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Miserere – Salmo 51 

Misericordia Dios mío por tu bondad,

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

lava del todo mi delito, limpia mi pecado,

pues yo reconozco mi culpa,

tengo siempre presente mi pecado,

contra ti, contra ti solo pequé,

cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,

en el juicio resultarás inocente.

Mira que en la culpa nací,

pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,

y en mi interior me inculcas sabiduría.

Rocíame con el hisopo quedaré limpio:

lávame, quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,

que se alegren los huesos quebrantados.

Aparta de mi pecado tu vista,

borra en mi toda culpa.

¡Oh Dios! Crea en mi un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme.

No me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso.

Enseñaré a los malvados tus caminos,

los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, ¡oh Dios, Dios salvador mío!,

y cantará mi lengua tu justicia.

Señor, me abrirás los labios

y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen;

si te ofreciera un holocausto no lo querrías.

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado,

un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad favorece a Sión,

reconstruye las murallas de Jerusalén.

Entonces aceptarás los sacrificios rituales,

—ofrendas y holocaustos—:

sobre tu altar se inmolarán novillos.

 

El salmo 51 es uno de los siete salmos penitenciales, atribuido al Rey David con ocasión de la visita del profeta Natán por haberse unido con Betsabé tras ordenar la muerte de su marido Urías (2Sm 11-12). Se le conoce con el nombre de “Miserere” (del verbo latino “misereo”: tener compasión) porque es la primera palabra con la que comienza el salmo en la traducción latina. El “miserere” expresa como ningún otro salmo nuestro sentimiento profundo de seres pecadores ante Dios.

suplica misericordia desde la humillación del hombre que se sabe pecador

Pide misericordia que es mucho más que pedir perdón o implorar compasión. La palabra misericordia se expresa en hebreo con la raíz “raham” que evoca el seno materno (“rehem”) y, por tanto, los sentimientos y la capacidad para engendrar vida. Este Dios capaz de tener misericordia va mucho más lejos del perdón humano, porque con su misericordia no solo perdona, sino que regenera y da vida, recrea (hasta nacer de lo alto). Esto es fundamental porque ¿quién puede sacar pureza de lo impuro? Nadie. Es necesario crear algo nuevo. “Crea en mi un corazón puro” el corazón puro es aquel capaz de bendecir a Dios en todo momento, y esto solo puede hacerse a través de la misericordia creadora de Dios. De su Espíritu Santo. El salmista conoce el sentido profundo de esta palabra y, por eso, implora ser regenerado por la misericordia divina.

doce veces el salmo hace alusión al pecado

El pecado no lo ve el salmista como una debilidad psicológica, una inmadurez, un error más o menos grave o consecuencia de estructuras sociales inadecuadas —como muchos de nosotros tantas veces lo interpretamos ahora—. Ante todo el pecado es una rebelión contra Dios y una falta de confianza en su bondad:

“Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado.

Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.”

Nos enfrentamos a Dios por el deseo más o menos consciente de ser como dioses. No aceptas tu historia y te rebelas, reniegas, no aceptas sus indicaciones y las ignoras. Tú crees saber mejor que nadie lo que te conviene para ser feliz. Piensas que sabes mejor que Dios lo que necesitas. Piensas que la libertad está en la trasgresión porque te interesa en un momento dado. El pecado es así el “amor a uno mismo hasta el desprecio de Dios” (San Agustín). Pero esto no hace daño a Dios sino que ante todo provoca la destrucción del hombre por sí mismo: “Nosotros no ofendemos a Dios si no es por lo que hacemos contra nuestro bien” (Santo Tomás). Al destruirte a ti mismo o a tu prójimo, como obra e imagen de Dios, es como ofendes a Dios. A Dios no puedes tocarlo, pero puedes herirlo en su imagen (el hombre hecho a su imagen): por eso Él toma como propias las ofensas a sus criaturas. El pecado alcanza a Dios en cuanto que afecta a lo que Dios ama (“…contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces”).

Cuando has roto con Dios, cuando empiezas a vivir los síntomas de tu autodestrucción, ¿qué hacer?: suplicar, suplicar desde la humillación la recreación, la misericordia de Dios.

“Te gusta un corazón sincero”

San Gregorio Magno compara al pecador con un hombre que yace cubierto de heridas, moribundo: “¡Pobre herido, reconoce a tu médico! Muéstrale las llagas de tus culpas. Muévele a compasión con tus lágrimas. Que tu dolor llegue hasta Él de modo que, al fin, puedas oír: El Señor ha perdonado tu pecado”. No te defiendas ni busques justificaciones . Confiesa tu culpa y guarda silencio. Disponte a escuchar, porque Dios habla desde tu interior, no abandona al pecador sino que trabaja desde la intimidad del hombre para que adquiera cordura y se convierta.

“Contra ti solo pequé…

En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente.”

En el ámbito judicial a través de la historia se han distinguido fundamentalmente dos tipos de pleitos:

1. El que se entabla entre dos partes: el ofendido y el acusado.

2. El que se plantea ante un tribunal, en el que, además de las partes enfrentadas, hay un juez que imparte justicia y sanciona. Para nosotros, en el ámbito civil, esta forma nos es más familiar en el mundo actual.

El primer supuesto es característico de las civilizaciones más antiguas. La parte que se considera ofendida convoca al ofensor y ambos resuelven el litigio mediante la reconciliación, aplicando pactos o incluso exigiendo la ley del Talión. En este pleito por el pecado entre el hombre y Dios, es de vital importancia para el hombre que Dios haya escogido esta fórmula de pleitear. En el mundo bíblico igual que frente a ti, Dios se constituye en ofendido y no en juez. Dios se presenta como ofendido, a través del profeta Natán y no como juez, entre David y Urias. Esta situación se repite en otros pasajes (Nm 12; 21,4-9; 22,32-35; 2S 24; 1R 8,46-51). Si Dios se constituyera juez, debería aplicarnos la ley como infractores que somos y ninguno nos libraríamos de la condena, porque Dios es justo y un juez justo no puede absolver al culpable; sin embargo, la parte ofendida sí puede hacerlo, puede perdonar y cancelar la deuda. Al aceptar el lugar del ofendido, Dios nos ofrece la posibilidad del perdón.

Esta es la respuesta de Dios a la culpabilidad del hombre. De esta forma nos evita la sentencia demoledora e implacable que nos merecemos y asume en sí mismo las afrentas contra la ley y contra el prójimo; por eso, el salmista sabe que su pecado fue y es siempre contra Dios, el cual siempre resultará inocente. Esta actitud divina se hace presente —se encarna— en Jesucristo. El siervo de Yahvé se constituye en el agredido por nuestras culpas y resuelve el pleito reconciliándonos con el Padre, ofreciéndose como víctima para la expiación de nuestras culpas y conseguir para nosotros el perdón, más aún la misericordia.

Por esto el salmo 51 además de penitencial es también un canto de victoria en los labios de la Iglesia. Jesús implora a Dios Padre la resurrección a una vida nueva: “Hazme oír el gozo y la alegría…”. La alegría íntima del pecador perdonado despierta en su interior el deseo de comunicarlo y el Señor pone en su boca un canto nuevo, una alabanza: “cantará mi lengua tu justicia y mi boca proclamará tu alabanza.”

Esta es mi experiencia en el pecado, delante del Señor con mi “espíritu quebrantado y humillado” nunca me ha despreciado, sino que ha cargado con mis iniquidades y me ha permitido experimentar con Él, la alegría de la resurrección, visitándome con la paz, reconstruyendo en mí “las murallas de Jerusalén”.

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