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Marcelino Menéndez Pelayo 

Se cumplen los cien años del fallecimiento de Marcelino Menéndez-Pelayo (1856-1912) en ausencia de recuerdo y homenaje mediático alguno. Su pecado: haber sido fuente de inspiración del desarrollo cultural posterior a la Guerra Civil Española, algo que los autodenominados “intelectuales” no pueden perdonarle, aunque no tuviera nada que ver en ello. Un siglo después, el pensador se enfrenta al olvido y la tergiversación.

Dicen que de chiquitito, en vez de jugar leía. Con doce añitos se había ventilado ya El Criterio, de Jaime Balmes, y otros 34 libros que guardaba en un armario ropero de su habitación. Entonces no había e-books ni correo electrónico; solo sólido material bibliográfico (a su muerte legó una biblioteca de 40.000 volúmenes). Con dieciséis primaveras ­—se veía venir— tradujo las tragedias de Séneca y dio un discurso en el Ateneo de Barcelona sobre “Cervantes considerado como poeta”.

Comenzó Filosofía y Letras en la Facultad de Letras de Barcelona; se licenció con diecisiete años en la de Valladolid, y, antes de cumplir los veinte años, se doctoró en la Universidad Central de Madrid con premio extraordinario, presentando “La novela entre los latinos” (Santander, 1875). Desde los veintidós años fue catedrático de la Universidad de Madrid, el más joven de la historia.

En un dejarse ir —eso que hace Usain Bolt para batir récords y ganar medallas de oro corriendo los cien metros— fue elegido miembro de la Real Academia Española (1880), diputado a Cortes (1884-1892), director de la Biblioteca Nacional de España (1898 y 1912) —donde se conserva una escultura en su honor, en cuya placa dice: “Los católicos españoles por iniciativa de la Junta Central de Acción Católica” —, propuesto para el Premio Nobel en 1905, y elegido miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (1889), de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1892) y director de la Real Academia de la Historia (1909), siendo así el único español de la época que perteneció a las cuatro Academias.

un gran desconocido

Le tocó a don Marcelino vivir una época de crisis patriótica, proponiendo la restauración de la cultura española con obras suyas muy famosas tales como La ciencia española (1876) o Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882). Polígrafo y erudito dedicado a la investigación científica sobre la historia de las ideas, la literatura y filología españolas, encontró tiempo para la política, la poesía, la traducción y la filosofía. Su obra completa —un total de 67 tomos publicados entre 1940 y 1974— ha sido editada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), al que sirvió de inspiración en los momentos de su puesta en marcha, y quien le dedicó un patronato con su nombre.

Pero por encima de todo don Marcelino fue católico, apostólico y romano, creencias que compaginó con posiciones políticas liberales, como muchos en su época. Enemigo del laicismo, defendió como nadie la complementación entre ciencia y religión, razón y fe, con bastante vehemencia en su juventud, algo que le enfrentó con los krausistas de la época. Ya en su madurez, su discurso se aplacaría bastante, reconciliándose con intelectuales otrora víctimas de su crítica, tales como Benito Pérez Galdós. De esta época son las siguientes palabras:

“…Pero es tal mi respeto a la dignidad ajena; me inspira tanta repugnancia lo que tiende a zaherir, mortificar, a atribular a un alma humana, hecha a semejanza de Dios y rescatada por Él con el precio inestimable de la sangre de su Hijo, que aun la misma censura literaria, cuando es descocada y brutal, cínica y grosera, me parece un crimen de lesa humanidad, indigno de quien se precie del título de hombre civilizado y del augusto nombre de cristiano…”.

El también santanderino cardenal Ángel Herrera Oria, quien se consideraba su discípulo, comentaría tras la muerte de Menéndez Pelayo: “Consagró su vida a su patria. Quiso poner a su patria al servicio de Dios”.

Alfonso V. Carrascosa
Científico del CSIC

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