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Maestros en excusas 
30 de Junio
Por Francisco Jiménez

«Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: “Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos? Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: “Te seguiré adonde vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. A otro le dijo: “Sígueme”. Él respondió: “Déjame primero ir a enterrar a mi padre”. Le contestó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios”. Otro le dijo: “Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios”». (Lc 9, 51-62)


Observando la vida, comportamiento y palabras de la gente —y por supuesto, me incluyo en el análisis— descubro una enorme cantidad de tiempo y de energías empleadas en tratar de construir justificaciones. Nos pasamos la vida dando explicaciones, exponiendo racionalizaciones, aclarando el verdadero valor de nuestras “palabras, obras y omisiones”, buscando la aprobación ajena, culpabilizando a los otros, exponiendo —en voz alta— nuestras autojustificaciones y disculpas, argumentando dejaciones, postergaciones, pretextos y eximentes. Somos “maestros en excusas”.

El Evangelio de hoy nos presenta la resolución de ánimo de Jesús para afrontar “su hora”. Como a su madre María, en el relato del propio Lucas (Lc 2,6), a Él también “se le cumplieron sus días”. El cumplimiento de la misión es como un parto, no admite demora. Plenamente consciente de haber completado su preparación, marcada unos días antes con la Transfiguración (donde aparece Elías explícitamente), se dispone a regresar ya con el Padre. La traducción litúrgica afirma que se iba al “cielo”. Decide ir a Jerusalén porque tras la pasión, recién anticipada a los desconcertados discípulos, vuelve al Padre, a quien ama cumpliendo y amando su voluntad.

Ante este pasaje me viene a la mente una y otra vez el pensamiento de Benedicto XVI: todo se puede sobrellevar si la recompensa final lo merece. La esperanza de un bien mayor es capaz de hacer transitables las más angustiosas situaciones. En último análisis, la esperanza en la vida eterna puede ser más fuerte que todo sufrimiento; de hecho, por Jesucristo podemos sentir, vivir y estar salvados en-por-desde-según-con la esperanza: Spe salvis.

Jesús afronta su subida a Jerusalén libremente, con la total certeza y esperanza de que “no quedaría abandonado”. No pierde de vista que la cruz es un tránsito por “el valle oscuro” y que le espera la dicha interminable, con el “Padre nuestro” en “el cielo”; por eso camina hacia la autoinmolación resueltamente. Pero, por contraste, la dura realidad es que nosotros somos maestros en excusas, y rehusamos entrar en el sufrimiento.

Jesús no esquiva, como la generalidad de los judíos, el paso por Samaria. Se exponía al rechazo y lo sufrió. No lo recibieron. Tampoco en Belén los recibieron en la posada. Es una constante, hasta el día de hoy: no lo recibimos, y por una razón clara, “porque iba a Jerusalén”. Nuestra fobia al sufrimiento nos hace rehusar la acogida a nuestro Salvador. Tampoco la Iglesia es bien recibida, porque anuncia la verdad.

Santiago y Juan, que habían comprobado el poder de Dios presenciando la Transfiguración, harían bajar fuego para que consumiera a los samaritanos. Algunos fogosos piden lo mismo contra los detractores de la Iglesia, pero Jesús nos reprende y nos enseña que en otro pueblo seremos acogidos. El problema no son los otros, el problema está en nosotros, maestros en excusas y muy especializados en aplazamientos y dilaciones.

Elías había dejado libre a Eliseo; podía ir a despedirse de sus padres si quería, pero la experiencia de la libertad en Eliseo se trueca en apremio y, paradójicamente, le hace sacrificar allí mismo a los bueyes y seguir al profeta.

El definitivo Profeta conversa con tres discípulos, precisamente acerca del seguimiento; uno, voluntarista, le dice que lo seguirá adonde quiera que vaya. Otro, sin tomar él la iniciativa, escucha el fuerte “Sígueme”. El tercero, en el que resuena la vocación de Eliseo, le declara su propósito a Jesús, pero le pone la condición de despedirse de los suyos.

Al que se deja llevar por su arrebato, Jesús le hace ver que su camino es incomparablemente duro, subnatural: “El hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. El que recibe la llamada, externa pero inequívoca, pretexta el piadoso (religioso) deber de enterrar, no ya a los muertos sino a su propio padre. No cabe argumento más “justificado” para postergar la respuesta al llamamiento. Pero aquí acontece una de las más contundentes sentencias de Cristo: “Deja que los muertos entierren a los muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios”. Eso es exactamente lo que Él hacía: anunciar el Reino de Dios. Ante tal misión toda resistencia queda delatada como excusa, como resistencia a la vocación, como cobardía.

El tercero, que antepone despedirse de los suyos—los afectos—, recibe una advertencia muy sería; el que empieza y no prosigue, el que inicia el trabajo pero mira hacia atrás “no es apto para el Reino de los Cielos”. Esto es lo que está en juego: ser aptos para el Reino de los Cielos. La prontitud es el inicio de la perseverancia que conduce a nuestra salvación. Benedicto XVI terminaba su imponente libro-entrevista “La Luz del Mundo” con este mismo pensamiento: apto para el Reino de los Cielos. Se trata de ser capax Dei.

Francisco Jiménez Ambel

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