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¡Luz de Cristo! Demos gracias a Dios 
18 de Marzo
Por Juan José Calles

«En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se Presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?”. Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?”. Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”». (Jn 8, 1 -11)


Cuando el día de ayer —el domingo quinto— pertenece al ciclo C (o sea, los años múltiplos del 3: 1998, 2001, 2004…, ¡2013!), el evangelio de la mujer pecadora se ha proclamado ya en domingo. Por tanto, en estos años, el lunes se lee el pasaje siguiente de este mismo capítulo: Cristo como Luz.

La metáfora de la luz se entiende fácilmente: es lo contrario de la oscuridad y de la ceguera, y en sentido simbólico, lo contrario del odio y de la mentira. Jesús es también para nosotros la Luz verdadera. Quién más quién menos, todos andamos en penumbras, si no en oscuridad. Porque nos falta el amor, o porque no somos fieles a la verdad, o porque hay demasiadas trampas en nuestra vida. En esta próxima Pascua Jesús nos quiere curar de toda ceguera, nos quiere iluminar profundamente. El Cirio que se encenderá en la Vigilia Pascual y los cirios personales con los que participaremos de su luz, quieren ser símbolo de una luz más profunda que Cristo nos comunica a todos.

En la serie de afirmaciones de Jesús —el repetido «yo soy» del evangelio de Juan— oímos el «yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en tinieblas», que repetirá también después de la curación del ciego de nacimiento. Sus enemigos no le aceptan, con la excusa de que es él quien da testimonio de sí mismo. Pero no pueden detenerle: «todavía no había llegado su hora».

El tema de la luz se desarrolla en el NT siguiendo tres líneas principales, más o menos distintas. Primera: Así como el sol ilumina el camino, así es luz todo el que ilumina el camino hacia Dios, antes la Ley, la Sabiduría y la Palabra de Dios; ahora Cristo, comparable a la columna luminosa del Éxodo; y finalmente cualquier cristiano que manifiesta a Dios a los ojos del mundo. Jesús mismo, ha descrito la misión de cada cristiano como luz al decir: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14-16). Segunda: La luz es símbolo de la vida, la felicidad y la alegría; las tinieblas son símbolo de la muerte; a las tinieblas del cautiverio se contrapone, pues, la luz de la liberación y de la salvación mesiánica, que alcanza incluso a las naciones paganas, por Cristo Luz para consumarse en el Reino de los Cielos. Tercera: El dualismo luz-tinieblas, viene a caracterizar los dos mundos opuestos del Bien y del Mal. De este modo, en el NT aparecen dos imperios, bajo la dominación respectiva de Cristo y de Satán, tratando uno de vencer al otro. Los hombres se dividen en hijos de luz e hijos de tinieblas, según que vivan bajo la influencia de la luz (Cristo) o de las tinieblas (Satán) y se les reconoce por sus obras. Esta separación (juicio) entre los hombres se ha manifestado con la venida de la Luz, que obliga a cada cual a pronunciarse en pro o en contra de ella. La perspectiva es optimista: un día, las tinieblas deberán desaparecer ante la luz.

Caminamos, durante esta Cuaresma hacia la Pascua, hacia la Luz, pero lo hacemos en medio de la noche. A veces la oscuridad del sufrimiento, los problemas, las dificultades, las tentaciones…, nos impiden vislumbrar lo que hay más allá de la alborada; pero, tenemos la experiencia, ya vivida y contrastada a lo largo de nuestra peregrinación, de que la luz vence siempre a las tinieblas, de que tras el levante de la aurora nos espera un amanecer pleno de dicha y felicidad.

Sí, Jesucristo ha vencido la muerte, ha disipado para siempre las tinieblas del pecado y de la muerte, ha inaugurado, ya, el día que no conoce el ocaso, como cantaremos en el Exultet a la luz del Cirio en la solemne Vigilia Pascual: “Te rogamos. Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche, y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo. Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos”.

Sí, siguiendo a Jesucristo, luz del mundo, durante nuestra peregrinación hacia la meta del Cielo, pasaremos a seguir al Cordero, lámpara de la Gloria: “La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero. Las naciones caminarán a su luz, y los reyes de la tierra irán a llevarle su esplendor. Sus puertas no se cerrarán con el día porque allí no habrá noche” (Ap 21, 23-25).

¡Luz de Cristo! Con este anuncio, cantado, abre el diácono la procesión que inaugura la Vigilia Pascual. Preparémonos a participar como verdaderos illuminati (iluminados) aclamando con la asamblea santa: Demos gracias a Dios.

Juan José Calles

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