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Misterios gozosos: El Nacimiento del Hijo de Dios en Belén 

La llegada del Dios hecho niño genera inquietud y molestias. Nadie le esperaba, ni siquiera el pueblo educado para ello. Por un lado, Herodes se llena de celos y de rencor y, desde el principio, comienza a planear su eliminación. Por otro, los habitantes de Belén, en aquellos momentos de bullicio generado por la orden de empadronamiento, no saben cómo quitarse de encima a aquella pareja que en un trance tan especial como es el del alumbramiento de la criatura que esperan, busca refugio, un techo donde cobijarse, cualquier cosa.

Así se produce la llegada del Emanuel, del Dios con nosotros. No puede haber mayor contraste en la actividad entre los habitantes del cielo y los de la tierra. Allá no hay más que carreras, todos los ojos están absortos en el acontecimiento que está a punto de producirse y que cambiará el curso de la historia y de la creación entera; los arcángeles de un lado para otro llevando mensajes, los serafines en formación junto con el resto de los ángeles y con sus cánticos ensayados a miles de voces, colocados en otras tantas e interminables filas, contienen la respiración… Mientras aquí, en la tierra, los hombres brujulean pendientes solamente de sus negocios, de sus intereses que nada ni nadie debe alterar.

Lo que no es pequeño rebosa de soberbia, y Dios se ha empeñado en sacarnos de ahí, de esa ciénaga en la que nos hundimos sin remedio. A mayor estiramiento del cuello, cuantos más manotazos damos al aire para ahuyentar al que nos estorba, más nos hundimos en la soberbia. Por esa razón Dios acontece sin aspaviento alguno, en lo más frágil, en un Niño recién nacido en el lugar más pequeño y profundo de la Tierra. ¿De qué mente pudo salir semejante proyecto? ¿Quién puede ponerle objeción alguna? Solo el Príncipe de las tinieblas.

En medio de la noche, el Sol —el auténtico Sol— irrumpe llenando de calor y de paz a aquellos hombres de buena voluntad que Dios ama. En medio de la noche rompe el estruendo del angélico coro, que con los ojos empapados en lágrimas prorrumpe en un divino “¡Gloria a Dios en el cielo!” y en esta tierra de nuestras miserias que desde hoy es lugar bendito porque Dios habita en ella. “El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande, habitaba en tierras y sombras de muerte, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián (…) Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz” (Is 9,1-4).

Fuera de la gruta, miles de ángeles recorren la tierra anunciando la llegada del Salvador, trompeteando el magnífico mensaje: ¡Paz en la tierra! El mensaje es el mismo, pero cambian los oídos que lo escuchan. Unos, los pequeños, los más pobres, los necesitados y los sabios lo acogen y se ponen en camino. Otros, los grandes, los más ricos, los acomodados y los necios aun con estudios, “teniendo ojos no ven, teniendo oídos no oyen” y afirmándose en su cerrazón, permanecen rígidos, endurecidos. Dichosos desde entonces en el mundo entero, los pies de los mensajeros que recorren la tierra anunciando la paz, evangelizando.

Mientras, José y María contemplan atónitos el acontecimiento que les ha congregado en una misión común que los supera. Se miran, rezan, bendicen y se turnan en larguísimas horas de adoración, contemplando a Aquel que duerme tranquilo porque Dios es su Padre.

Enrique Solana

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