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María, maestra del silencio 

Al hombre de nuestro tiempo “le viven su vida”, pues carece de reposo, de silencio fecundo para encontrar su identidad y sentido profundo en su que hacer diario. Es un hombre alejado de sí mismo, que vive superficialmente, en la piel de las cosas. “Que me arrancan mi yo”, decía Michelet. Demasiadas horas frente a la televisión… Hoy, más que nunca, podemos encontrar  en la Virgen María, el silencio y el sosiego para ir madurando en nuestra vida interior. Seremos así más felices, y recobraremos nuestra identidad, que, a veces, se encuentra bajo mínimos.

Recordemos que en el evangelio de San Lucas, se nos indica, por dos veces, que “María conservaba todas estas cosas dentro de sí, ponderándolas en su corazón”. Es el mejor compendio de la vida de Santa María.  Esta actitud meditativa de María no tiene que ver nada con la pasividad, ni con simples recuerdos sentimentales, sino que  trata de profundizar en los acontecimientos,  para descubrir su  mensaje, su significado y, en todo caso, y entrando en la dimensión sobrenatural, atisbar los designios de Dios sobre ella.

Éste era el camino de la “llena de gracia” para estar más íntimamente unida a su Señor. Éste era también el modelo que su pueblo seguía para averiguar lo que Yahvéeh les indicaba en su historia de pueblo elegido. Y así hicieron también los discípulos de Jesús que, tras su ausencia, después de la resurrección y ascensión, comprendieron mejor sus enseñanzas y desentrañaron mejor su misterio.

Lo mismo ocurre con la  Iglesia, que va profundizando en el depósito de la fe y explicitando lo que estaba oculto. Y esa debería ser también nuestra actitud.  Dice Julien Green:; “Dios no habla, pero todo habla de Dios”. Y, en un sentido bastante similar, en El Rey Lear, se afirma: “Ama y guarda silencio” . Silencio y recogimiento, por tanto, para encontrar el “hombre interior” que todos llevamos dentro, allí donde reside la Verdad, para  no dejarnos arrastrar por el activismo como pobres muñecos rotos y huecos, autómatas y presas fáciles para la manipulación.
Pero, como dice el Eclesiastés, “hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar”.  También María habló y preguntó al Ángel Gabriel en la Anunciación para comprender mejor cóomo se podría compaginar su vocación a la virginidad y su maternidad. Jean Guitton, en un magnífico libro sobre la Virgen, se extraña que una mujer judía hiciese voto de virginidad, cuando todas deseaban ser fecundas en la esperanza de dar a luz al mesías esperado. Nos lo responde muy bien Juan Pablo II en la su encíclica Redemptoris Mater:.  María se abandona en Dios  en una cooperación y disponibilidad perfecta a la gracia. Su consentimiento, su fíat, a la maternidad es, sobre todo, fruto de la donación total a Dios en la virginidad. “ María aceptó la elección para ser madre del Hijo de Dios, guiada por el amor esponsal nupcial que consagra totalmente una persona a Dios. Une y funde el amor de la virginidad y de la maternidad”.

María también nos regaló la bella acción de gracias que es el Magnificat. Y la Virgen habló también a su hijo tras su pérdida en Jerusalén, en lo que fue casi un reproche que los cristianos de a pie agradecemos cuando pedimos a Dios cuentas de nuestros infortunios…
Pero, sobre todo, nos sentimos muy dichosos al  leer en el evangelio que la Virgen María, como mujer observadora y dotada de una gran sensibilidad para las cosas pequeñas, hace notar a su Hijo, que falta vino, en las bodas de Caná, o sea: la alegría. ¿Puede haber algo más humano que Jesús realice el primer milagro, a instancias de su Madre? La última frase de María va dirigida a los criados, pero es también para todos los hombres: “Haced lo que Él os diga”.  Porque si lo hacemos tendremos la auténtica alegría, el vino de la nueva alianza, el vino del Reino de Dios. Es todo un programa de vida. Seguir su Camino, para conocer la Verdad y vivir con plenitud la Vida que se nos ha dado.
Si debemos imitar a la Madre en el silencio y recogimiento, otro tanto debemos hacer cuando haya que hablar. No avergonzarnos de nuestras creencias, llamar bien al bien y mal al mal, y, sobre todo, saber ser portadores de la alegría cristiana como hombres nuevos con nuestro testimonio y entrega a los demás, en lo grande y también en lo pequeño, como María. Aprender a decir sí, siendo cooperadores de la Verdad, con la plena libertad de los hijos de Dios.

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