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Mensaje del Papa Francisco para el Día del Domund 2013 

La fe, un don para compartir
Enmarcado en el Año de la fe, en su primer Mensaje del Domund, el Papa Francisco destaca que la fe es para compartirla, porque, «si nos la guardamos, nos convertiremos en cristianos estériles». También recalca que la misión no es proselitista y que la Iglesia no es una ONG, «sino que es una comunidad de personas que viven la maravilla del encuentro con Jesucristo y desean compartirla», y recuerda a los cristianos perseguidos, «que arriesgan su vida por permanecer fieles al Evangelio»

La fe es un don precioso de Dios, que no se puede conservar para uno mismo, sino que debe ser compartido. Si queremos guardarlo sólo para nosotros, nos convertiremos en cristianos aislados, estériles y enfermos. Toda comunidad esadulta, cuando profesa la fe, la celebra con alegría en la liturgia, vive la caridad y proclama la Palabra de Dios sin descanso, saliendo del propio ambiente para llevarla también a las periferias.

El Año de la fe es un estímulo para que toda la Iglesia reciba una conciencia renovada de su presencia en el mundo. El Concilio Vaticano II destacó, de manera especial, cómo la tarea misionera es un compromiso de todo bautizado y de todas las comunidades cristianas. Por tanto, se pide y se invita a toda comunidad a hacer propio el mandato confiado por Jesús a los apóstoles de ser sus testigos, no como un aspecto secundario de la vida cristiana, sino como un aspecto esencial.

Invito a los obispos, a los sacerdotes, a los consejos presbiterales y pastorales, a cada persona y grupo responsable en la Iglesia a dar relieve a la dimensión misionera en los programas pastorales y formativos. La misionariedad no es sólo una dimensión programática en la vida cristiana, sino también una dimensión paradigmática que afecta a todos los aspectos de la vida cristiana.

La misión no es proselitista

A menudo, la obra de evangelización encuentra obstáculos no sólo fuera, sino dentro de la comunidad eclesial. A veces el fervor, la alegría, el coraje, la esperanza en anunciar a todos el mensaje de Cristo y ayudar a la gente de nuestro tiempo a encontrarlo son débiles; en ocasiones, todavía se piensa que llevar la verdad del Evangelio es violentar la libertad. Siempre debemos tener el valor y la alegría de proponer, con respeto, el encuentro con Cristo. Con frecuencia, vemos que lo que se destaca y se propone es la violencia, la mentira, el error. Es urgente hacer que resplandezca en nuestro tiempo la vida buena del Evangelio con el anuncio y el testimonio, y, esto, desde el interior mismo de la Iglesia. Es importante no olvidar un principio fundamental de todo evangelizador: no se puede anunciar a Cristo sin la Iglesia. Evangelizar nunca es un acto aislado, individual, privado, sino que es siempre eclesial.

A una gran parte de la Humanidad todavía no le ha llegado la buena noticia de Jesucristo; vivimos en una época de crisis que afecta a muchas áreas de la vida, no sólo la economía, las finanzas, la seguridad alimentaria, el medio ambiente, sino también la del sentido profundo de la vida y los valores fundamentales que la animan. En esta situación tan compleja, se hace aún más urgente el llevar con valentía a todas las realidades, el Evangelio de Cristo, que es anuncio de esperanza, reconciliación, comunión; anuncio de la cercanía de Dios, de su misericordia, de su salvación; anuncio de que el poder del amor de Dios es capaz de vencer las tinieblas del mal y conducir hacia el camino del bien.

La naturaleza misionera de la Iglesia no es proselitista, sino testimonio de vida que ilumina el camino, que trae esperanza y amor. La Iglesia no es una organización asistencial, una empresa, una ONG, sino que es una comunidad de personas, animadas por la acción del Espíritu Santo, que han vivido y viven la maravilla del encuentro con Jesucristo y desean compartir esta experiencia de profunda alegría.

Exhorto a los misioneros y misioneras a vivir
con alegría su servicio, y a llevar su alegría
a las Iglesias de las que proceden

Hago un llamamiento a todos aquellos que sienten la llamada a responder con generosidad a la voz del Espíritu Santo, según su estado de vida, y a no tener miedo de ser generosos con el Señor. Invito también a los obispos, las familias religiosas, las comunidades y todas las agregaciones cristianas a sostener, con visión de futuro y discernimiento atento, la llamada misionera ad gentes. Y esta atención debe estar también presente entre las Iglesias que forman parte de una misma Conferencia Episcopal o de una región: es importante que las Iglesias más ricas en vocaciones ayuden con generosidad a las que sufren por su escasez. Al mismo tiempo, exhorto a los misioneros y a las misioneras, especialmente a los sacerdotes fidei donum y a los laicos, a vivir con alegría su precioso servicio en las Iglesias a las que son destinados, y a llevar su alegría y su experiencia a las Iglesias de las que proceden. Pueden llegar a ser un camino hacia una especie de restituciónde la fe, llevando la frescura de las Iglesias jóvenes, de modo que las Iglesias de antigua cristiandad redescubran el entusiasmo y la alegría de compartir la fe en un intercambio que enriquece mutuamente en el camino de seguimiento del Señor.

Por último, me refiero a los cristianos que, en diversas partes del mundo, se encuentran en dificultades para profesar abiertamente su fe y ver reconocido el derecho a vivirla con dignidad. Son nuestros hermanos y hermanas, testigos valientes -aún más numerosos que los mártires de los primeros siglos- que soportan con perseverancia apostólica las diversas formas de persecución actuales. Muchos también arriesgan su vida por permanecer fieles al Evangelio de Cristo. Deseo asegurarles que me siento cercano en la oración a las personas, a las familias y a las comunidades que sufren violencia e intolerancia, y les repito las palabras consoladoras de Jesús: Confiad, yo he vencido al mundo.

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