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Más sobre el aborto: sin concesiones ni componendas 

La editorial de esta revista ha sido siempre muy sensible al tema del aborto y a los problemas planteados sobre una cuestión tan delicada y profunda. De hecho, yo mismo escribí en marzo de 2008 un artículo titulado «Aborto no, gracias», publicado después en el número 13 de la revista Buenanueva (noviembre-diciembre de 2008), págs. 30-34. Ocurre ahora que se ha retirado el «Anteproyecto de Ley para la protección de la vida del concebido y de los derechos de la mujer embarazada», con el que se pretendía llegar a una nueva Ley sobre el aborto, dejando atrás la perniciosa Ley Aído, tal como constaba en el programa del Partito Popular antes de las últimas elecciones. Esto ha sido objeto de muchos comentarios, por todas las partes y partidos políticos: uno se han felicitado porque no ha seguido adelante ese Anteproyecto de Ley, y otros han reprochado al Gobierno por incumplimiento de sus promesas electorales.

Recordemos brevemente cómo están las cosas: La primera ley del aborto (la Ley Orgánica 9/1985 de reforma del artículo 417 bis del Código Penal) lo despenalizó en tres supuestos: en cualquier momento si existe «un grave peligro para la vida o la salud física o psíquica de la embarazada»; en las 12 primeras semanas en caso de violación; y dentro de las 22 semanas si el feto va a nacer con «graves taras físicas o psíquicas». El Gobierno socialista anterior aprobó una nueva ley del aborto que es la que aún está vigente: la Ley Orgánica 2/2010 de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo, que permite el aborto libre en las 14 primeras semanas; dentro de las 22 semanas si existe «grave riesgo para la vida o salud de la embarazada» o «riesgo de graves anomalías en el feto»; y en cualquier momento si se detectan «anomalías fetales incompatibles con la vida (…) o cuando se detecte en el feto una enfermedad extremadamente grave e incurable».

Ya en 1985 el aprobar aquellos plazos supuso un gol por la escuadra para la Iglesia española: ciertamente era un grito social que había que despenalizar el aborto —si una madre soltera merece el elogio del Papa por el sufrimiento que conlleva dar a luz a un hijo, sin haber abortado, la Iglesia se comportará como enfermería para curar a quienes han abortado—; pero se abrieron varias escotillas por las que entraba agua en el casco del barco: en el fondo se permitía el aborto en ciertos casos. La Ley Aído agravó la situación, y ya fueron varios los torpedos que causaron grandes brechas en la línea de flotación.

Con el Anteproyecto de Ley recientemente retirado se pretendía taponar los boquetes más desmedidos, aun quedando algunos agujeros por los que seguiría entrando agua… Al «abortar» ese Anteproyecto nos quedamos, de momento, como estábamos. A ello ha contribuido el ruido orquestado por todas las facciones abortistas «porque se atentaba contra la libertad de la mujer», un argumento falaz en su raíz, pero cuyo ruido en la calle y en los medios ha jugado su carta vencedora de la partida. El caso estrambótico de las Femen ya tocaba el absurdo abogando por el aborto como un derecho o algo sagrado, alcanzando así el culmen de la arrogancia junto con la cúspide de la estulticia.

non occides, no matarás

Aparte de que no se tiene en pie ese concepto absoluto de libertad, estamos hartos de argüir diciendo que la libertad de uno termina donde empieza la de otro. Si uno estuviera solo, nadie le pondría coto para extender sus sembrados varias hectáreas a derecha e izquierda, o llevar sus ovejas a pastar en el valle de unos kilómetros más allá; pero si cerca de ese uno vive otro, que también tiene sus campos y sus ovejas, no se puede invadir las tierras de otro y, mucho menos, quitarlo de en medio para que no proteste. Solo que en el caso del aborto, la protesta del otro es mucho más grave, por ser silenciosa y porque no se puede defender: no solo invado sus derechos, sino que lo aniquilo sin más, como si se tratara de una verruguilla que le ha salido a la mujer y la elimina quirúrgicamente: hay una hipocresía subterránea de proporciones monumentales, como si hubiera que elegir entre tomarse un veneno de golpe o poco a poco, que no deja de ser una falsa elección, que hurta frontalmente con el «non occides», no matarás. De un plumazo hemos pisoteado y nos hemos cargado la dignidad del nasciturus, equiparable al cien por cien con la dignidad de todo ser humano.

Tal vez se pensaba que, después de Mandela en Sudáfrica y de Luther King en los Estados Unidos, ya se había superado definitivamente la esclavitud; pero no, cada uno de nosotros tiene un montón de pequeñas o grandes esclavitudes que desmienten en su raíz la soflama de quienes utópicamente defienden una libertad omnímoda.

¿Faltó suficiente valentía por parte de la Iglesia española para haber declarado ya entonces, 1985, «aborto cero»? De hecho, esto mismo se lo han echado en cara a la Iglesia cada vez que se oponía a las nuevas leyes o situaciones abortistas. Y puesto que más vale tarde que nunca, debe quedar claro para un creyente que no se admite un poquito de aborto en algunas circunstancias…, que la tolerancia con el aborto es tolerancia cero y que se dice «sí» a la vida, porque nadie es libre ni siquiera para dársela a uno mismo y menos para quitársela a otro: ¿Acaso alguien ha elegido cuándo nacer, dónde nacer, por qué nacer…? ¿Y cómo te atreves a decidir por otro, afirmando que ya no debe vivir? A partir de mañana, quien me caiga gordo, podré eliminarlo, ¿no? Volvemos a al puro nazismo, quedando abiertas todas las puertas para suprimir a quien políticamente parezca correcto, por motivos casi siempre económicos: un anciano ya no es productivo para la sociedad y un feto es una carga inaguantable, sobre todo si viene con alguna tara; o ese pueblo o esa gente no participa de mis ideas políticas y debo suprimirlo…

comer del fruto prohibido provoca la muerte

Y las mujeres que proclaman que se atenta contra su libertad si no las dejan abortar, ¿saben lo que es la verdadera libertad? Lo dudo, pero sí sé que saben lo que es ser esclavas de un montón de situaciones de cada día, muy condicionados por numerosas cadenas, ligaduras o ataduras. Se reactiva así el engaño original de querer ser como dioses, es decir, organizar autárquicamente mi vida, pues yo soy quien decide lo que es el bien y el mal, sin que nadie venga a impedirme extender mis sembrados más allá de donde me corresponde o llevar mi ovejas a pastos ajenos… El demonio sigue saliéndose con la suya, en estos y muchos casos, siendo el «homicida desde el principio» (Jn 8,44) y el «padre de toda mentira» (Jn 8,45). Y son muchas de esas mujeres que han abortado las que durante toda su vida padecerán el síndrome posaborto, experimentando lentamente la muerte que ellas mismas procuraron de golpe al hijo de sus entrañas; porque comer del fruto prohibido provoca la muerte (Gén 3,3). Quienes abortan, lo sepan o no, o no quieran saberlo, no dejan de ser víctimas de Satanás, que tiene sometido al hombre, e ignoran, aunque lo experimentan, que Jesucristo, mediante su propia muerte, aniquiló «al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos» (Heb 2,15-16).

Con independencia de todos estos razonamientos, asisto perplejo a una entrevista a un personaje muy ilustre del partido en el Gobierno, que, en síntesis, viene a decir que el Anteproyecto de Ley retirado estaba en buena sintonía con la cultura del mundo actual, en nuestro propio contexto. Resulta así que la cultura sería el criterio políticamente correcto para decisiones de este nivel tan alto o de este calado tan profundo, dejando la moral y la ética en un plano lejano y ajeno a nuestras vidas; con lo cual volvemos a descubrir las sopas de ajo, poniendo como bueno lo que la cultura del momento dictamine. Y, si encima, lo envolvemos con el sacrosanto ropaje de la democracia, nos creemos que hemos puesto una pica en Flandes, como si el número de votos coincidente fuese criterio de verdad y de bien.

La democracia puede ser una sistema político muy bueno y, para algunos, el menos malo; pero, en todo caso, también tiene esa oculta vía de agua, por la cual se cuelan productos de alcantarilla, muchas veces solapados o so capa de igualdad de trato, cuando lo que se esconde debajo es una dictadura o manipulación de las vidas de los ciudadanos. Si por cultura entendemos —ya alguien en 1952 compiló más de ciento sesenta definiciones de cultura— ese conglomerado de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo en los diversos campos (artístico, científico, industrial…), en una época o grupo social, podemos tener dos vertientes de signo ético-moral opuestas: si ese conglomerado está al servicio de la verdad y del bien, estamos en la vertiente positiva; pero si lo que manda es el número de votos, y no la calidad objetiva de las cosas, ¿por qué no podemos volver a la EpC (Educación para la Ciudadanía), a la administración libre de la eutanasia, a la prostitución, a los matrimonios homosexuales, al tráfico de armas, etc.? Nada extraño, pues, que en semejante contexto se piense que una Ley sobre el aborto, con licencia para eliminar el feto en algunos casos, sea concorde con esa «cultura». Y puede que eso hasta lo pida el bien común, que será muy común, pero nunca será bien.

Jesús Esteban Barranco

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