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Luz para alumbrar a las naciones 
2 de Febrero
Por Ernesto Juliá Díaz

 

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.

Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

-«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.

Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos:

luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». (Lc 2, 22-35, 39-40)

María ha dado a luz al Hijo de Dios en el portal de Belén; y lo ha entregado al mundo. Ahora, “cumplidos los días de su purificación según la ley de Moisés”, lo lleva al Templo; lo presenta al pueblo escogido que Dios había preparado para le diera el nacimiento; y lo hace con la misma naturalidad con que dio a luz en el pesebre. En silencio, sonriente, acompañada de san José, María presenta al pueblo de Israel su esperanza hecha realidad: el Mesías anunciado desde la expulsión del Paraíso, profetizado por los profetas, esperado por el pueblo. El Salvador. Dios con nosotros.

En su Nacimiento, Jesucristo ha iluminado de Luz las tinieblas del mundo.

En su Presentación, el Niño Jesús, Dios y hombre verdadero, ilumina el Templo; da Luz a todo el pueblo de Israel. El Templo, que siempre ha sido el lugar de Dios en medio de su pueblo; se convierte ahora ya, verdaderamente, en la casa de Dios vivo en la tierra.

En su Nacimiento, nadie lo estaba esperando, “a los suyos vino, y los suyos no lo recibieron”.

En su Presentación, lo acoge el anciano Simeón “que aguarda el consuelo de Israel”, y que ha recibido el anuncio de que no moriría sin haber visto la gloria de Dios. María descansa al Niño en sus brazos; el anciano se llena de gozo y exclama dejando su vida en las manos de Dios que yace confiado en las suyas.

Simeón abre con toda sencillez y humildad su alma al Señor:

“Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

En Simeón estamos representados todos los creyentes en Jesucristo, y todos los que por un camino u otro, a lo largo de su vida, lo buscamos ¡Con cuánto gozo y paz se habrá preparado Simeón para este encuentro con el Señor! ¿Cómo nos preparamos nosotros para recibir al Señor en el encuentro tan personal con Él, que vivimos en la Eucaristía?

Acogiendo así, con Fe y Esperanza al Señor, y de la mano de Santa María -María es hoy, verdaderamente, Mater Ecclesiae, Madre de la Iglesia, Madre en la Iglesia- vamos preparando el camino del encuentro con Cristo, a  todos los hombres y mujeres que no han recibido todavía la noticia del Nacimiento de Cristo, del Salvador, a la tierra. Gente que todavía vive en “tiniebla”, que afirman que no tienen fe, que no creen en Dios, que no quieren leer ningún libro religioso que pueda reverdecer en el fondo de su alma el anhelo de volver a encontrarse con Dios hecho Hombre… Esas personas, sin saberlo, esperan de nosotros el anuncio de que Cristo ha venido al mundo; de que el Hijo de Dios se ha encarnado y es Dios y hombre verdadero.

La Presentación del Señor en el Tempo, es una llamada a todos los creyentes para darnos cuenta de que el Señor cuenta con cada uno de nosotros para anunciar su venida al mundo. Todos somos “iglesia”

    El Templo –la iglesia- en la que la Virgen Madre María quiere presentar hoy a su Hijo, y llenarnos de Luz, de Verdad, somos cada uno de nosotros. ¿Tenemos esa disposición del anciano Simeón para recibir en nuestros brazos al Niño Jesús? ¿Pedimos perdón al Señor por nuestros pecados en el sacramento de la Reconciliación; dejamos atrás nuestras malas acciones, queremos morir a nuestras malas inclinaciones y deseos para vivir ya con Cristo, en Cristo, por Cristo; y poder así anunciarlo a todos nuestros amigos, conocidos?

    Y esta Presentación en el Templo, en la Iglesia, nos recuerda también que es la Iglesia la que nos acoge en sus brazos y nos entrega a Cristo, como María dejó al Niño Jesús en los brazos de Simeón. Y es en la Iglesia, templo vivo de Dios en la tierra donde nosotros acogemos al Señor, lo buscamos, lo encontramos, lo amamos, y queremos dar nuestra vida por Él, para su Gloria; y donde lo entregamos a los demás.

“Todo varón primogénito será consagrado a Dios”, establecía la Ley. La Iglesia nos invita a bautizar a todas las criaturas nacidas en una familia cristiana; que vive hoy este precepto pidiendo a la Iglesia el bautismo de sus hijos. Y les entrega así el mejor regalo, con la vida, que podemos darles: nuestra Fe. ¡Qué alegría tan grande me concedió el Señor  

De los brazos de la Iglesia Cristo viene a nosotros, y nosotros vivimos con Él, al recibir los Sacramentos del Bautismo, de la Confirmación, de la Eucaristía, de la Reconciliación; que nos dan la Gracia para vivir toda nuestra vida “en Él, por Él, con Él”.

“Y a ti una espada te traspasará el alma”

¿Qué espada traspasará el alma de la Virgen? El pecado de los hombres que rechazan a su Hijo. “Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones”.

Roguemos al Señor que su Madre Santa María tenga el gozo de ver que, cuando le rezamos a Ella, cuando rezamos con Ella, se llenan de Luz nuestros corazones; y acogemos con Fe a su Hijo Jesús. Y después de dar gracias por la Fe recibida, acudimos de nuevo a Santa María para nos ayude a pedir perdón al Señor en el Sacramento de Reconciliación; y a anunciar a Cristo, Dios y hombre verdadero, Luz del Mundo, “Camino, Verdad y Vida”, hasta el final de los tiempos.

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