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MAYO, MES DE LA VIRGEN MARÍA 

Raúl Espinoza Aguilera

Tradicionalmente la Iglesia, a través de los siglos, ha dedicado el mes de mayo a promover la devoción a Nuestra Madre del Cielo. En forma unánime, los Santos Padres, el Magisterio de la Iglesia, los Romanos Pontífices, en sus documentos y discursos, le han dado a la Virgen María diversos títulos en torno a la grandeza de su misión y trascendental participación en la Redención del género humano y a su importante papel como Medianera Universal de todas las Gracias.

Ella ha sido concebida sin Pecado Original, ha sido la Madre del Hijo de Dios Encarnado; la Santísima Trinidad la adornó de infinidad de gracias y virtudes para que su seno virginal fuera una digna morada de Jesucristo, y en la Cruz, a través del Apóstol Juan, Jesús nos la dio por Madre y Protectora nuestra.

En la reciente visita a México, el Papa Francisco tuvo un detalle que me llamó particularmente la atención. Pidió que, en su estancia en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, le permitieran rezar en silencio -con calma y con paz- frente a “La Morenita del Tepeyac”.

Fue un prolongado diálogo de un hijo con esa Madre que sabe que siempre escucha. Y, en varias ocasiones, nos repitió en sus alocuciones sobre su maternal y cariñosa  disposición de brindar siempre ayuda a quien se lo pida, recordándonos aquellas inolvidables palabras que le dirigió la Guadalupana a san Juan Diego: “¿No estoy Yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás por ventura en mi regazo?”

Me impresionó con qué afecto el Santo Padre la miraba y los comentarios que externaba llenos de ternura y amor hacia la Virgen de Guadalupe. Pienso que podría haberse estado horas conversando íntimamente -de corazón a corazón y sin ruido de palabras- con su Madre Bendita.

Pero se le recordó que en su agenda tenía otros compromisos y, con una actitud obediente, comprendió esta razón y concluyó su profunda oración. Pero el Papa Francisco ya le había dejado en las manos y en el corazón de Santa María sus ruegos, peticiones, ilusiones, anhelos, preocupaciones y tantos planes y proyectos pastorales…

Esa imagen del Papa dialogando en silencio y con gran piedad a la Virgen de Guadalupe, me parece que  constituye toda una lección de cómo hemos de dirigirnos a Nuestra Señora: con amor y confianza de hijos; abriéndole de par en par el corazón para confiarle nuestras intimidades; nuestras luchas espirituales por mejorar cada día un poco y arrancar con decisión esos defectos -pequeños o grandes- que tenemos y pedirle su ayuda para acercarle más almas a su Hijo, Jesucristo, buscando realizar nuestro trabajo cotidiano lo mejor posible y para mayor gloria de Dios.

Santa María de Guadalupe ha cumplido con sus promesas, cuando le explicaba a san Juan Diego que deseaba que se construyera un santuario en el cerro del Tepeyac: “En este santuario le daré a las gentes todo mi amor personal, mi mirada compasiva, mi auxilio, mi salvación: porque Yo, en verdad, soy vuestra Madre compasiva, tuya y de todos los hombres…Allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, su dolores” (Nican Mopohua, números 28-32).

¿Cómo olvidar que, cuando éramos niños, durante el mes de mayo íbamos con otros pequeños de nuestra misma edad a ofrecerle flores a la Virgen María? ¿Qué más se recomienda hacer en este mes para honrar a Nuestra Señora? Rezar el Santo Rosario, visitar Santuarios Marianos acompañados de la familia; a las doce del mediodía, rezar la oración del Ángelus o el “Alégrate Reina del Cielo” (en tiempo Pascual); al momento de acostarnos, rezarle tres Avesmarías; o bien, durante el día, se recomienda el rezo de la oración del “Acordaos” que -durante siglos- a demostrado su gran eficacia ante las necesidades espirituales y materiales de los fieles. Además, están las jaculatorias o frases afectuosas que podemos dirigir con el corazón ante una imagen de Nuestra Madre del Cielo. Y un largo etcétera porque el amor es creativo e ingenioso y sabemos que nunca agradeceremos bastante todo lo que Santa María ha hecho y continúa realizando en beneficio de cada uno de nosotros.

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