Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, octubre 16, 2019
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Mi Carmelo 

“Esta casa es un Cielo, si lo puede haber en la tierra”
(Santa Teresa de Jesús)

El Carmelo es el lugar donde viven las carmelitas. Hago esta aclaración porque en una ocasión ocurrió lo siguiente: estaba en la puerta del convento un albañil trabajando, cuando llegó un señor y le preguntó si había por allí algún Carmelo. El bueno de Rufino, que así se llamaba el albañil, le contestó que por allí no había ningún Carmelo. Con lo que el señor siguió su búsqueda por todo el pueblo. Al rato, el mismo señor volvió e insistió nuevamente en hallar noticia del Carmelo, preguntándole de nuevo al albañil por su paradero.

—Mire, me han dicho que sí, que aquí es donde hay un Carmelo

Rufino, que no salía de su asombro al ver tanta persistencia, finalmente le contestó:

—Oiga usted, no insista más, que yo las conozco bien y ¡aquí todas son mujeres!

Realmente tenía razón el albañil, aquí todas somos mujeres y nuestro modelo es la mujer por excelencia: María. “El Carmelo es todo de María”; ella nos une y anima a seguir avanzando en el camino. Va por delante para guiarnos y por detrás para empujarnos. Es como cuando vamos subiendo una montaña, la escalada se hace dura si una va sola, pero, si hay alguien que “guía” y alguien que “empuja”, se hace todo más llevadero. Por eso cada hermana hemos de ser un reflejo de María, siendo ese apoyo para la otra.

En la ceremonia de la toma de hábito, el obispo pregunta a la postulante: “¿Qué es lo que pide?”. A lo que ella contesta: “La misericordia de Dios, la pobreza de la Orden y la compañía de las hermanas”.

Esto es algo que nos da mucha paz; pues con lo primero —la misericordia de Dios— sabemos que Él acepta nuestra miseria, nos ama tal como somos, no espera a que seamos perfectos parea derramar su misericordia. Con lo segundo —la pobreza de la Orden— somos liberadas de tantas ataduras de la tierra que nos impedirían el vuelo, y, al sentirnos verdaderamente pobres, todo lo vemos como una gracia de Dios, un don gratuito. El verdadero pobre no se adueña de nada porque es consciente que nada le pertenece: ni el tiempo, ni sus cualidades, ni los dones que haya recibido de Dios… Sabe que Él se los ha dejado para ponerlos al servicio de los demás.

Y lo tercero —la compañía de las hermanas— es un regalo precioso. Cada hermana es un regalo para la otra; una no se siente sola en el camino de la santidad porque sabe hay alguien que, aunque sea sin palabras, con el ejemplo, la actitud, etc. te está ayudando a crecer en el espíritu. La vida de comunidad es un continuo dar y recibir; todas nos beneficiamos de los dones de cada una. “Ved qué dulzura y qué delicia convivir con los hermanos unidos”.

Gracias, Señor, por mi vocación de carmelita. Sin ningún mérito por mi parte, me has escogido portentosamente para ser tuya. Solamente un amor como el tuyo, infinito y misericordioso, es capaz de llevar a término la obra que has empezado en mí. Gracias, Señor.

MM. Carmelitas Descalzas
Boadillla del Monte (Madrid)

 

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