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Marta y María: dos “liturgias” 

Fue ya hace mucho tiempo. Dos hermanas atienden a Jesucristo, cada una con su estilo particular. Con todo, una de ellas tuvo que recibir una corrección del Señor. Si las dos amaban, ¿por qué una fue corregida? ¿Caducaba la verdad, siglos después formulada por San Agustín, del ama y haz lo que quieras? ¿Es acaso el amor auténtico susceptible de enmienda? ¿No se basta el amor a sí mismo? Una gran lección me quiere dar a mí Cristo, hombre inquieto del siglo XXI, por medio de esta escena fraterna (ver Lc 10,38-42). Variopinta y larga es la historia de la interpretación de este pasaje evangélico. Vamos a intentar nosotros bucear un poco en legajos griegos para entender mejor a este Verbo divino.

Difícil lo tenía la nerviosa Marta. Amaba, sí, pero Cristo era el mismo Amor. ¿Puede competir el riachuelo con su fuente? ¿Acaso puede resultar el hijo de mayor edad que el padre? ¿Vale más una acción amorosa humana que una Persona que es esencialmente Amor (ver 1 Jn 4,8)? Ante Dios las lecciones de amor pueden ser infinitas. Pero el caso que nos ocupa, no se trata simplemente de que en presencia de Cristo todo amor resulta siempre pequeño e imperfecto, sino que considerados los modales de Marta en sí mismos, encontramos correctivos para nuestro trato litúrgico, íntimo, con el Señor.

En la casa de Betania habita la misericordia y la oración. A veces la primera supone la ruina de la segunda. En este caso habría que hacer una revisión seria, puesto que la oración verdadera es la fuente de la misericordia. Sin oración, la misericordia se vuelve áspera, quizás poco delicada, imperfecta, débil en ocasiones. Empleando el tiempo en la misericordia servicial podría escamotear el tiempo que el Señor me reclama para él. Cristo trata de enseñarnos tal verdad poniendo al descubierto algunas secretas actitudes del interior de Marta. Vayamos al texto original, en busca de un mejor servicio al Señor, de una liturgia de calidad.

no es hacer para tener, es hacer para amar y contemplar

Encontramos que Marta queda definida por el adverbio dele original griego peri, que significa “alrededor de, en derredor”. Y también “por encima de todo, muy, extraordinariamente”. Marta es el prototipo de persona que gira en torno a sí, y lo hace con pasión, con fuerza. Mujer buena, tocada de pasional egocentrismo. Así no se puede hacer oración correctamente, no resulta fácil girar en torno a Dios. Este movimiento autogiratorio hace muy sensible al orgullo, a la altanería, a la prepotencia antievangélica. El Señor no debía callar ante la intensidad del ego. Marta está sirviendo a Cristo, y lo hace lo mejor que sabe. Solo le hacía falta en este momento la mejor contemplación.

Dice el texto que andaba muy afanada con los muchos quehaceres del servicio. El versículo consta de dos partes: muy afanada y servicio. La primera responde a la forma verbal periespato, que significa mucho más: “llamar la atención, distraer, no parar, girar en torno a sí enredando”. Actitudes todas antilitúrgicas, antioracionales. La segunda responde a la palabra diakonian que significa “servicio”. Marta ofrece su diaconía, está diríamos, elaborando su propia “liturgia”, al modo “egótico”. Goza del prurito de hablar de sí misma con sus ademanes y maneras.

Jesús interviene ofreciéndole una liturgia suave, ligera de intensidad “egótica”, una liturgia de humildad, casi sin verbo propio, donde brilla en majestad el Verbo de Dios. A los pies de Cristo hay salmos, hay alabanzas salomónicas, hay proverbios… está María. Es la suave liturgia, la que está defendiendo el Señor. Allí corren las horas… trabajando al Verbo. Celeste debió de ser la alfombra donde reposaba el cuerpo de María.

¡Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa por tantas cosas…! Dos palabras: inquietud y nerviosismo. La primera responde al merimnas, que significa estar muy preocupados, tratando de buscar soluciones. Es la solicitud oscura, la que no es de Dios, la que atenta contra la Confianza. La segunda, zorubaxte, significa hacer ruido molestando. Son los nervios molestos, enervantes, ruidosos.

Ya tenemos definida a Marta, con su propia “liturgia”, con su diaconía a cuestas. No es corregida la actividad multiplicada, fruto del amor, sino la múltiple actividad, fruto de un denso Yo. En la actividad hay unidad, ausencia de espacio para lo propio. En la multiplicidad hay digresión, ruptura, ocasión para lo propio. Para amar bien hace falta sosiego, y para orar hace falta amor. Marta ama, sí, pero el desasosiego deteriora la liturgia, el contacto con Dios. Y al desatender la Contemplación pierde fuerza el amor en desinterés y en calidad. Ya es vulgar actividad bienhechora.

presencia de amor, cercanía, oración

El enfado de esta buena mujer proviene de ella misma, no de Dios; lo ha producido su ausencia de integración, de vida unitiva. ¡Una sola cosa es necesaria. María escogió la parte buena y no le será quitada! La parte —merida— es la heredad de la antigua alianza, es la tierra que mana leche y miel, es el orden establecido por Dios, es el mismo Cielo sin aditivos; es también el puesto que Dios me concede y que yo acepto. Es en lo pies de Cristo donde se aprende el Cielo y los espirituales actitudes carentes de lo propio, de lo “egótico”; de ahí brotan las ordenadas actividades, las industrias de amor. Esta parte es buena —agazen—, favorable. A sombra de Jesucristo nace la noble liturgia, la celestial, la que tiene los pies en la tierra y es de calidad, contemplativa.

Me gusta ver este encuentro de liturgias, de diaconías, y aprender. La liturgia suave es el corazón de todo tipo de liturgias que están al servicio de Dios. Sin suavidad sobrenatural se desquicia la liturgia exterior, o acaba secándose en pesada cruz, o es puro pasatiempos de religiosos. Es en el suelo donde oigo a Dios. Las trompeterías de nuestros fabulosos órganos no serían más que “metal que resuena o címbalo que retiñe” (1 Cor 13,1)

La disciplina oracional da sentido al servicio litúrgico. La oración toca a Dios. La vida de oración decae en la vida de una persona por tres motivos principales: por falta de espíritu de sacrificio, por tener el corazón lleno de tierra y por un activismo febril, enfermizo, inquieto. La oración presupone una vida en sacrificio, convirtiendo dicha oración en culto existencial, “ofrenda y víctima de suave olor” (Ef 5,2). Suavidad, diaconía, sacrificio, liturgia van de la mano. Cristo es el cordero suave que se entrega a la cruenta liturgia. La suavidad es inseparable del auténtico sacrificio cristiano. Somos enviados como corderos, no como lobos. El blanquecino incienso, suave y bueno, tiene la virtualidad de elevarse.

Aquí se encuentra la adoración que Dios quiere, en espíritu y en verdad (Jn 4,23). Una liturgia llena de mansos corderos, sin defectos en la verdad, sin tacha en el espíritu. En pasajes como 1 Re 19 aprendemos suave liturgia. Elías no se pone en comunicación con Dios, no oye su voz, sino cuando “pasa el silbo de brisa suave, tenue”. Vientos, terremotos, fuegos… serían más del gusto de Marta que de María.

manantial de silencio y adoración

“…el silbo de los aires amorosos” (San Juan de la Cruz, Cant. 13). Son silbos que causan contemplación. Elías oye la liturgia cósmica de la que habla Máximo el Confesor, la portadora de gracia. Es liturgia suave que permite oír a Dios, no ocultándolo. Y comienzan los “rituales” del profeta: se tapó el rostro con el manto, se puso en pie, salió y se paró a la entrada de la gruta. Y entonces, Dios, servido por tal liturgia, habla directamente. María tampoco usó de aspavientos. Estaba, simplemente estaba a los pies de Cristo en simplísima liturgia de adoración. Servicio de calidad, noble diaconía.

Cuando acabas todo empieza. Cuando acaba la densidad del Yo empieza la alta vida de gracia. María está acabada, se está acabando a los pies del Maestro, sabe acabarse en humildad. Celeste liturgia, unitiva y transformadora, portadora de aires divinos. Ella, acabada para lo propio “egótico” y casi acabada, a punto, para la elevación sagrada. Acabada, sí, consumada obra de artesanía que produce la suave liturgia. Nadie nos podrá quitar —prosigue el Evangelio— esta liturgia humilde, de fusión con el Señor.

San Bernardo, el doctor de miel, tendía a simplificar las artes decorativas en sus templos para espiritualizar más la entrega litúrgica del corazón. El espíritu ha de estar al servicio de la liturgia para que esta pueda estarlo al servicio de Dios. La estética es vehículo para el amor y no debe deformar la gracia sobrenatural. Los cartujos nunca han querido cantar bien, es decir, nunca se han preciado de ello. Su liturgia austera pretende facilitar la unión pura con Dios. La fuerte suavidad es patrimonio de almas blancas.

La gracia que se recibe en función litúrgica tiene la doble misión de servir a Dios y anticipar el Cielo. Marta y María: dos “liturgias”. Una agitada, otra suave. Movimientos giratorios frente a movimientos quietos. Yugos suaves, cargas ligeras (ver Mt 11,25-30), susurros proféticos (ver 1 Re 19), palabras de sabiduría oídas en silencio, en reposo (ver Eclo 9,17), aguas de Siloé que van con silencio (ver Is 8,6), voz suave que aumenta los amigos ver (Eclo 6,5-17).

“Un abismo llama a otro abismo a la voz de tus cascadas” (Sal 42,7). Todo esto es la liturgia suave que necesita la liturgia. Una llama al orden a la otra. Este es el cauterio suave, la regalada llaga, la mano blanda, el toque delicado que a vida eterna sabe (San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, 2)

Francisco Lerdo de Tejada
Capellán de la Universidad CEU San Pablo-Montepríncipe

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