Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, septiembre 20, 2019
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Más allá de la muerte 

Llegar hasta lo eterno, no es difícil. Vivimos rodeados de sus signos, sus pasillos, sus puertas, sus ventanas con cristales traslúcidos de fe, que dejan ver, en sombras, más allá, o quizás mas acá, del tiempo-espacio. La luz de la Palabra es la misma en aquel lado y en este. Pero es un viaje en el que, como cuando llegas a un aeropuerto internacional en país extranjero, hay que estar atento, para no equivocar la puerta y el vuelo.

No tiene su recuerdo la vivencia de lo eterno, porque solo se recuerda lo que pasó en el tiempo. Pero sí lo tiene la puerta, y el signo identitario para entrar: «Haced esto en memoria mía», dijo el Maestro, y ya veréis lo que ocurre, –podemos entender–, porque la puerta más segura de la vida eterna, es la Palabra que se guarda en el corazón: «Esta es la vida eterna, para que te conozcan a ti el Unico Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo» (Jn 17). Nos provoca así a vivirla, a pasar esa puerta como nueva cada día.

Por eso no envejece el Evangelio. Al hombre le gusta recordar. Es una forma de dominio personal de la historia. Pero si se entretiene demasiado en el recuerdo, debe pagar un precio, porque el tiempo y espacio obnubilan lo eterno, y tiene que volver de nuevo a la querencia activa, la esperanza como tendencia hacia lo simple, lo que no se recuerda, solo se vive. Lo que es, lo que era y lo que viene están siempre a la mano, tejidos en el mismo encaje, porque Él está siempre a mano. Basta acertar con la Palabra, el Verbo que todo lo contiene, y aprender a decirlo. Orar es como abrir la puerta.

No tiene tiempo lo divino, ni la luz del pensamiento del hombre, cuando piensa con datos de la fe, porque ya no es solo pensamiento, luz procesada en signos de los hombres, sino la sola Luz. Juan evangelista, con influencia gnóstica, lo dice así: El Verbo, ya encarnado «era la luz que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo» (Jn 1), a su mundo de luz.  Por eso el hombre es evolutivo, porque está viniendo, llegando hacia lo quieto que lo envuelve en sí mismo, y lo hace enraizar su vida en el río de lo eterno y sus signos de amor.

La auténtica genética, origen de todo lo que es y puede llegar a ser un hombre, se manifiesta desde aquí, en quietud del pensamiento, conociendo y siendo conocido. El camino, -¡quien lo diría!-, es clásico en nuestro siglo de oro, cuando Dios se manifestaba en castellano desde aquellas bocas que chorreaban gracia: “Olvido de lo creado, memoria del Creador, atención a lo interior, y estarse amando al amado.” ¡Buen programa, sin duda! Pero hoy tiene un pronóstico de fracaso, mayor incluso que el de Pablo en el Areópago, que cuando apenas soltó “Resucitó”, todos salieron huyendo.

Pero llegar hasta lo eterno no es difícil. Se parece al amor. Quizás lo más difícil, sea quedarse. El lugar más seguro, la técnica eficaz, es la alegría cristiana. Uno está seguro que está ante lo eterno, cuando todas las cosas de Cristo le producen la sensación única, de nuestra plenitud. Incluyendo obviamente la dicotomía de la cruz y su gloria, el pecado y la gracia, la heridas que curan, las lágrimas que alegran,… porque las cosas del propio Cristo, hombre glorificado para nosotros, se nos abren en la oración personal y sacramental, y se hacen nuestras.

Él ya ha preparado ese lugar prometido para nosotros en la casa eterna del Padre (Jn 14). Tenemos más facilidades incluso que los Apóstoles, porque ellos estaban iniciando un camino de reconocimiento de la cercanía de lo eterno, y nosotros tenemos ya miles de mapas, explicaciones, descripción incluso de todos los huecos del camino. Los santos se han encargado de desarrollar la información para todas las circunstancias. ¡Buen mes este Noviembre para experimentar algo!

                                                                                                       Manuel Requena

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