Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, octubre 16, 2019
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Mi vida matrimonial 

Hace pocos meses dejé un testimonio de cómo había encontrado el camino de la felicidad, ahora que ya he sobrepasado con creces el umbral de la tercera edad. En aquel escrito había dejado entre paréntesis cuanto había constituido mi vida matrimonial, como si nada hubiera tenido que ver con la felicidad, la infelicidad, las alegrías y los sufrimientos. No es así y, por eso, quiero incidir sobre ese gran período de mi vida desde aquellos 24 años que cumplí el mismo día de mi boda, hasta mis 62 casi recién cumplidos, cuando Enrique, mi marido, me dejó viuda hace ya una docenita de años, aunque parece que fue ayer. Y, sin embargo, ¡ha llovido tanto, antes y después…!

los primeros años de matrimonio

Ya dije que aquel idílico período de mi infancia-adolescencia-primera juventud había sido un coser y cantar, sin conocer bastante los sinsabores de la vida. ¡Vamos!, que Babia era la sede de mis aposentos preferidos, donde habitaba en un país de las maravillas esa Alicia que había en mí. ¡Y así me casé! Enrique, tres años mayor que yo, como mandaban los cánones de la época, era un joven ingeniero de caminos y la boda fue por todo lo alto, sin ninguno de esos problemas que luego he oído contar infinidad de veces a amigas y conocidas.

Catorce años de vida matrimonial, con ocho embarazos, incluidos dos abortos naturales, sirvieron y bastaron para romper todos mis esquemas y clichés de vida cómoda y placentera. Vinieron las molestias, los dolores, las noches sin dormir, los largos veranos con siete u ocho meses de embarazo, las visitas al médico un día sí y otro también, si no por Julito, por Nieves, por Manolín, por Sara, Santi o por Estrella… No paraba de limpiar culos, cambiar pañales (de los de pico, que todavía no había los de usar y tirar, sino los de usar y lavar), dar el pecho, preparar biberones, poner infinitas lavadoras y tener arreglada la casa, contando con las leoneras en que se convertían los cuartos de los niños, con los juguetes, los cuadernos, los lapiceros y pinturas, los libros y todo el resto de cachivaches de por medio.

Ejercí mi profesión de maestra unos siete años (tres antes de casarme), hasta mi segundo embarazo: pronto tuve que aprender que mi vida familiar era antes que mi vida laboral. Al casarnos convinimos en llevar una vida como la mayoría de la gente. Así, particularmente yo, me despojé de mis atavíos de vida cómoda y cierta molicie para enfrentarme a ser una simple ama de casa, renunciando al servicio doméstico que siempre había tenido con mis padres y quise ser una más, “del montón”. En fin, comencé a experimentar que dar la vida —¡parir!— era perderla; y que, perdiéndola así, o sea, perdiendo lo que ahora llaman calidad de vida, ganaba en una entrega y amor más profundo y sincero con mi marido y mis seis hijos.

Éstos —chico y chica alternativamente— me han dado no pocos problemas de todo tipo, pero sin comparación con el sinfín de satisfacciones que me han proporcionado. En especial Estrella, la benjamina, que fue un auténtico regalo caído del cielo, como una estrella en la madurez de nuestro matrimonio. Enrique, por otra parte, siempre ha sido un marido trabajador, bondadoso y comprensivo; incluso nuestras pequeñas desavenencias y alguna que otra trifulca no pasaron de un “quítame allá esas pajas”. Más aún: nuestras relaciones íntimas casi siempre partían de la búsqueda del bien del otro, en una atmósfera de respeto y serenidad, conscientes de que el cemento de unión de nuestro matrimonio era el mismo Cristo, como nos dijo el cura en la homilía de nuestra boda.

Pero debo decir, con todo, que en medio de tanta abundancia de bondad natural, había siempre algo “allá dentro de mí” que pendulaba continuamente entre cosas naturalmente buenas sin posarse nunca en la raíz del bien. Sólo ahora, con el paso de los años, he comprendido lo que dice aquel salmo: “Tu gracia vale más que la vida” (Sal 63,4). Es cierto: esa vida, aunque era un terreno fértil para recibir esa gracia, todavía no la “olía”. No digo que ese estilo de vida que he llevado y vivido no haya sido una gracia en sí —pues he comprendido también que el hombre no puede permanecer o perseverar en las virtudes naturales sin el auxilio de esa misma gracia—, pero he tardado mucho en subir al escalón de lo “sobre-natural”, seguramente porque Dios tenía su hora para ello.

hasta la muerte de Enrique

Los hijos iban creciendo y nosotros madurando más y más. Primero fue la locura de las guarderías, de la escuela elemental, de las frecuentes visitas a las urgencias del hospital, de la compra continua de ropas y calzado, de los estudios de bachillerato para los más mayores y luego los estudios universitarios, repetición de cursos, abandono de la carrera por parte de dos hijos… Todo era un tren acelerado con pocas paradas; y, cuando paraba un poco en vacaciones, surgía otra serie de problemas con los que querían ir a la playa y con los mayorcitos que en ella se aburrían… ¡Para qué contar!

Enrique solía venir todos los días a casa, salvo cuando se ausentaba por breve tiempo por motivos de trabajo. Casi siempre volvía con algún detalle para los muchachos —las más expectantes eran las chicas— y siempre con alguno para mí.

Empezaron los noviazgos de ellos y ellas, con las consabidas cantinelas “¿Puedo volver más tarde hoy? ¿Puede venir Diego a cenar esta noche?”… y, a los pocos años comenzó el desfile de las bodas. A todo el trajín de los años jóvenes de los chicos, se añadía ahora la aventura de la búsqueda de la casa, los preparativos de la boda de cada uno, las nuevas relaciones con los futuros consuegros, cuñados, hermanos, los vestidos de novia de las niñas, los gastos inacabables… que sí acabaron con nuestros ahorros.

También la Providencia —ahora lo he visto claro— nos limó un montón de dificultades y los cinco primeros se casaron; la última chica se independizó hace unos años con un trabajo de administradora de fincas. Y, como es natural, comenzaron a venir los nietos, una docenita de churumbeles hasta el momento, que coronan mi vida, como las doce estrellas de la Virgen, aunque la voy a sobrepasar pronto porque ya hay otros tres en camino.

Un día, un 13 de julio, fiesta de San Enrique, el único emperador canonizado, cuando mi marido festejaba su santo y cumpleaños, lo esperábamos todos en casa a la hora de la merienda-cena para celebrar sus sesenta y cuatro años. Enrique no volvió a casa. Se fue o un camión se lo llevó por delante en la carretera. Algo se rompió dentro de mí con la experiencia de un luto inesperado. No había mediado enfermedad alguna que nos hubiera preparado al desenlace. Todo fue de repente. Y ahora, en el trascurso de estos doce años de viudedad, sé lo que quiere decir que el Señor va y viene de repente, que la muerte es como un ladrón en la noche y la noche del dolor de mi luto fue el botín del ladrón que se había llevado a Enrique. En seguida comprendí que el ladrón no había sido el camionero, que salió indemne del trastazo, sino que había sido el mismo que le dio el ser, a él, a mí y a todos, y que, con todo derecho, reclamaba para sí lo que era suyo: la vida pasando por la muerte. Fue un fogonazo admirable en mi mente y en mi corazón contemplar que Jesucristo es el Señor de la vida y de la muerte.

doce años viuda

¡De repente fue, de repente! Una tarda en reaccionar, igual que cuando el médico te dice que tu corazón tiene las horas contadas o, quizás lo mismo, cuando te enteras que tienes cinco décimos del gordo de Navidad o cuando un hijo te anuncia: “Mamá, que Pili se ha quedado embarazada y vas a ser abuela de trillizos”.

De repente  fue, como de repente se inició la creación del universo después de cada “fiat” divino y de repente el Verbo se hizo carne por otro “fiat” humano de María de Nazaret, de repente se posó la Paloma sobre Jesús en el Jordán, de repente cambió el agua en vino en Caná, de repente resucitó al hijo de la viuda de Naim, de repente se transfiguró Jesús ante Pedro, Santiago y Juan, de repente se secó la higuera que había maldecido Jesús, de repente transformó el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre en la última Cena, de repente resucitó al tercer día, de repente subió Jesús a los cielos el día de la Ascensión, de repente vino el Espíritu Santo como un viento huracanado sobre la Virgen María y los Apóstoles, de repente Pablo se quedó ciego camino de Damasco…, y de repente, en un pestañear de ojos, al son de la trompeta final, volverá Jesucristo al fin del mundo a juzgar a vivos y muertos…; de repente se fue Enrique o de repente se lo llevó el Señor… y ¡de repente me quedé viuda!

La acción de Dios es así: repentina. El impacto de aquella noticia —“Enrique ha muerto en un accidente de tráfico”— fue simultáneamente un mazazo en el alma y un golpe de gracia, cuyos efectos perduran y se multiplican hoy. ¡Cuántas cosas he ido comprendiendo! Decía antes que la gracia es superior a la vida, y es que la fe “no se explica” (para entender mejor lo que creemos), sino que “la fe ilumina” para “ver” lo que no comprendemos.

la soledad

En mi relato anterior había dado a entender que había vivido ciegamente, aun teniendo a la mano todos los argumentos habidos y por haber para ver cómo todo encajaba perfectamente como en un bello puzzle de rosas sin espinas. Hoy puedo decir —con aquel gozo primitivo de quien por primera vez descubrió el fuego en la noche— que he hallado la Luz, que he descubierto en la noche de mi vida que Dios es Luz, que Jesucristo es la Luz del mundo.

Conozco —y conocía ya de antes— a algunas viudas mayorcitas como yo. Si hay un lugar común en el que todas coinciden y se lamentan tiene un nombre: se llama soledad. Para la gran mayoría, “viuda” y “sola” son adjetivos sinónimos. ¡Cuántas y cuántos, en sus casas o en sus residencias geriátricas —muchas veces simples aparcamientos de la vida hasta que venga la grúa (la muerte) y se los lleve— no hacen más que lamentarse y lamerse su dolor como un Job moderno del siglo XXI: “¡Estoy sola! ¡Estoy solo!”. Y, a veces, hasta la misma mueca con que lo pronuncian, no se sabe si es un feo dibujo por el alzheimer o por el dolor profundo del alma.

Llevo doce años viuda, llevo doce años sola físicamente en casita, pero no estoy sola de esa manera. No creo ser una “rara avis” confesando esto, desentonando así del sentir común de la mayoría de los ancianos. Tampoco soy tan “echá pa alante” como para asegurar que nunca me hayan mordido esos sentimientos, invitándome a traspasar la puerta de la angustia, de la desesperanza y de la depresión…; pero sí puedo decir que no es verdad, que no estoy sola, que ciertamente Dios está conmigo, que para mí cobran un significado muy hondo esos augurios de la misa cuando el sacerdote en nombre de Cristo (o Cristo mismo por boca del sacerdote) nos dice “el Señor esté con vosotros”.

La soledad no es un pretexto para rezar más tiempo, que ya eso sería y es bueno —¡qué tristeza me produce ver a esos ancianos sentados en los parques pasando las horas muertas con la mirada y el gesto perdidos! ¿Es que no podrían pasar esas horas “vivas”?—, pues la exhortación a rezar sin intermisión no se la hizo Jesús a las viudas, sino a quienes estaban dormidos en Gestsemaní, a quienes estábamos en Babia, como me ha ocurrido a mí durante mucho tiempo, como le pasa a esa gran mayoría de ancianos de quienes acabo de hablar.

Soy de las que piensan que no se trata de rezar más deprisa para que quepan más rosarios en menos tiempo, sino de rezar más tiempo con el fin de que el corazón se prepare para el encuentro con el Señor como corona de la intimidad diaria con Él, pues nosotras tenemos más papeletas para estar dentro del grupo de quienes estamos más cerca de nuestra salvación que cuando abrazamos la fe, que fue allá por la primera parte del siglo pasado. Pero no sólo por esto, sino porque ahora ya pasó aquella vida de rosas sin espinas y ahora abundan las espinas sin rosas: los achaques de la edad, las enfermedades de esta tienda que se desmorona, noticias a veces desagradables de los hijos y nietos, el mundo hostil, anticlerical, agnóstico y ateo que nos rodea, la situación económica que no es como antes y que me hace saborear cierto grado de precariedad que desconocía…; en fin, que si no recurro a la oración, a la charla amorosa con Jesucristo, me muero y todo se me vuelve incoloro e insípido.

mi intimidad con Dios

No, no rezo más porque “no hay más remedio”. Aparte de que, ciertamente, la oración también es un remedio (es decir, más que un medio —un “re”-medio— para encontrarse con Dios), no se trata de una terapia para llenar el tiempo, sino que ahora soy yo dueña de mi tiempo para hacerlo pleno con la oración. Ni tampoco soy una monja de clausura, a las que comprendo perfectamente, las admiro y rezo también por ellas. Rezo; y quiero rezar más y mejor, no porque Dios tenga necesidad de mi oración, sino porque yo sin Él me muero.

Tampoco la oración es un pretexto para refugiarse en un ideal sublimado poniendo a Jesús de Nazaret como esposo, una especie de subterfugio de amor platónico, una catarsis espiritual disimulada o descafeinada. Un error así vendría de antes, es decir, de haberse quedado en la fase material de marido y mujer como una sola carne, sin haber sabido o podido trascender a otra fase superior, en la que todo hombre —célibe o virgen, casado o viudo— tiene una vocación a formar esa “una sola carne” con el Verbo encarnado para entrar con Él en las bodas eternas. Yo no he sido una excepción y sólo, al comenzar mi etapa de viuda, he comenzado a atisbar la grandeza de esta vocación a las nupcias con el Cordero y a recuperar el tiempo perdido. ¡Cuántos matrimonios derrochamos años y años al margen de esta originaria vocación, esencial y previa a cualquier otra vocación posterior! Por lo pronto, yo he comenzado a hablar de estas cosas con mis hijos.

Por eso he dicho que no estoy sola. Y si digo que me falta tiempo para estar con el “Esposo”, alguien me tachará de exagerada; pero sé muy bien que incluso muchos jóvenes pueden comprender la necesidad de hablar y estar con la persona de la que se está enamorado. ¿Podéis creerme ahora que a mis setenta y cuatro años pueda estar profundamente enamorada de Jesucristo? ¡Qué desilusión y tristeza me causa cuando veo en la tele esas escenas de grupos de mayores —¿por qué tonto eufemismo dejamos de llamarnos viejos, con lo bien que el anciano es contemplado y tratado en la Biblia?—, que en sus vacaciones dedican tantas horas de ocio a fomentar la sensualidad como relleno de algún desahogo escondido o pasatiempo sin sentido! Que no se me tilde de “carca” por eso, que ser viejo —igualito que ser joven— no está reñido con un sano esparcimiento, una partida de cartas, una sesión de gimnasia rítmica y alguna copeja de anís o caña si la tensión arterial lo permite.

Estoy convencida de que mi Enrique está más que contento con este modo de pensar y vivir desde que él se fue de repente. No hay día que no lo tenga presente, que hable con él en todos los rincones de la casa y, sobre todo, no hay día que no rece por él. Pero él y yo sabemos lo que significa lo que la Iglesia nos dijo en nuestra boda: “Hasta que la muerte os separe”. No quisiera molestar a nadie si pienso que me parece que ronda con cierta ñoñería creer que en el Cielo vamos a seguir siendo una familia-piña, cuando el objeto de todos nuestros anhelos va a ser adentrarse más y más en el interminable conocimiento de Dios y en un amor que progresivamente no acabará nunca…, como para tener espacio para relaciones familiares como las de acá, trasladando al Cielo la vida que vivíamos en la tierra: “Ya no habrá marido ni mujer, sino que todos seremos como ángeles de Dios”.

Al comenzar mi primer relato, me preguntaba si era feliz. Ya he confesado que durante mucho tiempo, en el fondo, no lo era. Ahora no tengo empacho en manifestar que, en medio de la precariedad de mi vida actual, viuda y vieja, de la debilidad que conllevan los años, de las limitaciones que acompañan a una viuda…, que sí soy feliz, floreciente como trigo entre cizaña, en espera de la siega gloriosa que me abra las puertas del Cielo. ¡Qué bello aquel salmo que canta: “En la vejez tienen fruto, se mantienen frescos y lozanos”! (Sal 92,15). No me considero modelo de nada ni de nadie y estoy inmensamente agradecida al Señor porque ha fijado sus ojos en la pequeñez de esta esclava. Soy feliz porque he encontrado la Luz, porque Dios se ha manifestado como Padre de huérfanos y viudas, porque Jesucristo me ha aceptado como esposa para el Reino de los Cielos.

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