Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, enero 16, 2019
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Mirando al Apocalipsis 

Una de las mayores alegrías de esta vida es acercarse a la Escritura y comprobar la unidad que existe en sus diversos libros. Se percibe el deseo de dar cumplimiento a un Plan preconcebido, un Plan en cuyo centro estamos nosotros. Por otra parte, la Escritura nos da la clave de la existencia: nos dice que venimos de Dios y hacia Él vamos. El último libro, a pesar de la dificultad de su lectura —se trata de un libro sellado con siete sellos que solo puede abrir el espíritu del Cordero— muestra el final de la historia. Miremos, pues, en la Escritura qué final nos espera. Miremos al Apocalipsis.

El término Apocalipsis significa “Revelación” (de lo que ha de venir). La aparente dureza de su lenguaje no debe asustarnos, ya que la auténtica dureza está en vivir apartados de Dios. Está dirigido a toda la Iglesia, pues el sentido del número siete —las siete iglesias— es la totalidad. A través de una ventana entreabierta en el Cielo se ve una figura enigmática que lo preside todo en su trono y que se presenta como “el que es, el que era y el que vendrá”, tal como Dios se presentó a Moisés: “Soy el que Soy”. Ese “Soy” expresa un “ahora y siempre” que incluye el pasado y el futuro. En esta figura atemporal está presente el mismo Dios, y aparece rodeado de veinticuatro ancianos y cuatro vivientes en los que se representa, respectivamente, la historia de la salvación y la evangelización, lo pasado y lo venidero. Es decir, aquella figura que es Dios, contempla complacido toda la historia, y Él sabe que todo está bien.

“escudriñad las Escrituras, pues ellas hablan de mí”

La figura del trono presenta un libro sellado que nadie es capaz de abrir ni en el cielo ni en la tierra, lo que causa un llanto incesante porque sin su interpretación estamos a oscuras. Aparece entonces la figura de un Cordero, el único ser que puede romper los siete sellos, lo que conlleva un combate a muerte entre el mal y el bien.

Para describir el mal, el texto describe unas figuras temibles: un dragón, dos bestias con siete cabezas y diez cuernos, y espíritus inmundos, que actúan en situaciones a cada cual más espantosa: fuego, un mar de sangre, tinieblas, relámpagos, truenos, terremotos, pedrisco y desplome de las ciudades de las naciones. No hay que quedarse en el dramatismo de la descripción, que no es más que la forma literaria escogida. Lo que se expresa aquí es que se trata de fuerzas espirituales depravadas e inmensas, muy superiores a nosotros. El dragón alude al mal absoluto, que no es algo sino alguien, pues tiene nombre, Satanás, y un número que lo representa: el 666, la total imperfección. El maligno es pues real e imperfecto.

El bien se presenta como un Cordero manso —no existe figura más indefensa— y solo Él combate por el bien. Las fuerzas en lucha no pueden ser más desequilibradas; sin embargo, vencerá el Cordero porque “el amor es más fuerte que la muerte”.

Si miramos las figuras que representan el mal, vemos que el dragón aparece en el Cielo; se trata del ángel que se rebeló contra Dios y que fue arrojado de allí. Y vemos también que es él quien da poder a los hijos de las tinieblas, representados en dos bestias que no vienen del Cielo, sino que una surge del mar y la otra de la tierra. Esto es muy importante porque viene a decir que Dios no ha creado el mal. Esas dos bestias, el mal y la muerte, no han nacido en el Cielo, vienen del maligno, son fruto de su engaño. Dice el texto que la primera bestia se parece a un leopardo, ágil, sigiloso y certero. Nosotros reconocemos esa forma de actuar del mal, que nos acecha a escondidas, con mentiras, con una seducción irresistible dirigida contra el interior que nos hace entregar lo más precioso y genuino que tenemos: el yo interior, el corazón.

sin Dios dejamos de ser

Y aparece una señal, la de “una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas, está encinta y grita con los tormentos de dar a luz”. Se trata de la misma mujer del Génesis, cuya descendencia ha de aplastar la cabeza de la serpiente. Hoy sabemos que se trata de la Virgen María que da a luz al Emanuel, a quien el dragón persigue a muerte. Al final, “despechado contra la mujer, el dragón va a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús”.

Satanás odia a la humanidad, que es depositaria del espíritu divino a través de la encarnación del Hijo de Dios. He aquí la entrada en escena de la Iglesia, que unida a su Señor, “como la vid al sarmiento”, se cobija bajo “las dos alas del águila grande”, el Espíritu que la conduce al desierto, a la oración, donde está segura. La Iglesia no tiene otra misión que la evangelizar, para ello se le concede un tiempo, el mismo tiempo que se les concede a las bestias para tentar.

La palabra que sigue reproduce las plagas de Egipto. Si en el Éxodo el Señor envía diez plagas al Faraón, en el Apocalipsis envía siete al mundo, pero con la misma finalidad, liberar a los suyos de la esclavitud de los ídolos, es decir, una gracia. Muchas veces la ira de Dios es la única forma que le queda para recuperar a sus hijos rebeldes; por tanto, ha de entenderse como una expresión de amor hacia ellos. Las plagas son como espada de doble filo, sanan o matan y son enviadas en cálices como bebida de salvación o de condenación, como lo fueron las plagas de Egipto, que protegían a los israelitas y perjudicaban a los egipcios. O como la Cruz, “escándalo y estupidez para los sabios de este mundo, mas fuerza de salvación para los creyentes”.

“soy yo, tu gran libertador, y vengo manchado de rojo”

El vencedor es el Cordero que aparece en pie sobre el monte Sión (la Iglesia) bajo unas aguas que vienen del Cielo (el Bautismo para “nacer de lo alto”) y en medio de una celebración que alude a la Eucaristía (personajes de blanco, citaristas que cantan himnos desconocidos para los no iniciados, ángeles y cálices) presidida por el mismo Dios significado en el humo de su presencia. Sabe la Iglesia que el combate está vencido y que aunque el enemigo puede causar estragos, el final está ya sentenciado. La Iglesia no ya conoce, sino que celebra la victoria definitiva y la celebra permanentemente. Afirma Scott Hahn que la clave que la Iglesia tiene para interpretar y celebrar estos acontecimientos es la Eucaristía. En ella se actualiza todos los días esa victoria que da sentido definitivo a la existencia y es la razón de que la vivamos como una celebración.

Y aparece una visión preciosa: “Un Cielo nuevo y una Tierra nueva, la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén que baja del Cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo”. El amor va de la mano de la belleza plasmada aquí por el gran Arquitecto del Universo en la perfección de las proporciones de la Ciudad Santa, en la que la longitud es igual a la anchura y a la altura (un cubo perfecto), y en la belleza de sus materiales, oro similar al vidrio puro, algo inmaterial, brillante y transparente. “La ciudad no necesitará sol ni luna que la alumbren porque no allí no habrá noche”, ni tendrá Santuario, porque el Cordero, el cuerpo de Cristo inmolado y resucitado será el lugar de culto, y las piedras del Templo definitivo serán los corazones de aquellos que hacen de su vida una liturgia de santidad haciendo suya la voluntad de Dios (“Se acercan los auténticos adoradores, que lo harán en espíritu y en verdad”).

Ciertamente, una de las mayores alegrías de esta vida es comprobar la unidad de la Escritura. Emociona contemplar la similitud y belleza de los cuadros con que aquella se abre y se cierra. En ambos libros, Génesis y Apocalipsis, se habla de un río de agua de vida que brota, bien del Jardín del Edén, bien del trono de Dios y del Cordero, donde hay un Árbol de la Vida que da fruto todos los meses del año, y que sus hojas sirven de medicina para los gentiles.

Desde el principio de la historia, Dios había pensado en este Árbol de la Vida, que es la imagen de la inmortalidad, y que en el momento culminante de la historia se plasmó en ese madero de cuatro brazos —la Cruz— del que saldrían sendos ríos de agua viva para dar un alimento imperecedero para todos los hombres, la misma vida de Dios, su carne y su sangre.

Si el pasado de la humanidad está inundado del amor de Dios, el futuro no lo está menos, pues lo que realmente subyace al mirar el Apocalipsis es la bondad de Dios, que conduce la historia hacia la comunión plena con Él. Dios nos amó y nos amará. ¡Abramos los ojos! El mal y la muerte son totalmente ajenos a Dios. Constituyen esa gran Babilonia convertida en guarida de demonios que camina hacia su total destrucción y de la que hemos de salir para no ser cómplices y merecer el mismo final.

Enrique Solana

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