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Misión joven 

 

Testimonios de los Jóvenes

Plaza Isabel II Madrid mayo 2007

venid y lo veréis

La Iglesia, enviada por Cristo para manifestar y comunicar la caridad de Dios a todos los hombres y pueblos, sabe que le queda por hacer todavía una obra misional ingente. Pues los dos mil millones de hombres, cuyo número aumenta sin cesar, que se reúnen en grandes y determinados grupos con lazos estables de vida cultural, con ancestrales tradiciones religiosas, con los fuertes vínculos de las relaciones sociales, todavía nada o muy poco han oído del Evangelio; de los cuales unos siguen una de las grandes religiones, otros permanecen alejados del conocimiento del mismo Dios, otros niegan expresamente su existencia e incluso a veces lo combaten. La Iglesia, para poder ofrecer a todos el misterio de la salvación y la vida traída por Dios, debe introducirse en todos estos grupos con el mismo afecto con que Cristo se amoldó por su encarnación a las condiciones sociales y culturales concretas de los hombres con quienes convivió.

 

José

-Me pasaba la vida intentando que  los demás me quisieran. Cuando salía con los amigos era el que más bebía, el que más tonterías decía, el que más bufonadas hacía. Todo para que la gente dijera “mira éste”, para que se fijaran en mí. En la Iglesia escuché que Dios me ama como soy, ya  no tenía que actuar, que mostrarme distinto a como yo era.

 

Carlos

-Trabajaba como mecánico de coches, me  gustaba mucho, era lo único que me impulsaba a levantarme por las mañanas. Me dedicaba a ir de fiesta en fiesta. Pasaba la noche entera. Cerraba los bares. Por la mañana,  el sufrimiento era mayor. Dejé la Iglesia.  Aprendí deportes: esquiar, moto de agua. Viajaba. Pero era infeliz. Una noche pensé ¿adónde voy? Tengo 23 años y soy un amargado. Decidí volver a la Iglesia, recuperar aquella felicidad que había vivido de niño con mi familia cristiana. Allí me abrieron las puertas. Sólo  oí hablar del  amor y misericordia de Dios.

Un día me planteé el sacerdocio. Se me ocurrió presentarme en el seminario para saber si el Señor me llamaba a esto. No quería morir sin saberlo. “¿Tienes vocación?”, me preguntaron.“No sé”, les contesté. Allí he pasado los años más felices de mi vida. Saber por qué me levanto, para quién. Saber que hay alguien en el cielo que cuida de mi. Hoy siento con fuerza la llamada de Dios. Me ordenan el 5 de mayo en el estadio de la Casa de Campo.

Javier

-Mi familia no es cristiana. Yo no entendía para que estudiaba, para que vivía. Nada tenía sentido. Hace un año, el 30 de mayo, lo tenía todo planeado para suicidarme. Pero el Señor entró en mi vida. Escuché: Dios te ama como eres. Ésta es la frase que me transformó y cambió mi vida. Os digo que otro tipo de vida es posible.

 

Rebeca

-La felicidad no está en alcohol ni en el sexo ni en el dinero.

 

David

-Veo al Señor en mi vida, en mis sufrimientos y debilidades. A pesar de ellas, puedo ser feliz. Él me ayuda.

 

Pedro Pablo

-No puedo contar una historia impresionante. Simplemente, he visto que Cristo existe. He visto que mi vida no tenía  sentido; me preguntaba ¿para qué? ¿qué voy a hacer en el mundo?  Jesucristo me ha dicho: “me da igual que no triunfes, yo te voy a llenar el corazón, aunque tu historia te parezca una porquería”. Me levanto cada día sintiendo que Él está conmigo, pase lo que pase. Me  infunde paz. Yo te digo que si le buscas, le encuentras.

Todos estamos llamados a ser santos

Plaza Mayor Plaza Vazquez de Mella y

El Retiro Madrid mayo 2007

Piero

-Soy italiano, hace años que vivo en Madrid. Yo era una persona  incapaz de perdonar si alguien me hacia daño. Esto me hacía infeliz, me tenía muerto. Después me han anunciado que Cristo ha muerto y resucitado por mis pecados, que  Él me ha perdonado. Ahora puedo perdonar a los demás. Los viernes vamos por ahí con los amigos, pero esta noche quiero compartir una noticia, la mejor noticia, con los que nunca han podido escucharlo:¡ Jesucristo ha resucitado! Me brota una felicidad nueva. Sólo siendo cristianos podemos ser siempre modernos, nuevos.

 

Sara

-Lo que me hace feliz no es el dinero, sino  poder amar al otro: a mi enemigo, poder vivir un noviazgo cristiano y amar a los hijos que Dios me dé. He experimentado que la vida no la da el dinero, sino experimentar que Alguien ha dado la vida por mi.

 

Marina

-Tengo 19 años. Nací en una familia cristiana. Fui educada en esta Verdad. Siempre la he visto como una idea, una teoría, pero yo no veía nada diferente en mi vida. Yo quería que Dios me diese lo que yo esperaba: las mejores notas, los mejores amigos… pero Él nunca me ha dado las respuestas que yo esperaba. He estado en siete institutos y no he encajado en ninguno. Él ha destruido todas las ideas mediocres que yo me había hecho. Destruyendo mi vida, Él ha reconstruido mi vida. En Colonia (*), yo le pregunté ¿qué es lo que quieres de mi?¿…casada, soltera, monja?  Y Benedicto dijo: “Todos estamos llamados a ser santos”. Ahora sé que nuestra realidad es la mejor. Tenemos una misión para el mundo. Salgo aquí para dar gloria a Dios.

 

Javier y María

Van a casarse. El sábado 14 de abril están celebrando la Eucaristía. Es el día asignado a su parroquia para salir a hacer la misión joven en la plaza Vázquez de Mella. Los novios  y muchos de los que están allí no piensan ir; tienen sus despedidas de soltero/a  con sus respectivos amigos/as. Se decide a sorteo quiénes darán su experiencia en la calle. ¡María sale elegida! Ahora no puede hacer oídos sordos. Javier se levanta voluntario. No va a dejara sola. Se dirigen  a la plaza, ella, disfrazada de griega, según se había vestido para su fiesta en el restaurante. No hay nada más importante para ellos que dar testimonio de Jesucristo. Doscientos jóvenes bailan en corro y cantan las maravillas del Señor. La gente pasa, mira, algunos les increpan, muchos paran y graban con sus móviles la escena. El corro entorno a la cruz  se hace más amplio.

 

San Sebastián de los Reyes Madrid abril 2007

Son las cuatro de la tarde y hace un sol espléndido,  en este domingo de cuaresma de la estrenada primavera.

En la parroquia del barrio se reúnen jóvenes y mayores. El sacerdote don Estanislao va a proceder a hacer el envío para la “missio ad gentes” (misión a las gentes). Salen de dos en dos.

Pablo, 23 años y David, 21 deciden abordar a otros dos jóvenes en una de las zonas marginales del norte de Madrid. Éstos se encuentran sentados sobre el respaldo de un banco en un jardín de las afueras.

-Mira, David- dice Pablo, señalando a los chicos- ¿Te atreves?

-Sí, pero empiezas tú ¿eh?

Pablo y David, se aproximan despacio, titubeando, dando un rodeo mueven los labios en silencio. Hay tensión y miedo.

-¿Qué tal? – empieza Pablo-, queremos anunciaros una Buena Noticia.

-Sí – prosigue David-, venimos a deciros que existe alguien que os ama como sois. Ha muerto por nuestros pecados y ha resucitado. Ese alguien se llama Jesucristo.

Unos de los chicos, con un porro entre los labios, masculla:

-¿Qué os habéis  “tomao”, tíos?

Aquellos jóvenes tendrían la misma edad que David y Pablo, aunque aparentaban bastante más; sus ropas estaban sucias, su aspecto descuidado, los ojos hundidos, de mirada fugaz, delataban tristeza e infelicidad, que trataban de disfrazar con una cierta actitud bravucona.

-Si de verdad queréis saber lo que hemos tomado, venid y lo veréis -prosiguió Pablo-. Venimos de la parroquia, y allí en las catequesis y en nuestra familia hemos conocido a Jesús de Nazaret. Después lo hemos experimentado en nuestra vida. Nos saca de esas esclavitudes del cuerpo y por eso queremos compartirlo con vosotros.

-Mirad, “tíos” – farfulló el de la zamarra de cuero- aquí, lo único que vale es fumarte porros, encalomarte la pastilla, y el polvillo y pasártelo de p… madre con las tías. A propósito, si lleváis pasta, depositar la “guita” y dejaos de rollos- continuó el que llevaba una coleta y exhibía  el tatuaje de un dragón sobre el brazo.

Los jóvenes misioneros se habían aproximado más. Pablo hasta se había atrevido a poner un pie sobre el banco, pero por dentro se moría de miedo.

-Mira, – dijo David – yo tengo cinco euros; es todo mi capital, podemos invitaros a una caña o a un café.

-Dejaos de monsergas y soltad la “guita” – dijo el de la zamarra de cuero, al tiempo que se echaba la mano al bolsillo interior de la zamarra.

-Un momento- intervino con rapidez  Pablo, adivinando la actitud violenta del muchacho – estamos dispuestos a daros lo  que llevamos, pero queremos  que nos escuchéis- dijeron, al tiempo que depositaban sobre el banco los cigarrillos y las monedas de ambos.

-Vale, troncos- profirió el del tatuaje-, pero sólo un rato, tenemos cosas que hacer y no tenemos tiempo.

 

Una fuerza interior envalentonaba a los enviados. Ahora se sentían fuertes, valientes y libres. Pablo y David dieron sus testimonios. También ellos  habían sido esclavos del sexo y la droga que habían visto correr en el colegio y en las discotecas, pero un día… Se hizo el silencio, por un instante. David notó que ahora eran los otros los que ponían la vista en el suelo, o miraban hacia un lado, tratando de disimular su tensión.

 

venid y lo veréis

La Paloma Puerta de Toledo Madrid Mayo 2007

– Un día ¿qué?…, troncos.

– Un día nos encontramos con Jesucristo- dijo con fuerza David.

-“Amos”, venga, panoli – masculló el de la zamarra- no nos cuentes historias “ pa” no dormir. Y ¿quién es ese tío?…

– Lo tienes en el corazón. Es el único que os quiere tal como sois, y está sufriendo por vosotros, porque os oponéis a escucharle y conocerle.- dijo Pablo.

 

David y Pablo siguieron dando su testimonio, la experiencia  de su vida en toda su joven pero rica historia. Los chicos del banco guardaron silencio en actitud dubitativa. Después de algunos minutos, dijo uno de ellos:

– Mirad colegas, tenéis buen rollo, pero no me conocéis. Yo no he pisado una iglesia desde que era pequeño. Recuerdo que fui con mis padres y los abuelos. Entonces todavía vivían juntos, luego, se separaron, mis abuelos murieron y yo  tuve que buscarme la vida, me trincaron y me enchironaron y ahora, que estamos planeando un atraco para esta noche, me decís que ese Jesús me quiere-. Todavía estaba hablando, cuando le sonó el móvil. Pablo y David, sólo pudieron escuchar:

– Esta noche nos nos esperéis. Voy a ver a mi vieja. No sé lo que me pasa , tengo la cabeza como un “volao” y te aseguro que no es por el porro.

 

David y Pablo se despidieron:

– Venid y lo veréis. Nuestra parroquia está dos calles más abajo. Preguntad por don Estanislao, nuestro párroco, veréis que tío  más “enrrollao”.

 

Antes de doblar la esquina miraron hacia atrás; aquellos dos todavía seguían allí. Habían levantado los ojos del suelo y les acompañaban con la mirada. Pablo levantó la mano en señal de  despedida. Uno de ellos agitó la mano sin levantar el brazo.

 

 

 

 

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