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Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres 

Título original: The Girl With the Dragon Tattoo. Director: David Fincher. Intérpretes: Daniel Craig (Mikael Blomkvist), Rooney Mara (Lisbeth Salander), Christopher Plummer (Henrik Vanger), Stellan Skarsgard (Martin Vanger), Robin Wright (Erika Berger), Yorick van Wageningen (Nils Bjurman). Nacionalidad: EEUU. Año: 2011. Duración: 158 min. Valoración: Adultos-imágenes.

Una innecesaria y morbosa denuncia social

Al terminar de ver esta película no pude evitar pensar ¡qué grande es el cine! No se equivoquen. El film en cuestión es excesivamente largo y morboso, innecesariamente complicado e intrincado y, desde luego, un paso atrás en la carrera de ese gran realizador que es David Fincher (Seven, Zodiac, La red social). Pero que su película sea mala no invalida el hecho de que el cine es grande, entre otras cosas porque, como medio narrativo, es un gran desenmascarador de éxitos hinchados por las modas y la mercadotecnia.

Como sabrán —y si no lo saben, pregúntense dónde han estado estos últimos años—, Millenium es una serie de tres novelas del malogrado periodista y escritor sueco Stieg Larsson (1954-2004). Al parecer, el éxito de Millenium ha dado nueva vida a la novela negra escandinava (la prueba la tienen en las librerías). ¿Motivo? Una narración ágil, una astuta mezcla de personajes normales y tipos marginados, misterios más o menos truculentos que aclarar y —según dicen, lo más interesante— una incisiva crítica al lado oscuro de esas sociedades nórdicas que siempre salen tan bien paradas en los rankings de educación, calidad de vida, protección social o desarrollo urbano.

Ciertamente, esto ya lo había hecho con mayor sutileza y durante más tiempo Henning Mankell, cuya serie protagonizada por el detective Kurt Wallander —sin abandonar el terreno del best-seller— seguramente sea más estimable que las pesquisas de la hacker gótica Lisbeth Salander y el periodista Mikael Blomkvist. Pero, además de poco original, está por ver que ese supuesto lado oscuro o podrido de la educación puritana y del Estado del Bienestar suecos sea tal como aparece en las historias de Larsson, como recientemente discutía el columnista de El País y doctor en Ciencias Políticas, Victor Lapuente, a raíz de los atentados de este verano en Utoya.

El sistema democrático de los países nórdicos es firme y envidiable. Además, son también los países más solidarios. Que el Estado del Bienestar pueda generar más problemas de los que causa es algo que, a falta de confirmación empírica, se queda en una mera sospecha. Una sospecha, eso sí, muy rentable para montar una crítica social con que condimentar una buena historia de crímenes, intrigante y exportable.

intriga fría y racionalista

Como podrán intuir, no he leído los libros, así que no puedo juzgar la fidelidad del film al original. Al parecer, se trata de una adaptación ajustada, tanto a la novela como al film sueco que ya trasladó esta historia a la gran pantalla en 2009. Si eso es así, entonces ya sé que jamás voy a leer la serie. Porque solo observando el modo en que está narrado este Millenium 1 americano se detectan fácilmente los equívocos sociales y antropológicos en que se basa la historia. Para explicarlos, antes conviene desbrozar el argumento.

La película se compone de dos tramas principales que se encuentran a mitad del metraje. Por un lado, está Mikael Blomkvist (Daniel Craig), periodista de investigación para la revista Millenium que -tras perder un juicio por difamación contra un magnate de las finanzas- es contratado por Henrik Vanger (Chistopher Plummer), un poderoso empresario, para investigar la misteriosa muerte de una sobrina hace cuarenta años. Por otro lado, está Lisbeth Salander (Rooney Mara), una joven extraña y retraída, cuyo pasado -estuvo internada en un psiquiátrico por intentar asesinar a su padre- no es más turbulento que su presente -vive con subsidios bajo extorsión de un funcionario-. Sus caminos se cruzarán cuando él descubra en ella a una inteligente y hábil aliada a la hora de indagar en los secretos de los Vanger.

Cinematográficamente, estamos ante un film que, en una palabra, resulta fascinante. Desde los títulos de crédito -una locura visual al ritmo de una versión techno de Led Zeppelin-, pasando por la impresionante banda sonora de Trent Reznor y Atticus Ross, la ambientación en Estocolmo y alrededores, el contraste entre un presente frío y un pasado filmado en colores pastel y, en general, la muy lograda sensación de violencia contenida que atraviesa todo el film. Los problemas aparecen cuando se mira más de cerca el aspecto narrativo del film.

cine comercial de espectativas frustradas

Hasta hace no tanto, el nombre de Steven Zaillian podía garantizar una cierta hondura humana (estamos hablando del guionista de Despertares y La lista de Schindler, asimismo escritor y director de En busca de Bobby Fischer y Acción civil). Pero si se mira el conjunto de su carrera sería más adecuado asociar su nombre con garantía de oficio, no en vano Zaillian ha sido en los últimos años el hombre al que se llama cuando había que solucionar problemas con los libretos de películas como Marea roja (1995), Twister (1996), Amistad (1997), Black Hawk derribado (2001), Camino a la perdición (2002) o Salt (2010), películas todas a las que contribuyó de modo no acreditado.

En el caso de este Millenium 1, lo mejor de su labor está en la presentación de los personajes. Pero, a medida que avanza la película, el relato se empantana y, de esta manera, la historia -que, en sus primeros compases, se presenta como una intriga a lo Agatha Christie- termina por agotar al espectador. Y es que, en su empeño por contarlo todo, la historia acumula más y más subtramas, algunas de dudoso interés, y un final estirado que solo se salva por los dos minutos con que se cierra el film.

El primer elemento alienante es la propia historia de Lisbeth. Ciertamente, estamos ante un personaje que atrae y repele a la vez, una chica asocial y vengativa que, con todo, oculta una fragilidad e inocencia latentes, algo que la actriz Rooney Mara transmite muy bien. Pero el contexto que rodea a su personaje está diseñado para plantear una crítica social que, como mínimo, resulta simple y zafia. Como Lisbeth tiene que justificar sus gastos y reunirse periódicamente con un tutor legal para recibir la ayuda del Estado, este ve la oportunidad de aprovecharse sexualmente de la joven, y no duda en hacerlo en una secuencia de violación tan desagradable como siniestra. El mensaje es tan grosero como nítido: a cambio de su protección, el Estado del Bienestar se aprovecha del ciudadano que no puede valerse por sí mismo (además de pasar por el psiquiátrico, Lisbeth es inestable y violenta). Sin dejar de resultar forzada, quizá en el libro esta subtrama tuviera más sentido, aunque no deja de ser llamativa viniendo de un escritor que no es precisamente de derechas. En el contexto del film, no añade nada.

El segundo elemento alienante tiene que ver con la definición de los personajes. La premisa antropológica del film es que, más allá de lo que digan, todo el mundo tiene un motivo “real” para comportarse o, mejor dicho, un interés “interesado” para hacer lo que hace: Mikael no investiga a los Vanger por descubrir la verdad, sino por obtener a cambio información que le restituya su prestigio; Bjurman no pretende ayudar ni supervisar a Lisbeth, sino solo favores sexuales; la propia Lisbeth es violenta como reacción a un padre maltratador; la editora Erika defiende a Mikael más por ser su amante que por ser su mejor periodista… y así. Sobre el papel, este modo de mirar al ser humano puede resultar más o menos plausible. En pantalla, queda postizo, esquemático y falso. ¿Es que acaso no hay nadie sobre la faz de la tierra que haga algo… porque sí?

absoluto desconocimiento del ser humano

En cierto modo, esta premisa es coherente con una cierta mentalidad racionalista -quizá propia del género detectivesco-, donde la verdad se puede descubrir a base de investigación analítica, observación metódica y hallazgo de relaciones causales lógicas y necesarias. Pero, al final, por querer dotar de complejidad el alma de los personajes, la película cae en ridículos extremos: ni siquiera el asesino de la historia es del todo culpable pues mata… ¡porque su padre abusó de él! y, a su vez, su padre abusó porque, agárrense, ¡era un nazi recalcitrante!

Obviamente, para los personajes que aparecen en la historia relacionados con el nazismo no hay justificación ni motivo que los excuse: son nazis, punto. Pero a Larsson se le ve el plumero y, por eso, sus personajes son más personajes que personas de carne y hueso, más ficticios en el sentido de irreales: está por ver que sea normal, habitual, natural y moralmente aceptable castigar con violencia a maltratadores, explotadores y asesinos.

Estamos, en definitiva, ante un film audiovisualmente poderoso pero narrativamente fatigoso y confuso, lo cual demuestra -una vez más- que el cine necesita partir de modelos antropológicos verdaderos. Y no tanto para ser moralmente aceptable sino tan solo para ser narrativamente efectivo.

Asumir la sospecha posmoderna de que el ser humano es por definición un ser auto-interesado, que el mundo está dirigido por el dinero, que el Estado es una instancia de dominación o que es bueno, normal y legítimo vengarse violentamente del fascismo, el abuso sexual o la prepotencia capitalista, son postulados que, cuando son asumidos de un modo tan alegre y acrítico como en esta película, solo pueden convencer a aquellos espectadores que ya solo tengan conocimiento de lo humano a través de ficciones y no de la más elemental experiencia.

En resumen, estamos ante una película audiovisualmente poderosa y fascinante, que naufraga por una excesiva complicación en las subtramas, una innecesaria y morbosa denuncia social y un absoluto desconocimiento de quién es el ser humano.

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