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Moderar el carácter 

Articulo de: Rebeca Reynaud y enviado por Marta Morales

Cuando el egoísmo toma posesión de una persona, se bloquea toda posibilidad de virtud y al contrario, cuando hay generosidad hay un ensanchamiento del alma. “La ausencia de la humildad como la de la castidad apuntan a una desintegración del carácter” (Carlos Llano).

El carácter es una estructura virtuosa. Pero toda virtud implica autodominio. Y ¿cómo se nota que falta autodominio? Cuando “explotamos”, contestamos mal o rezongamos. ¿Qué es rezongar? El Diccionario de la Lengua Española dice que rezongar es gruñir, refunfuñar a lo que se manda, ejecutándolo de mala gana. Ya se sabe que nacemos con un temperamento, y que el carácter es ese mismo temperamento pero educado. Cuando nos enojamos sin gran motivo, nos falta carácter. Es una pena reconocer que nuestro tiempo ha perdido el señorío de sí mismo.

El Libro del Eclesiástico o Sirácide dice: “Por ningún motivo te enfurezcas con tu prójimo, ni emprendas nada llevado de la ira” (10,6). Y añade: “No fue creada la soberbia para los hombres, ni el furor de la ira para los nacidos de mujer” (Sirácide 10,22). Por tanto, hay que moderar el carácter.

Piedras del edificio eterno, es un libro del Padre Pío, donde toma una imagen de los Santos Padres, dice: Toda alma destinada a la gloria eterna puede ser considerada una piedra constituida para levantar un edificio eterno. El constructor pule lo mejor posible las piedras… Lo consigue con el martillo y el cincel. Si el alma quiere reinar con Cristo, ha ser pulida con golpes de martillo y de cincel, que el Artífice divino usa para preparar las piedras. ¿Cuáles son esos golpes? Las oscuridades, las tentaciones, las tristezas del espíritu, los miedos espirituales, que tienen un cierto olor a enfermedad, y las molestias del cuerpo.

Muchos problemas se resuelven con una sonrisa, y muchos problemas se evitan con el silencio.

Heráclito de Efeso escribió: Hay que mostrar mayor rapidez en calmar un resentimiento que en apagar un incendio, porque las consecuencias del primero son infinitamente más peligrosas que los resultados del último; el incendio finaliza abrazando algunas casas a lo más, mientras que el resentimiento puede causar guerras crueles con la ruina y destrucción total de los pueblos.

Relataré una anécdota sobre San Juan de la Cruz. Pocos años antes de su muerte, su hermano Francisco pasó unos días con él, y Juan le dijo: Quiero contaros una cosa que me sucedió con Nuestro Señor. Teníamos un crucifijo en el convento, y estando yo un día delante de él, parecióme estaría más decentemente en la iglesia, y con deseo de que no sólo los religiosos le reverenciasen, sino también los de fuera, hícelo como me había parecido. Después de tenerle en la iglesia puesto lo más decentemente que yo pude, estando un día en oración delante de él, me dijo: Fray Juan, pídeme lo que quisieres, que yo te lo concederé por este servicio que me has hecho. Yo le dije: Señor, lo que quiero que me deis es trabajos que padecer por vos y que sea yo menospreciado y tenido en poco. Esto pedí a nuestro Señor, y su Majestad lo ha trocado, de suerte que antes tengo pena de la mucha honra que me hacen tan sin merecerla[1].

Como fue en la vida así fue en la muerte. “Sus pies descalzos, que pisaron sólo espinas, hicieron florecer su camino en pos de él; y sus labios que gustaron tantas hieles, no exhalaron más que poesía”[2].

Escribe Maria Simma: El Evangelio no promete una vida sin Cruz. “El Evangelio sin la Cruz pertenece al Cielo, el sufrimiento sin el Evangelio pertenece al Infierno, el Evangelio con la Cruz es propio de la tierra. Con la Cruz del sufrimiento ayudamos a Nuestro Señor a salvar almas” (Ayúdenos a salir de aquí, p. 221s).

En donde hay viñas, las suelen podar cada año, para que la vid dé frutos. Cuando no se tiene el coraje para podar sólo crecen hojas. “Cuando nos creemos dueños de nosotros mismos y con poder para juzgarlo todo, nos destruimos. Porque no estamos en una isla con nuestro propio yo, no nos hemos creado a nosotros mismos; hemos sido creados y creados para el amor, para la entrega, para la renuncia, sabiendo negarnos a nosotros mismos. Sólo si nos damos, sólo si perdemos la propia vida –como dijera Cristo- tendremos vida”. Cuando el hombre se deja podar, es cuando puede madurar y dar fruto (Cardenal Ratzinger, La sal de la tierra, p. 179).

[1] Ms. 12738 fol. 615 (Declaración de Francisco de Yepes), en Crisógono de Jesús, Biografía, en Obras de San Juan de la Cruz, La Editorial Católica, Madrid 1974.

[2] Gabriel de la Mora, Prólogo a Obras completas de San Juan de la Cruz, Porrúa, México 1989, pág. XIX.

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