Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, noviembre 12, 2019
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Nadie canaliza mejor la vida en su propio provecho que aquel que sin excusas de mal perdedor encuentra su tiempo para adentrarse en la Palabra. A estos hombres se les aplica la profecía del salmista que dijo que todo lo que hacen les sale bien (Sl 1). Norma, no son ellos los que hacen, sino Dios que con su Palabra vive en sus almas.

Misericordia quiero y no sacrificios 
Por Manuel Ortuño

En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: “Sígueme.” Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: “¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús lo oyó y dijo: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.”


Qué curioso que ha habido a lo largo de la historia muchas personas que, como Mateo, al contacto con Jesús dejaron lo que tenían cerca, se levantaron y le siguieron.

Nosotros, que tenemos buenas intenciones, también queremos cambiar, transformarnos e ir detrás de la Verdad. Pero la realidad, al menos la de nuestro entorno, presenta sus complicaciones y no resulta evidente que podamos transformar nuestras vidas de repente. Nos enfrentamos así a algunas dificultades que frenan nuestra respuesta.

Quizá no se trate de falta de buena voluntad o de ausencia de confianza, sino simplemente que nos cuesta descubrirnos a nosotros mismos, a nuestra vida como “necesitada”. Pensamos que es posible entendernos a nosotros mismos como vulnerables. No queremos eludir nuestra responsabilidad, somos los responsables últimos de aquello que vamos construyendo o que dejamos de crear. Pero también vamos descubriendo que dependemos de otros que caminan a nuestro lado, que no siempre tenemos el mismo ritmo ni respondemos a la vida del mismo modo. Ni siquiera entendemos el evangelio desde la misma perspectiva. Sin embargo, necesitamos saber que somos “sostenidos”, que podemos apoyarnos y que podemos ser comprendidos. Esta experiencia nos permite comprender una verdad que también nos sostiene, que la presencia de Dios sigue tejiendo nuestras vidas. Es así como vamos haciendo camino, como podemos seguir sintiéndonos Iglesia y como soñamos con otras posibilidades de transformar nuestro seguimiento, personal y eclesialmente. Nos gusta soñar que el seguimiento de Jesús se convierta entre nosotros en misericordia que permita una vida de más posibilidades para todos.

Para llegar a Dios, que es nuestra Meta, Cristo es el camino. Pero Jesucristo está en la Cruz. Y para subir a la Cruz debemos desasirnos de todo aquello que nos sobra y nos retiene anclados a tierra. Despojarnos de todo lo que no sea Él. No hay más.

 

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