Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 29, 2020
  • Siguenos!

Mi riqueza es estar pegado a Cristo 
1 de Julio
Por Jesús Esteban

«En aquel tiempo, viendo Jesús que lo rodeaba mucha gente, dio orden de atravesar a la otra orilla. Se le acercó un escriba y le dijo: “Maestro, te seguiré adonde vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. Otro, que era discípulo, le dijo: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Tú, sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos”». (Mt 8, 18-22)


1) Es importante, en primer lugar, envolvernos en la composición de lugar de estas escenas del evangelio de hoy, narradas también por San Lucas (9,57-62). San Mateo nos las cuenta poco después del Sermón de la Montaña y del relato de tres curaciones milagrosas, a las que sigue una brusca introducción: hay mucha gente que rodea al Señor, que ordena marcharse a la otra orilla del lago de Tiberíades, e introduce un breve cruce de palabras con dos aspirantes o vocaciones que quieren seguir a Jesús. En San Lucas, en cambio, la narración aparece en una planificación de la redacción de su Evangelio como una insistente subida a Jerusalén, desde Galilea pasando por la inhóspita Samaría, y son aquí tres las vocaciones que pretenden seguir a Jesús.
2) En todo caso, ateniéndonos a nuestro texto de hoy, es maravilloso el diálogo entre esos aspirantes al discipulado de cerca y las respuestas del Maestro. Jesús delinea las condiciones para seguirlo, condiciones que Él mismo ha cumplido desde el comienzo de su vida pública: podemos decir, sin equivocarnos, que toda su andadura en este mundo fue un seguimiento a la vocación que su Padre le había destinado (evocación de “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo”, de Jn 18,37): “Cuando se cumplieron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de caminar a Jerusalén” (Lc 9,51). Toda su vida fue un éxodo continuo hacia su Padre, y Él sabía muy bien cómo caminó el pueblo en el desierto. Una vez que, como un nuevo Moisés, proclama en su propio nombre la nueva Ley en el Monte (no ya en el Sinaí), desde entonces, quien quiera ser su discípulo, tiene que aprender quién es el camino, qué es el camino, cómo es el camino, hasta que descubra en sí la luz interior que le revele que el Maestro es el Camino: “Yo soy el camino y la verdad y la vida” (Jn 14,6). De hecho, el verbo seguir es uno de los más empleados en los evangelios.
3) El primer aspirante que se ofrece a Jesús es precisamente un escriba. Un escriba no era un israelita cualquiera: era un hombre con la cabeza bien amueblada, un buen abogado diríamos hoy, cuya seguridad radicaba en el conocimiento cabal de la Ley mosaica: se ha dado cuenta de que el Rabí sabe lo que dice y dice lo que sabe y busca apoyarse en su autoridad: “Te seguiré adonde vayas”. El Señor lo frena en seco citándole una máxima, que muy bien podía ser un refrán de la época, que con sabor de los proverbios sapienciales describe con una hermosa metáfora la radicalidad del seguimiento, en el que hay que distinguir muy bien el honor (“el que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija”, decimos nosotros) del mero y desnudo seguimiento en la pobreza: hasta los animales, sin ir más lejos, como las zorras, tienen su seguridad propia, tienen su madriguera, los pájaros su nido; pero el Maestro no tiene “donde caerse muerto”: parece una exageración o un fácil recurso a un tópico moderno; mas sabemos muy bien que incluso su sepulcro no era suyo. Pero digamos mejor con los dos evangelistas que “no tiene donde reclinar la cabeza”, con lo cual, amigo mío escriba, olvídate de esa búsqueda oculta de la seguridad, porque yo soy un hombre sin madriguera, sin nido; solo me interesa mi Padre, no tengo un hogar doméstico propio, donde —¿por qué no?— podría esperarme también una esposa… Así, pues, ¿estás dispuesto a ser hombre sin madriguera ni nido?
4) Había, sin embargo, otro que ya era discípulo y que sabía ya lo que era seguir a Jesús. Tal vez su padre había muerto o estaba enfermo y le pide al Maestro un plazo para asistir a su padre hasta enterrarlo. La respuesta fue igual de lacónica, igual de lapidaria e igual de cruel o poco piadosa, al menos aparentemente: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”. Pero ¿no había quedado dicho y escrito “Honra a tu padre y a tu madre” (citando Éx 20,12), que “es el primer mandamiento al que se añade una promesa: ‘Te irá bien y vivirás largo tiempo en la tierra’”? (Ef 6,2). Cierto, pero, como dice San Agustín (Sermón 100,1-3), “ha de honrarse al padre, pero ha de obedecerse a Dios; ha de amarse al progenitor, pero ha de anteponerse el Creador”; que es, ni más ni menos, lo que ya habría enseñado aquel Maestro a aquel discípulo: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37). Seguir a Jesús es seguir a la Vida; relegarlo a segundos puestos, posponerlo al afecto natural y necesario de un padre, mirando incluso de reojo a otros dioses, es renunciar a esa Vida y quedar muerto: son estos muertos los que se ocuparán de enterrar a los muertos. Por eso, te invito a esta divina radicalidad: “Tú sígueme”, porque tú ya has oído mi doctrina: “Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna” (Mt 19,29).
5) Y todo esto no es solo para los elegidos a la vida consagrada, los religiosos con sus votos, sino también para el simple cristiano de a pie. Señor, no sabes cómo mi corazón ansía oírte esa divina y radical llamada: “Sígueme”. Llámame a amarte sobre todas las cosas… y dame el Espíritu Santo que me dé la gracia-fuerza-virtud para ello: “Da quod iubes et iube quod vis” (San Agustín) (concédeme lo que me mandas y mándame lo que quieras).

Jesús Esteban Barranco

Añadir comentario