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LOS GENES DEL REINO SON PALABRA 
20 de Julio
Por Manuel Requena

Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte.»

Pero él respondió al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?»

Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos.

Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt. 12, 46-50).

COMENTARIO

Cinco veces nombra Mateo la madre y los hermanos de Jesús, su familia. Solo querían hablarle, según el recadero, pero quien hablaba al pueblo, cobijándolo en su voz y doctrina, era Él, y en esa intimidad de entrega no conviene interrumpirlo, ¡es su gran obra! Por eso situó las cosas en su sitio y estableció quienes son su familia, consagrando así la escucha de su Palabra como el protosacramento: “Éstos que me escuchan y cumplen, son mi hermano, mi hermana y mi madre.” Tema importante para encontrar y entender a Jesús, haciéndose familia suya, Iglesia en cercanía de escucha.

Mucho se ha jardineado sobre “los hermanos y hermanas” físicos de Jesús. ¿Eran sus primos? ¿Hijos de anterior matrimonio de José? Que no eran hijos de María lo sabemos por el dogma. Por eso, el mismo Jesús nos da la solución para sacarnos de los charcos en que nos metemos a veces: su familia era ya para siempre el pueblo que escucha y cumple la Palabra de Dios que habla cada día, y no solo en la Misa, sino en las mociones que cruzan la intimidad del alma anunciándolo, o llamándonos desde el rostro de un pobre, desde un enfermo, un niño… Es vocación hermosa del cristiano, acechar la Palabra que ilumina, conduce y enriquece interactuando en casos concretos. María, con la anónima comunidad de hermanos y hermanas de Jesús que la acompañaban en su busca, seguro que al buscarlo se movían por alguna razón de amor y, sin saberlo, propiciaron la explicación del Maestro sobre la esencia familiar cristiana: escuchar y obedecer al Padre.

Conociendo a Jesús que, hasta el final de su vida ya en la cruz, le fue adosando “hijos” a su Madre, –“mujer, ahí tienes a tu hijo…” (Jn.19,26) –, se puede deducir que desde niño iba trayendo gente, ricos y pobres, a su casa, y los que se quedaban con María y José eran “sus hermanos” ante todo el pueblo. La compulsión humana del Verbo de Dios a crear Iglesia que le escucha, seguramente la tenía antes de mudar los dientes. En la casa de José y María siempre habría gente necesitada, familia sagrada en la escucha y la pobreza santa.

No fue una grosería de Jesús no recibir a su Madre y sus hermanos, porque en realidad sí los recibió y los puso como ejemplo, aprovechando su preocupación por Él y su cariño humano, para aumentar el número de su familia.

Hagámonos la misma pregunta de Jesús ¿Quién es mi madre, mis hermanos y familia hoy? El DNI y el ADN, me incluyen en una parentela. La FE del corazón amplía ese número a la gran familia humana. Cada hombre y mujer, hijos de Dios con posibilidad de escuchar su Palabra y hacerla realidad como María, son mi hermano, mi hermana y mi madre. ¿Qué pasaría si tuviésemos a todos los hombres como madre, hermanos y hermanas? Sin duda cambiaría el aspecto de relación humana en el mundo.

No fue una grosería de Jesús preguntar quién era su madre y sus hermanos, sino la verdad del Reino, a veces incómoda porque me obliga a compartir, cuidar, estar atento y amar a mis hermanos y mi madre. Sentirse familia de todos los hombres no es a veces agradable, porque andamos algunos por el mundo… ¡que válgame Dios! Cada uno con su cada una, pero Dios Padre de todos, ha puesto a María ejemplo de Iglesia, la madre que busca ¿Cómo verlos con una enfermedad o necesidad grave y no acudir de inmediato en su ayuda? ¿Cómo verlos tirados en la calle o hambrientos y no socorrerlos? ¿Cómo puedo llamarme cristiano sin hacerlo?

A Jesús le fueron a buscar porque decían que estaba “fuera de sí”, loco. Aunque Mateo no lo cuenta, es fácil imaginar que María y los familiares que fueron a buscarlo, ante la respuesta de Jesús, no huyeron ofendidos, sino que, sentados a sus pies escucharon su palabra y unificaron la fe con la carne, dando así plenitud al grupo que empezaba a cumplir la voluntad del Padre. Bien sabía Jesús que una Madre y una relación de hermanos nos iba a hacer falta incluso para entender la Palabra.

Siete personajes en escena hacen Evangelio hoy: 1º. Jesús, 2º. La gente sentada a sus pies, 3º. Su madre, sus hermanos 4º. El recadero que se acercó a Jesús, le avisó y fue el primero en saber la verdad. 5º. El Padre celestial que da sentido a todo movimiento de amor y familia. 6º. El Evangelista que lo escribe. Y séptimos somos tú y yo que lo leemos; gente de hoy que escucha y, con la libertad de elección, nos situamos en un sitio o en otro de la escena movidos por los hilos del Espíritu. Conocer mi papel personal en cada escena, es garantía de amor.

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