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Mirad a mi siervo, a quien sostengo. Festividad del Bautismo del Señor 
13 de enero. Festividad de San Higinio
Por Antonio Pavía

«En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma e paloma, y vino un voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”». (Lc 3,15-16;21-22)


El bautismo de Jesús supone lo que podríamos llamar su entrada oficial en el marco en el que se desarrolla su misión salvífica. La misma palabra bautismo significa inmersión, descendimiento, por lo que la  decisión del Hijo de Dios de dejarse bautizar por Juan da a entender claramente que sabía muy bien para qué había sido enviado por su Padre: para sumergirse en lo más profundo, en las entrañas del mal. Luchará cuerpo a cuerpo con él, con su Príncipe, el de las tinieblas, a quien vencerá. Con su resurrección pone en manos del hombre su victoria sobre la muerte.

El texto que nos ofrece la Iglesia en esta liturgia dominical es riquísimo, como  en realidad lo son todas las Santas Escrituras. Puestos a destacar y decantarnos por una de las numerosísimas vertientes catequéticas que nos ofrece el bautismo del Hijo de Dios, quisiera señalar la de la oración de Jesús, tan fuerte, tan colmada de espíritu, verdad y vida que, como nos dice Lucas, “se abrieron los cielos”.

Se abrieron los cielos. Vamos a introducirnos en el significado más propio, a la par que profundo, de estas palabras que podrían pasar inadvertidas si viéramos en ellas únicamente una metáfora. La realidad catequética trasciende por completo lo que alguien podría llamar un simple recurso metafórico. De hecho es Dios mismo quien se abre. Sí, se abre hacia el Hijo y, como confirmando la misión a la que le ha enviado, da testimonio de Él proclamando ante todos los presentes: “Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco”.

Maravilloso, extraordinario, sublime… Sí, pero y nosotros ¿qué? Nosotros —salvando las distancias— lo mismo. Cuando, enseñados por nuestro único Maestro (Mt 23,8) a llevar a cabo la voluntad de Dios y más allá de nuestros razonamientos a ras del cielo, somos capaces de mirar a lo alto para poder obedecerle, acontece la oración en la línea de la del Hijo de Dios: en espíritu, verdad y vida…; estamos ya capacitados para la adoración perfecta.

Es entonces cuando sí, Dios se nos abre; y, como asomándose por entre las entretelas de nuestra alma,  susurra las palabras inefables que tan sanamente envidiamos: ¡también tú eres mi hijo amado, también en ti me complazco!

Antonio Pavía

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