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MARÍA, LA MUJER, LA MADRE 
15 de Septiembre
Por Manuel Requena

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena.

Jesús, al ver a su madre, y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.

Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”.

Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa (San Juan 19, 25-27).

COMENTARIO

Jesús, hijo del hombre, hace a Juan y a la Iglesia, hijos de la mujer, la Eva del cielo.

Bajo la cruz, cuatro personas, con sus nombres propios. Tres mujeres y solo un hombre. Jesús le habla antes a su madre que a Juan, y la llama mujer, —que en el judaísmo ya era mucho—, y en cambio a Juan solo lo mira y le dice “ahí tienes a tu madre”. No lo llama “hombre”, ni “dicípulo”, ni “amado”, ni apóstol, ni nada de lo que a él mismo le gusta llamarse en su Evangelio. Jesús sólo clavó en el sus ojos, —que con su voz— era lo único que tenía libre de su cuerpo clavado en la cruz, y dejó hablar su corazón ensanchado y vivo para siempre: “Ahí tienes a tu Madre”.

Pocas escenas del Evangelio han sido tan contempladas por artistas poetas, músicos, pintores, o predicada por grandes y pequeños sermoneros de “las siete palabras”. El “Stabat Mater Dolorosa” es como parte de nuestra identidad cristiana. En la escena no hay alegría alguna. Sólo dolor y lágrimas, Silencio y escucha para poder oír lo que decía Jesús crucificado, ya moribundo, que iba a entregar su Espíritu al Padre. Pero antes entregó lo que más quería como hombre: su madre. Y la entregó al amor cercano.

Lo cuenta el mismo discípulo amado que acogió a María, el único apóstol que estaba allí. ¿Por qué no le dijo a María “ahí tienes a tus hijas, Magdalena y María? ¿Era Juan el Apóstol más desamparado? Era quizás el símbolo de lo que sigue: “Él la acogió en su casa” (eis ta idia”) entre los suyos. Jesús estableció oficialmente a su madre, María, como madre de la Iglesia, porque Juan en aquella época no tenía casa propia que sepamos, pero tenía comunidad, Iglesia, los suyos. El “idia” griego significa literalmente los iguales a él, los suyos, los que tienen su misma forma de vivir. El diccionario castellano recoge una palabra que nos aclara esta relación. Es el término “idio-sincrasia”: Rasgos, temperamento particular, carácter, etc., distintivos y propios de un individuo o de una colectividad de un pueblo, de una familia.

Y en realidad no fue María la que se hizo ‘familia’ de Juan, sino Juan familia de María, que era la “fuente de la la gracia” con un sello distintivo especial, idia-syn-gratia, los suyos, que ahora somos nosotros, los que vivimos en la gracia de María, en su idiosincrasia.  Ella nos hace iguales a su hijo, y la cruz será siempre el distintivo de la familia.

¿Por qué Jesús llama a María ‘mujer’ y no ‘madre’? Lo mismo hizo, según Juan, en las bodas de Caná. El evangelista dice que «estaba allí la madre de Jesús», pero Él la llamó ‘mujer’ y le dijo que «aún no  había llegado su hora». En la cruz sí era ya su hora. Allí estaban brotando el pan y el vino de las nuevas y eternas bodas, de la nueva familia de la fe en su sangre. Los de esa familia son la “casa” de Juan, y María será la madre de sus “idia”, de los que viven con él en su Evangelio, y se hacen así semejantes a Jesús, por la misma gracia de María. Son “idiosíncratas con él”. Simplemente “cristianos”.

Es la nueva forma de generar hijos de Dios por la Palabra de Jesús. Él mismo había sido engendrado así en el vientre de María, para realizar esta cumbre de su obra, creando la nueva humanidad en la fe. Y María es la Madre.

¿Se puede vivir en el Evangelio? Morir desde luego sí. Basta leer los tres versos de hoy. Entenderlos, aceptarlos y entrar en su realidad de familia, es la riqueza enorme de la Iglesia.

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