Ante estas situaciones los hombres suelen reaccionar generalmente, maldiciendo, criticando, rechazando, protestando, murmurando, resistiéndose de mil maneras a entrar en ellas y, claro está, acaban con la muerte en el corazón. No así el cristiano, que, sabiendo que todo es gracia, entra en la muerte como Cristo, libremente, muchas veces sin entender; pero guardando en su corazón y abandonado en la voluntad del Padre que sabe más que nosotros y nos ama más que nosotros.

la vida es un regalo que solo se merece dándola

 

Cristo tuvo su Getsemaní, y, aunque sudando sangre, entró voluntariamente en la voluntad del Padre, de modo que lo que parecía horrible fue la causa de nuestra salvación, porque al entrar en la voluntad de Dios, arrancó la raíz del pecado y socavó la tierra bajo los pies de la muerte. María tuvo muchas veces su propio Getsemaní cuando obedeció sin entender, y lo mismo hace el cristiano. Al igual que Cristo, acoge libremente la voluntad del Padre, y entra en la muerte cargando sobre sí el pecado de los demás. No maldice, sino que acepta que el mal de otro caiga sobre él: de este modo se hace semejante al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y lo quita porque lo carga sobre sus hombros sin permitir que siga proliferando. Este es el mandato que hemos recibido de Cristo: comer de su cuerpo y beber de su sangre en recuerdo suyo.

Por ese motivo, la Eucaristía es el centro de la vida cristiana, en la que celebramos los misterios de nuestra fe. Nadie puede llamarse cristiano si no participa de la Eucaristía, pues ella es la que nos hace partícipes de la muerte y resurrección de Cristo. Por ella, el cristiano, muerto con Cristo, entrando libremente en la muerte de cada día, goza, asimismo de su resurrección y puede mostrar al mundo que la muerte está vencida. Quien se resiste y reniega, muere; quien entra libremente, vive. Esto únicamente puede hacerlo aquel que tiene el Espíritu de Cristo, de modo que la victoria sobre la muerte es “la prueba del algodón” para distinguir a un cristiano de quien no lo es.

Quien ante la muerte se muere, no es cristiano; en cambio, quien vive, lo es. Aquí no hay trampa ni cartón ni cabe el disimulo. Se es o no se es, ya que pueden caer, como dice el salmo, mil a tu izquierda, diez mil a tu derecha, mientras que tú permaneces en pie. En el Reino de Dios, las cosas suceden de otro modo: es el primero quien se pone el último, gana el que pierde, y se vence a la muerte dando la vida.

De ahí la tercera señal que acompañará al que crea: “Cogerán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño”. Así lo han demostrado los santos, comenzando por Cristo. No han temido a la muerte y han bebido tantas veces el veneno que les ofrecían los hombres, tomando sobre sí los pecados ajenos, sin que les hiciera daño. De este modo, el Apocalipsis, refiriéndose a los cristianos, grita lleno de gozo: “Ellos lo vencieron —al dragón— gracias a la sangre del Cordero y a la palabra de testimonio que dieron porque despreciaron su vida ante la muerte”.

4.ª señal: “Impondrán la mano sobre los enfermos…”

 

La cuarta señal se refiere a la sanación de las enfermedades. Se trata de uno de los signos distintivos del Mesías y de las obras que realiza Cristo. Por eso, después de expulsar al demonio de la sinagoga de Cafarnaún, inmediatamente cura a la suegra de Simón Pedro, haciendo otro tanto con los enfermos que le trajeron a la puesta del sol. En Nazaret se apropiará de las palabras de Isaías presentándose como el que ha sido enviado a “anunciar la Buena Nueva y proclamar la libertad a los oprimidos y dar la vista a los ciegos”. Más tarde, ante la embajada de los discípulos del Bautista, le expondrá sus señas de identidad: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva”.

Esta es, por tanto, otra de las señas de identidad de la Buena Nueva. Aquellos que la acogen quedan libres de sus enfermedades. Hemos de hacer dos aclaraciones: en primer lugar, sabemos que las curaciones de Jesús se dan únicamente en aquellos que creen; se trata de una condición indispensable. Mientras en algunos lugares no pudo hacer ningún milagro por su falta de fe, en otros los realiza inmediatamente admirado de la fe de la persona, como con el criado del centurión de Cafarnaún, o le arrancan el milagro a la fuerza, como sucede por la fe de la mujer cananea.

Las curaciones físicas que Jesús realiza son señal del cambio que se ha producido en el corazón del hombre por la fe. Es esta la que provoca el milagro. Nada puede hacer Jesús allí donde falta la fe. En su ciudad de Nazaret no pudo hacer ninguno de los signos que le exigían sus conciudadanos por la falta de fe de estos; tampoco a los fariseos que le pedían signos se les concederá ninguno de ellos, salvo el signo de Jonás; y delante de la malsana curiosidad de Herodes ni se dignará responder, porque la curación física es reflejo de la sanación del espíritu. Si no hay cambio moral, tampoco se da el milagro físico. Por el contrario, allí donde Jesús aprecia la fe de las personas, procede inmediatamente a la curación del cuerpo. En segundo lugar, antes de curar los cuerpos, sana Jesús las almas, puesto que la enfermedad manifiesta una carencia del espíritu. Con aquel paralítico que le descuelgan por el terrado procede inmediatamente a perdonarle sus pecados, solo después le levantará de su postración.

Conviene aclarar también que esta señal no trata propiamente de la curación de enfermedades físicas, aunque también se dan, sino de las enfermedades del espíritu. Por lo pronto, no hemos de considerar la enfermedad física como una maldición, como pensaban los antiguos y creían los mismos discípulos ante el ciego de Jerusalén. Jesús se encargará de instruirlos: “Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios”. Porque la enfermedad, cuando es libremente aceptada como cruz que Dios envía para nuestra salvación, es fuente de gracia para el que la padece y para otras muchas personas. Tenemos testimonios sobrados al respecto. Lejos, por tanto, de ser desgracia, la enfermedad puede llegar a ser fuerza de salvación.

el Señor me sostiene, sus consuelos son mi delicia

 

Es importante la curación del cuerpo porque es señal del poder de Dios; pero no siempre es conveniente, porque a veces Dios se sirve de la enfermedad de una persona, cuando esta la acepta libremente para manifestar un poder mucho mayor: la victoria sobre la muerte. Ante la enfermedad, sobre todo si es grave y dolorosa, el hombre se suele rebelar o no la comprende, llegando a dudar del amor de Dios. Pero quien tiene fe conoce que todo es gracia, y si entiende que Dios permite la enfermedad para su bien —como decía la beata Chiara Badano, es “un juego de Dios o un designio espléndido que se revela a pocos”— entonces el verdadero milagro se manifiesta en esta aceptación de la voluntad de Dios, y en la alegría en medio de la enfermedad. Pues en tal caso está mostrando ante todo el mundo la victoria sobre la muerte.

A algunos, el Señor los mantiene en su enfermedad para su bien y el de otros. En otras ocasiones, cura a algunas personas de sus dolencias para manifestar su poder y llevar a otros a la fe. Pero busca sanar a todos de sus enfermedades espirituales, porque estas, a diferencia de las anteriores, alcanzan a todos sin excepción, pues nadie puede sentirse libre de pecado. Y Él ha venido, justamente, para quitar el pecado del mundo.

Este es el verdadero milagro que se opera, sin excepción, en todos aquellos que acogen la Buena Nueva. Allí donde se proclama el Evangelio, aquellos que lo reciben se ven libres de sus enfermedades del corazón. Hay quien no podía ver porque sus ojos están ciegos al amor de Dios en su vida y, por tanto, vive en la tristeza y el resentimiento, dando palos de ciego en busca de una felicidad que no alcanzan a vislumbrar. Hay cojos que se hallan incapacitados para acercarse a los demás porque su corazón es incapaz de amar; y leprosos a los que sus muchos pecados mantienen muertos en vida, mientras esta se les cae a pedazos; y los hay sordos incapaces de escuchar a Dios que habla en la historia y, por tanto, malviven en la murmuración, la crítica y la blasfemia contra Dios echándole las culpas de todos los males, sin entender que el mal procede del hombre; y hay también muertos que carecen de toda esperanza porque han perdido la Vida y moran entre otros muertos como ellos…

Todos estos son pobres porque desconocen la verdadera riqueza y están privados de ella: el amor que Dios les tiene. A todos ellos se les anuncia la Buena Nueva y quienes tienen la suficiente humildad para reconocer sus necesidades y miserias y creen que poderoso es Dios para sanarles, los que están ciegos ven el amor y caminan sin temor; los cojos andan liberados de su parálisis y pueden acercarse al prójimo; los leprosos quedan limpios y vuelven a estar entre los hombres; los sordos oyen a Dios y se desatan sus labios para poder bendecir; los muertos resucitan y retornan al mundo de los vivos porque han experimentado el amor que vivifica.

Este es, pues, el mandato del Señor a sus discípulos: «Y les dijo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño, impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”… Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16, 15-20).

Ramón Domínguez Balaguer
Presbítero

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