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Misericordia quiero y no sacrificios 
21 de Septiembre
Por Carmen Montes López

En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»
Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?»
Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (San Mateo 9, 9-13).

COMENTARIO

Los publicanos eran  judíos que se dedicaban a la administración y a cobrar los impuestos para los romanos. No cobraban directamente los impuestos, sino que pagaban de su bolsillo una cantidad establecida, sin importar lo que recaudaran después. Luego, cobraban todo este dinero, o más, a los ciudadanos de su zona.

Por lo general, cobraban más de la cuenta, extorsionaban a los ciudadanos y declaraban solo parte de los ingresos obtenidos al estado. Por otra parte, al ser  judí­os que desempeñaban altos cargos debí­an estar en contacto con gentiles, con los conquistadores, y se les consideraba además de traidores, impuros. Por estas razones estaban excluidos de la sinagoga y discriminados socialmente.

Pero Mateo, como otros publicanos que nos presentan los evangelios, tenía una cosa muy clara: era un pecador y había experimentado que su dinero y su status no le daban la felicidad, descubriendo la necesidad de la compasión de Dios. Necesitaba dar un giro a su vida y su actitud era humilde. ¿En qué o quién  podía apoyarse si todos le rechazaban y le juzgaban?

En contraposición, el fariseo es rechazado en múltiples ocasiones por Jesús por su actitud. Por su auto-justificación escrupulosa. Se cree bueno, está orgulloso de su religiosidad, desprecia a los demás por no ser como él y exige a Dios

De ahí la cercanía y la ternura de Jesús hacia Mateo y sus amigos publicanos que comían con él, manifestadas en la respuesta: -No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Hoy, en nuestra sociedad, ¿quién es marginado y quién es excluido? ¿Por qué? 

¿Dónde estamos tú y yo? ¿Entre los juzgados que se sienten distintos y excluidos o entre los que juzgan y condenan a los demás precisamente porque son diferentes?

Pero si de algún modo te sientes pecador… enhorabuena porque por ti ha venido Jesucristo, que como a Mateo te quiere tal como eres y te elige para una misión. Sólo experimentando el amor incondicional de Dios puedes dar ese giro que tanto anhelas a tu vida insatisfactoria. Pero el que se cree sano, no necesita médico. Reflexionemos y aceptemos nuestra condición de pecadores sin culpabilizar a nadie. Sintamos como Dios perdona nuestros pecados y nos quiere rescatar de nuestra vida sin sentido. Viene a nuestra casa. Se sienta a nuestra mesa. Celebremos con Él y dejemos que cambie nuestra vida.

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