Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, agosto 13, 2020
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Monasterio de la Conversión 

El Monasterio de la Conversión se alza en pleno monte de la localidad abulense de Sotillo de la Adrada. Allí, en una casa todavía en construcción conviven las hermanas de la Comunidad de la Conversión, un nuevo carisma agustino surgido apenas hace 13 años en el marco de la Nueva Evangelización. Jesucristo es el cimiento de su fe y de su vida cotidiana, por eso desean ofrecerlo a todo hombre a través de un encuentro personal y comunitario con esta presencia. La Comunidad es una hoguera encendida en medio del monte, que difunde luz y calor. Las hermanas están llenas de Dios y quieren darlo sin medida. Desde una vida sencilla y alegre, siguiendo los consejos evangélicos de castidad, pobreza y alabanza, permanecen fieles al amor de Cristo y de su Iglesia. Son un cauce por el que Dios pasa a través de ellas. La sociedad de nuestros días atraviesa un desierto espiritual donde el progreso y el bienestar no cumplen las expectativas de felicidad del ser humano, que sigue demandando felicidad, amor y esperanza. La Madre Prado, sensible ante esta carencia, sintió la llamada para llevar a cabo un nuevo carisma en la Orden Agustina. «El hombre se entiende en tanto en cuanto está cerca de Dios; si se aleja, deja de ser hombre. De ahí partimos nosotras, de la comunión y la conversión a Dios. “Que todos sean uno (comunión). Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea (conversión) que tú me has enviado”». (Jn 17, 21)

“un solo corazón y una sola alma”

Para conocer bien la Comunidad de la Conversión necesitamos adentrarnos en la Orden Agustina ya que, como señala la superiora, «seguimos siendo agustinas. Somos como un brote verde que surge del tronco añoso en la primavera». Comenzaremos pues por un pequeño esbozo de esta:

Se trata de una de las órdenes mendicantes nacidas en el siglo XI y XII en la Edad Media. La primera orden mendicante fue la franciscana, a las que se unieron los carmelitas, dominicos y agustinos. Posteriormente se le añadieron los mercedarios, los trinitarios, los servitas, los jerónimos y los hermanos de San Juan de Dios. Todos ellos provocaron una gran revolución en el panorama histórico de la Iglesia y de la sociedad, ya que hasta entonces solo existían las órdenes monásticas (benedictinos y cistercienses) y, anteriormente a estas, los eremitas, aquellos que al consagrarse se retiraban al desierto.

Remontándonos en el tiempo, en el siglo V un grupo de eremitas solicitan al Papa vivir en cenobios —comunidades— en torno a una vida en común, pero manteniendo el silencio y el trabajo solitario. De este grupo cenobita parte toda la vida monástica, con estructura feudal y bajo la organización de un “abbas” (padre) vitalicio. Sin embargo, en el siglo XI y XII comienza una novedad en la historia de la Iglesia: los consagrados ya no van a vivir aislados en las montañas o en los valles, sino en la urbe. El feudalismo comienza a tambalearse. Se introducen nuevas ideas y conceptos, como el de un mundo entre iguales. Los estamentos sociales se van aproximando. Y precisamente es en este nuevo quicio social e histórico cuando el Espíritu Santo suscita este nuevo carisma. En las órdenes mendicantes se rompe el criterio vertical de gobierno para pasar al criterio horizontal: al responsable de la comunidad ya no se le llama “abba” (padre) sino “prior”, es decir “primus inter pares” (primero entre iguales). El mismo nombre de mendicante pone de manifiesto que entienden la pobreza como un servir y no como un ser servidos.

Entre los años 1244 y 1256 aparecen los agustinos. «Surgen en pleno proceso de ruptura con el sistema feudal de señorío, pero al mismo tiempo abrazan la continuidad con la liturgia, la Palabra de Dios y la formación. A la que añaden como novedad la predicación y el apostolado», explica la Madre Prado.

El germen de la Orden Agustina comienza con el deseo de tres eremitas que desean ser cenobitas y el Papa Gregorio IV les ofrece todo el patrimonio agustiniano: Regla, costumbres, filosofía, teología y antropología, pero entroncada con la nueva espiritualidad mendicante. Lo que se traduce en oración, silencio y estudio. «Nosotros no tenemos un fundador sino un padre espiritual», apunta Madre Prado. De él extraerán el gusto por el estudio y la formación, tan esencial en los agustinos, al igual que la pobreza en los franciscanos, la predicación en los benedictinos y la oración en los carmelitas. No obstante, junto a la formación, su carisma también está enfocado a la cura de almas mediante los sacramentos, la predicación, la acogida y la cordialidad. No en vano su lema es “un solo corazón y una sola alma”.

«Para nosotras es muy importante el estudio, pero no para ponerse por encima sino para fascinarnos por la grandeza y el misterio de aquel que contemplamos. La humildad es andar en la verdad, que decía Santa Teresa de Jesús, por eso nuestro estudio es sapiencial; está ligado a la Palabra de Dios, a la vida de oración…», expresa la Hermana Carolina.

 

tierra buena que da fruto

La Madre Prado tiene 55 años y es de Talavera de la Reina. «A los 14 años mi despertar religioso coincidió con el cultural, artístico, humanístico… Era como si hubiera vivido en un cuarto a media luz y de repente me abren un portón que no tiene dintel; ¡por donde yo quisiera mirar todo era una maravilla! A los 20 años dejo todo —carrera, novio, proyectos— y me meto a monja en la comunidad de mi colegio de Talavera. Termino la carrera de Filología Hispánica y soy profesora. ¡Me encantaba la gente joven! Tenía una inquietud por llevar a los hijos hasta el Padre. Pero después de ocho años felices empiezo a sentir una llamada muy fuerte hacia la predicación. Me sobraba explicar quién era Camilo José Cela —aunque lo utilizara como un instrumento para transmitir la fe— pues sentía la necesidad de dedicar la vida a reconstruir el ser humano y acercarle con ternura y con pasión a Dios. Con mucha oración discierno esa llamada clara a dedicar la vida a la comunión y conversión de los hombres y esta va creciendo. Hasta que un buen día lo expongo».

«La comunidad consideró que, puesto que ese no era su vocación originaria, era mejor que yo siguiera mi discernimiento personal fuera de la comunidad. Mi sorpresa fue que levantan la mano 6 hermanas y me dicen: “Es un proyecto precioso, por favor, acepta que estemos”. De ellas, solo tres me pudieron acompañar al principio, pues las otras eran profesas temporales. Cuando al entonces obispo de Palencia y actualmente obispo de Orihuela-Alicante, D. Rafael Palmero, le cuento con detalle mi proyecto, me contesta: “Veníos a Palencia”. Allí en una casita prestada en San Andrés del Arroyo comenzamos nuestra sencilla vida dedicada al silencio, la oración y la escucha del Espíritu Santo. A los tres meses nos trasladamos a Becerril de Campos, también en Palencia. De esto han pasado ya trece años».

 

vive mi tesoro hallado, vive mi roca

En estos años la comunidad se ha visto aumentada en 23 hermanas más, de diferentes nacionalidades y edades, oscilando entre los 55 años de la madre superiora y los 22 de la más joven. A los pocos años les sugirieron formalizar su situación jurídica. «Como queríamos seguir siendo agustinas, una comunidad de clausura de la Orden en Lecceto, cerca de Siena (Italia), con clausura papal, nos acoge en Roma durante unos meses. Ellas son las que nos fundan y la Iglesia nos reconoce. A los pocos años pedimos la erección monástica y la autonomía jurídica, con lo que ya somos independientes».

Con Jesucristo viven felices y confiadas, sin miedo al futuro o a la precariedad. «El Señor nos dio mucha luz y coraje en los primeros momentos. La fe dota al hombre de un peso específico, como en los minerales, que le hace convertirse en un tentetieso con plomo abajo. La vida le golpea y le tumba pero vuelve a levantarse. A nosotras la soledad y la precariedad nos hicieron abandonarnos en la Providencia de Dios. El demonio jugaba la baza del desánimo. Si no hubiese sido obra del Espíritu Santo lo hubiésemos abandonado en mil momentos, pero desde la esperanza, la alegría y el cariño mutuo seguíamos. Dios estaba detrás y no había dificultad que nos tumbara. Empezamos a organizar encuentros de oración, catequesis y la gente respondía», cuenta la superiora.

 

que todos sean uno

Llama la atención que un itinerario tan espiritual como es el del Camino de Santiago, solo el 20% lo realicen por cuestiones religiosas y el restante 80% por otras motivaciones culturales o humanistas, como crecimiento personal, esoterismo, etc. Por eso, cuando surgió la posibilidad de crear una vía de evangelización para la conversión y el crecimiento en la fe de los peregrinos del Camino de Santiago que pasaban por Carrión de los Condes, la Comunidad de la Conversión no lo dudó ni un momento. «Nos prestaron una casa. Es un lugar privilegiado de evangelización porque al peregrino se le van cayendo todas las caretas por el cansancio, la soledad, que le hace más vulnerable ante una experiencia religiosa. Para nosotros el Camino de Santiago es un lugar teológico y teofánico, donde Dios se hace presente; por eso queremos devolverle lo que es. Así como en Roma está presente la fe jerárquica —en Pedro— y en Jerusalén la fe en el Señor, en el Camino de Santiago se hace palpable la fe apostólica».

Estas hermanas se saben meros instrumentos de Dios para testimoniar la misión salvífica de Cristo a tantos hombres y mujeres como pasan por allí, aunque a muchos no los vuelvan a ver. «Lo nuestro es un irrumpir en el mundo casi siempre de la increencia y provocar la fe siendo una presencia de Dios. Los peregrinos no se esperan esta acogida. Para nosotras es el mismo Jesús que viene pero tenemos las horas contadas; hay que hablarles de Dios desde lo gestos, la acogida, el amor. A partir de las 18:00 horas tenemos un encuentro musical, hacemos la bendición del peregrino y la entrega de una estrella, como signo de la Comunidad por ser símbolo de Jesús, el lucero del alba, y de María, estrella de la nueva evangelización. También simboliza la promesa hecha a Abraham de ver su descendencia multiplicada. A partir de aquí, al que quiera le invitamos al rezo de Vísperas y a la Eucaristía. Al terminar ofrecemos una cena en común y la bendición, el mensaje y la estrella para los que antes no la han recibido».

en el gozo y el dolor soy de Dios

La Hermana Carolina, con 34 años y también natural de Talavera de la Reina, es la maestra de novicias. «A los 15 años, cuando al volver de una tarde de viernes que esperaba fuera muy especial, se quedaba en nada, comencé a plantearme los grandes interrogantes. En medio de esta crisis me iba a una iglesia cerca de mi casa, me sentaba y me pasaba largos ratos delante del Sagrario. Se convirtió en el momento más importante del día porque me di cuenta que alguien allí me esperaba. Quería ser arquitecto, tenía un montón de planes… pero lo único que me llenaba era Su presencia. Un día al contarle a un sacerdote lo que me pasaba me dijo: “Carolina, a lo mejor Dios te quiere para Él. ¿Y qué es eso?, le dije. Pues ser religiosa”. De repente, todo me encajó. Y con 16 años entré de monja en mi colegio. Me costó adaptarme pero siempre el encuentro profundo de Dios en la oración ha sostenido mis pasos»

Nos desvela la Hermana Carolina que ella fue una de las cuatro religiosas que se identificaron con el proyecto de la Madre Prado. «Tenía 20 años y al oírlo dije en mi interior: “Yo soy eso”. Ella había expresado lo que yo tenía en mi corazón. Sin embargo, al ser profesa temporal, tuve que esperar».

 

Señor mío y Dios mío, soy para ti

Sobre el discernimiento en la vocación, reconoce la maestra de novicias que la suya es una misión de mucha responsabilidad con las siete hermanas de votos temporales. «El Señor sabe mis límites no solo personales —sostiene la Hermana Carolina— sino de tiempo, de sabiduría del espíritu. Yo intento dar todo lo mío y Él suple las carencias. La vocación no es una moneda que nos dan o nos quitan. ¡Es una historia de amor! ».

Y como tal necesita de cuidados para mantenerla. «He visto ensuciar ese talento. Es muy triste pero puede suceder por miedo a que la espiga tenga que morir para dar fruto, por la libertad, porque verdaderamente no se puede servir a Dios y al dinero… También he visto vocaciones que no se daba un duro por ellas y han crecido y crecido hasta hacerse un árbol frondoso. ¡Es un misterio! En la vida cristiana en general, no solo en la consagrada, hay que darlo todo sin reservas, y decir “solo Dios”. Y Él lo devuelve todo. En mi vida hay muchas cosas que no me son debidas ya que he renunciado a ellas y sin embargo, la sobreabundancia de Dios me las regala: amistad, apoyos… Es verdad que Dios da el ciento por uno, pero hay que estar dispuesto a quedarse desnudo».

«El ser humano es un ser llamado, traído a la vida por Dios. Por eso, puede ser aquí o allá, pero siempre tiene una misión. A nosotras, en este desposorio con el Señor, Él nos hace fecundas. De tal manera que nos pone en las manos y en el corazón, ante los ojos y en las espaldas, delante y detrás a personas para acompañar en la fe», apostilla la Madre Prado.

 

“escucha hija, mira: inclina el oído…”

La Hermana Francis es la pintora de la Comunidad y natural de Málaga. «Mi padre me enseñó el catecismo sentada en sus rodillas, pero en la adolescencia no solo perdí la fe sino que iba en contra de la Iglesia. Dios me dio una vena artística —aunque no creía que venía de Él— y me dediqué a buscar por ahí la felicidad. Me pasaron muchas cosas, entre ellas un accidente de tráfico que me hizo perder el sentido de la vida. Pero como había comido tanta basura decidí volver a la Casa de mi Padre, como el hijo pródigo. Estando yo con la escayola y mis padres hospitalizados me invitaron a hacer las catequesis del Camino Neocatecumenal. Tenía 18 años y sentí por primera vez que la historia del pueblo de Israel, sus vueltas, sus protestas, tenían mucho que ver conmigo. Estuve poco de tiempo porque entré en una Escuela de Arte y ahí me sentía como el rey Sol. Pasaron tres años y volví de nuevo a la comunidad neocatecumenal. Me quedé “flaseada” viendo a Cristo crucificado. Todos los momentos de mi vida que me habían resultado vomitivos cobraban sentido y además, precisamente en ellos había sido aún más amada por Dios. Esta explosión fue el detonante. Pero lo mío no ha sido una llamada tardía, sino una respuesta tardía. A los 24 años yo ya sentía algo, pero hasta los 42 no ingresé de monja».

«La pintura y el Señor seguían en mí dos caminos paralelos. Me dediqué a la publicidad y a pintar cuadros por encargo. A los 41 años me matriculé en Bellas Artes e hice el primer curso. Mi último trabajo como era libre de tema y técnica, fue el costado de Cristo, mediante símbolos de pecado y de redención. Estaba en una de las facultades más modernas de España pero no me importó expresar lo que sentía. ¡Me dieron matrícula de honor! El lunes me matriculé de segundo curso y el jueves conocí a esta comunidad. Ahí acabó mi carrera. Todo empezó cuando el fin de semana anterior me fui con una amiga a Palencia y me llamó la atención el Monasterio de la Conversión de Carrión de los Condes. Aunque no llegamos a entrar. El jueves llamé por teléfono, me contaron un poco y ese mismo día me puse en camino hasta Palencia. ¡Ni mis padres sabían adónde iba! Cogí el tren siendo consciente que me escapaba por una salida secreta, como la que va a reunirse con el novio. Llegué de noche pero al día siguiente, viendo a las hermanas, dije: “He encontrado mi casa”. Al mes ingresé en el monasterio y en abril de este año he hecho los votos temporales».

 

“mirarán al que traspasaron”

En la capilla, llamada de la Creación, la contemplación de dos grandes pinturas —la de Cristo Crucificado y la de María, la Nueva Eva—, ayudan al recogimiento a través de la belleza y la riqueza de su simbología. «Falta la del Resucitado. Necesito más oración para pintarlo», reconoce la hermana pintora. «El único sitio donde Cristo ha reclinado la cabeza es en la cruz, en la voluntad del Padre. Por eso he querido expresar la felicidad y el descanso de quien todo lo ha cumplido. Sus manos están colocadas para abrazar a todo el que llega a esta casa. El dorado simboliza que la cruz es un trono de gloria».

Aunque la Comunidad descansa en la advocación mariana de la Virgen del Buen Consejo, Nuestra Señora de la Vida, imagen de la virgen encinta, es muy apreciada. «María nos trae esta semilla que viene de Dios Padre, el Sol que nace de lo alto. Ella es mediadora entre el cielo y la tierra, como su Hijo, por eso el suelo está lleno de espigas y con el pie pisa la serpiente, que es la muerte. Su manto es rojo, signo de su realeza».

creer es confiar

Su sustento procede de la bondad del Señor, de los trabajos artesanos y de gráficas, y de los donativos de cada encuentro de oración, catequéticos, de teología, etc. que celebran durante los fines de semana. «Tenemos lo justo para vivir —nos cuenta la Madre Prado— aunque con austeridad. Una vez le dije a una Hermanita del Cordero que hacía tiempo que no veía: “¿Pero cómo te has puesto así de gorda? ¡Madre, no sabe usted lo que engorda la Providencia!”, me contestó».

La Hermana Carmen Rodrigo, nacida en Segurilla (Toledo), tiene 52 años y es una de las siete fundadoras. «Vivimos muy especialmente en nuestro carisma la fraternidad como una exigencia de vida. No podemos ponernos de cara a Dios en la oración si la relación con el prójimo no está en orden».

La Hermana Mónica es de Madrid. «Vivía como una joven de mi tiempo. Estudié Administración y Dirección de Empresas y al acabar comencé a trabajar en un Banco. Cuando parecía que lo había alcanzado todo sentí que la vida era algo más que acumular cosas. Como el trabajo era estresante me apunté con unos amigos al Camino de Santiago, para así, desde el silencio y el recogimiento, descubrir hacia dónde dirigir mi vida. Cuando conocí a las hermanas me llamó la atención que eran mujeres enamoradas de Cristo. Pasaron los meses y los catequistas de la parroquia organizaron una convivencia en Becerril con estas mismas hermanas. Cuando la Madre Prado dijo en una charla: “¿Hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?” me sentí aludida. Ahí descubrí que la felicidad para mí pasaba por encontrarme con Dios. Al principio, por mi trabajo en el Banco tenía tan metidos en la cabeza los parámetros de ser el mejor, que vivía en la exigencia de dar la talla. Precisamente la vocación es todo lo contrario. Jesús es el primero que se pone a servir y a lavar los pies, ¡y todo por amor!».

os reuniré de entre las naciones

Son varias las que proceden de otros países, como es el caso de la Hermana Erika, de  Hungría o de la Hermana Susana, de Perú. En el caso de la primera, fue el Camino de Santiago el nexo de unión con la Comunidad de la Conversión. «Soy filóloga y fue la literatura española medievalista la que me atrajo. Quise hacer el Camino de Santiago porque, aunque no era ajena a la motivación religiosa, sentía aprecio por la cultura medieval española. La experiencia de Dios fue tan importante que me hice hospitalaria voluntaria. Me aconsejaron que conociera a las agustinas de Carrión de los Condes. Con ellas descubrí que esta era la vida para la que el Señor me había preparado desde siempre».

La Hermana Susana cuenta cómo se resistió a la vocación al principio, asustada por la elección de Dios hacia ella. Finalmente cedió y su temor se convirtió en alegría. «A los 15 años, cuando me preparaba para la Confirmación, tuve un encuentro fuerte con el Señor, que me cambió el corazón; comenzó a ser el amigo fiel en quien confiar. Cuando iba a acabar los estudios en el colegio le pregunté qué quería de mí en esta nueva etapa, pero no me respondió de un día para otro. Una mañana, cuando menos lo esperaba, sentí cómo en la oración me pedía que fuera como Él. Eso me desbordó e inmediatamente le contesté: “¡Estás loco! Yo no puedo”. Y salí asustada de la capilla. Volví más tarde para celebrar la Misa y en la lectura del Evangelio escucho: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando… soy yo quien os ha elegido”. El corazón se me estremeció de nuevo. Hice una experiencia con las Misioneras de la Caridad que me encantó, pero sentí que me faltaba el estudio y la vida comunitaria. Para mí los pobres no solo son los faltos de recursos, también la pobreza está en no conocer a Dios. Me hablaron de esta comunidad de España pero seguí resistiéndome. A los 20 años me rendí y decidí venir».

La Hermana Mª del Prado también fue alumna del colegio de las agustinas de Talavera de la reina. «Soy hija de emigrantes españoles a Alemania. Cuando tenía 5 años y mi hermana 4 mis padres decidieron que nos educáramos en España con mis abuelos. Al poco mi abuela murió y nos internaron en este colegio. El primer encuentro que recuerdo con la trascendencia fue al mirar cómo vivían y rezaban las hermanas. A los 9 años, jugando con las amigas a imaginar cómo seríamos de mayor les dije que me imaginaba casada, pero sentí que en mi interior Dios me decía: “Tú serás como las hermanas”. Esto lo metí en un cofre y guardé la llave. Llegó la adolescencia y me encantaba estrujar la vida, pero no entendía cómo lo que a mis amigas les encantaba a mí me llenaba de tristeza e insatisfacción. Una Navidad mirando el Nacimiento de figuritas del belén sentí que ahí estaba la clave. ¡Y abrí la llave del cofre que había cerrado a los 9 años! Lo hablé con las hermanas del colegio y, como tenía 15 años, me aconsejaron madurarlo. A los 19 años la certeza era absoluta».

La Hermana Lucía, de 22 años, es de Alcalá de Henares y la más joven de todas. «Fui a las catequesis de Primera Comunión obligada pero ese día me puse a llorar porque era consciente de que iba a hacer algo grande, especial y verdadero. Este sentimiento se quedó relegado hasta las catequesis de Confirmación. Yo sabía que Dios estaba pero no sabía dónde. Un día, cansada de buscarle, le dije: “Señor, si existes, házmelo saber”, y rezando el padrenuestro me confirmó que estaba ahí. Todo cambió. Dejé de ser tan peleona y comencé a tener un espíritu más abierto. Mi padre sufrió un infarto cerebral y a mis 15 años se me hundió el mundo. Esto abrió ante mí la disyuntiva de tomármelo desde la Cruz o desde mi propia vida. Decidí agarrarme fuerte a la Cruz. Con el grupo de la parroquia me marché a pasar un fin de semana a la casa de la Comunidad en Becerril de Campos. Cuando abrí la puerta de la capilla y me encontré con el rezo de las hermanas, sentí que Dios me decía: “Aquí tienes que hacer tu vida”. Comencé a llorar y no paré hasta la noche. ¡Esto era tan grande y yo tan pequeña! Seguí con mi vida normal pero en mi corazón se mantenía la llamada. A los 18 años entré».

Victoria Serrano Blanes
Periodista 

4 Respuestas a Monasterio de la Conversión

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  2. conchita vela

    Transparentais a Dios y haceis que nos acerquemos a El.Vuestra alegría, sinceridad, profundeza contagia mi alma.

    Gracias por vuestra generosidad. Sois esperanza para el mundo.

    Las charlas cuaresmales que estais dando en la parroquia Santa María de la Esperanza…¡un gozo!

     
  3. Larissa

    Por qué llevan vestidos de tantos colores?

     
  4. Luis Angel

    Bendito sea Dios que sale cada día al encuentro del hombre. Benditas sus criaturas que nos hablan de su desbordado amor, que solo espera ser reconocido y compartido.
    Unidos.

     

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