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Los respetos humanos de Herodes asesinan al Bautista 
3 de Febrero
Por Tomás Cremades

En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él.  Unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado, de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él». Otros decían: «Es Elías». Otros: «Es un profeta como los antiguos». Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado». Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.

La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino». Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?». La madre le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista». Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».

El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro. Herodes había mandado prender a Juan el Bautista y lo había metido en la cárcel, encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no era lícito tener la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: “Pídeme lo que quieras y te lo daré”. Y le dijo: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”. Ella salió a preguntarle a su madre: “¿Qué le pido?”La madre le contestó: “la cabeza de Juan el Bautista”. Ella entró enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: “Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista”. El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja, y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro. (Mc 6, 17-20 a. 21 -29)

Aquí se pone de manifiesto los vicios de una sociedad muy diferente a la nuestra actual, pero víctima igualmente de los mismos vicios y pecados. Hay un adulterio de Herodes y de Herodías, su cuñada; sin juicio y sin defensa de Juan, éste es llevado a la cárcel. Sale a relucir con la luz del infierno el odio de Herodías, y está esperando la ocasión de vengarse de él. Aparece, pues, la venganza; y este hecho nos puede recordar lo que sabiamente denuncia el salmista:”…el malvado, acostado, medita el crimen…” (Sal 35). Más tarde avisará Pedro: “…Mirad que vuestro enemigo, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quien devorar…” (1P 5, 8).

Aparece la sensualidad, el erotismo, representado en la hija de Herodías, que con su baile adormece los sentidos de los comensales, probablemente ebrios, sin escrúpulos, deseosos de placer; aparece la llama de la lujuria. Y, ¡cómo no! Sale la prepotencia de Herodes, la soberbia, el odio, el orgullo de ser rey absoluto, dueño de vida y haciendas…Su expresión: ¡Pídeme lo que quieras, aunque sea la mitad de mi reino! ¡Qué más da, mañana lo recuperaré en cualquier guerra…! Y ahora entra en escena la “serpiente”: la maldad de la hija del pecado, que de forma sibilina aprovecha la ocasión para devorar el cuerpo indefenso de Juan. Es la imagen de la serpiente satánica del Génesis, anulando la voluntad de Adán y Eva. Su expresión: ¡Quiero ahora mismo la cabeza de Juan! , revela la inmediatez de la petición, no sea que si lo deja para más tarde las circunstancias cambien el viento que tiene a favor. La misma expresión que dice el Evangelio: “…Ella entró enseguida, a toda prisa…”, y le eficacia del rey, enviando “enseguida” a su soldado, ya indican que en su mente, aunque no quieran, asoma una urgencia reveladora de un imperdonable temor…no podrán escapar de su conciencia.

El rey representa un papel bochornoso: es adúltero, se deja dominar sin criterio, pues él defendía a Juan, teme “el qué dirán”, los respetos humanos, es lujurioso sin medida, y es asesino. No es capaz de defender a Juan sabiendo que es inocente. No le da la oportunidad de defensa, es injusto.

¿Y nuestra sociedad es mejor? Porque al leer este Evangelio se nos crispan las manos de rabia. Pero analicemos un poco: ahora no hay reyes absolutos, los poderes legislativo, ejecutivo y judicial están presentes en “casi” todos los países del mundo. Digo “casi”. No hace falta – es vox populi-, países donde se atropellan los derechos humanos, los cristianos, y cualquier otro ser humano, están perseguidos, la mujer es maltratada de palabra y de hecho, la madre asesina a su hijo dentro de sus entrañas, mientras la sociedad mira para otro lado y le cambia el nombre por “interrupción voluntaria del embarazo”; como si la madre, erigiéndose dios, posee el dominio sobre su vida. La violencia de género asesina a la parte más débil. Ya la denominación de “género”, introduce en el lenguaje la posibilidad de “varios géneros”: ojo con este peligro.

Los niños son machacados por los adultos pederastas, que abusando de su fuerza, cometen crímenes irreparables contra inocentes. Nuestra Iglesia pecadora también cae en esos delitos…

Se mira a otro lado en las guerras. El hombre es un “lobo para el otro hombre”. Todo vale mientras no me pillen. El dinero público engorda las arcas de unos pocos mientras el paro aumenta y hay hermanos que no pueden comer.

Los políticos – algunos – defienden a los ciudadanos jugando a dos barajas: en el parlamento, cobrando sobradamente el dinero que corresponde, y en la calle, defendiendo lo que no he sido capaz con mis argumentos…

Hace falta volver al Evangelio: él nos pone frente a nuestros delitos, y solo podemos exclamar: ¿Hasta cuándo, Padre?

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