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Monasterios de Suso y Yuso en San Millán de la Cogolla (La Rioja), agustinos recoletos 

Quiero cantar que Tú estás vivo

En un marco tan singular como es el valle de San Millán de la Cogolla, se encuentra uno de los conjuntos monumentales más bellos de la Rioja. Son los monasterios de Suso (arriba) y Yuso (abajo), testigos de los numerosos avatares en los que fe y cultura entrelazan las dimensiones de la historia. Desde hace más de un siglo son los agustinos recoletos quienes han dado nuevo vigor a este enclave a través de su capacidad de amar y de servir.

El primero de ellos es uno de los monasterios más antiguos de España, fundado por San Millán (Berceo, 473), un humilde pastor al que un ángel le invita a entregar su vida a Dios. Se ordena sacerdote, pero al final de su vida se recluye junto con otros monjes en las cuevas de Suso. Atraídos por su fama de santidad, son muchos los peregrinos que se acercan en busca de consejo. Una vez fallecido, su notoriedad aumenta y los fieles siguen acudiendo al monasterio para venerar sus reliquias, convirtiéndose en un precedente del Camino de Santiago, ya que en este tiempo todavía no había sido descubierta la tumba del apóstol.

En el siglo XI aparecen las primeras órdenes religiosas. Los monjes benedictinos se instalan en Suso, pero deciden ampliarlo y optan por construir uno nuevo en el valle, llevándose consigo los restos de san Millán. Para este fin construyen una arqueta con las mismas proporciones que el Arca de la Alianza reflejada en la Biblia, y revestida de láminas de marfil, en las que, para ilustrar a los peregrinos que no saben leer ni escribir, se tallan episodios de la vida del santo. Conviene resaltar que cada movimiento de estas reliquias ha sido fielmente registrado en acta notarial, lo que significa que corresponden sin ninguna duda a San Millán.

Cuenta la tradición que en el año 1053, García Sánchez III, rey de Navarra, en contra de la voluntad de los monjes, quiso llevarse las reliquias para el Monasterio de Santa María la Real de Nájera. Sin embargo, al pasar por el valle, los bueyes que tiraban del carro con la arqueta se detuvieron y fue imposible hacer que retomaran el camino. El monarca entendió que el santo no deseaba ser trasladado, por lo que mandó construir en este preciso lugar el pequeño monasterio románico de San Millán de Yuso. Cinco siglos después, a principios del siglo XVI, entre el Gótico y el Renacimiento, los benedictinos lo derriban y construyen otro, el mismo que apreciamos hoy cuando llegamos a San Millán de la Cogolla.

Este se convirtió en una de las abadías benedictinas más relevantes del norte de España. Desde el año 1878 son los agustinos recoletos quienes han hecho de él una casa de espiritualidad y formación, que continúa en el presente. Pero hasta entonces han transcurrido interesantes episodios de la historia de la Iglesia en España. Prosigamos con los antecedentes.

Omnipotente, Altísimo, bondadoso Señor…

En la época de máximo esplendor del monasterio (s. XVI al XVIII) la abadía de Yuso llegó a albergar a más de ciento veinte monjes. De ahí que alrededor de ella se desarrollara toda una estructura de vida: industria, comercios, agricultura y ganadería, oficios y gremios, etc. Es de justicia reconocer las muchas contribuciones al desarrollo artístico, cultural, técnico y científico de la humanidad por parte de los monjes. En el caso concreto de Yuso una enseñanzas legada es la utilización del alabastro en los suelos, dadas sus excelentes propiedades como regulador térmico. Prueba de ello es que ninguno de los lienzos y frescos de la sacristía han necesitado restauración a pesar de que han transcurrido más de tres siglos.

La iglesia monacal está orientada hacia el este, es decir, hacia Tierra Santa y es a su vez iglesia parroquial. En ella destacan el monumental púlpito de nogal negro —perteneciente a la escuela escultórica de Alonso Berruguete, la mejor escuela renacentista castellana de este tiempo— y el impresionante retablo mayor, obra del pintor madrileño Fray Juan Ricci, en cuyo lienzo central aparece San Millán representado como era interpretado en las leyendas que sobre él circulaban en la Edad Media. En ellas, al igual que ocurrió con el apóstol Santiago, se decía que el santo se había aparecido siglos después de su muerte a lomos de un caballo en diferentes batallas de la Reconquista, ayudando a los reinos cristianos a expulsar a los moros, lo que le hizo merecer el título de primer protector del Reino de Castilla, del de Navarra y de parte del de Aragón —preliminares de la futura España—.

Curiosamente, el santo nunca perteneció a la orden benedictina ni a ninguna otra, puesto que en el tiempo en el que vive (año 473-574) los que deseaban consagrar su vida a Dios vivían en comunidad (cenobios), rigiéndose por una serie de preceptos, pero sin llegar a establecerse como orden religiosa. Sin embargo, al llegar los benedictinos al valle en el siglo XI, se apropian de la imagen del santo, representándolo con su hábito, una cruz en el pecho y una espada en forma de llama en la mano.

El coro es otra pieza que merece ser resaltada de la iglesia. Aparte de la belleza de la sillería encontramos en ella una peculiaridad del coro benedictino. Dado el conocido “ora et labora” de la Regla de San Benito, cada dos horas de trabajo los monjes acudían al templo para entonar cantos de alabanza a Dios. De ahí que añadieran a cada asiento una “misericordia”, así llamado al apéndice de madera que sobresalía en cada uno y que les permitía apoyarse en él y descansar, sin necesidad de estar sentados, de manera que la voz se emitía más pura al no oprimir el diafragma.

En cuanto al refectorio, su mobiliario data del siglo XVI y está compuesto por catorce mesas de madera dispuestas en forma de U. En este lugar recomponían el cuerpo y también el alma a través de la lectura espiritual. Así, mientras tenía lugar la comida, un novicio subía al púlpito y leía. Antes de comenzar, al lector le colocaban un anillo del que pendía un hilo. Si cometía un fallo o no pronunciaba correctamente el latín, el maestro tiraba del hilo y el novicio comprendía que debía repetir la palabra.

la paz nace de la humildad

Llega el siglo XIX y con él el anticlericalismo. Tras siglos de bonanza, la tranquilidad monacal se ve interrumpida por el asalto en 1809 de las tropas de Napoleón. Avisada previamente, la comunidad huye, con lo que al llegar los asaltantes no encuentran resistencia alguna, y entre lámparas, cálices y patenas, custodias, etc. consiguen apropiarse de más de 420 kilogramos de oro, plata y piedras semipreciosas. Debido a la magnitud del botín, tardaron tres días en fundirlo para poder transportarlo. Sin embargo, fue un acierto del abad esconder lo más valioso del monasterio, las reliquias del santo, en casa de una persona de su confianza, dejando al alcance de los asaltantes la valiosa arqueta vacía y demás objetos de valor, con el propósito de que tan suculento botín saciara la codicia de los asaltantes y no destrozaran el monasterio. Y así fue.

En 1835 tiene lugar la Desamortización de Mendizábal y consiguiente exclaustración de las órdenes religiosas. El Estado decreta que todos los bienes de la Iglesia sean vendidos en lotes —precisamente el monasterio de Suso fue adquirido para establo de animales—. Sin embargo, los casi ocho mil metros cuadrados del monasterio de Yuso obstaculizan su venta, razón por la que unas décadas después, y viendo que constituían más una carga que un beneficio, el Estado brinda las propiedades sobrantes a aquellas órdenes religiosas que tras el expolio todavía se mantienen. Después de más de cuarenta años abandonado, el monasterio de Yuso es ofrecido en 1878 a los agustinos recoletos. Tres frailes se instalan allí y asumen el reto de hacer de él un centro de formación para la Orden. Tras muchas privaciones y dificultades logran su cometido.

Otro gran tesoro preservado de la Desamortización son los cantorales, ocultados en casas de los pueblos colindantes. Se trata de una colección de 29 enormes libros, de entre los años 1721 y 1734 y de unos cuarenta y sesenta kilogramos de peso cada uno, en los que se recopila el canto gregoriano del año litúrgico. Estos libros se consideran verdaderas obras de arte; las 120 o 130 hojas de cada uno son de piel de ternero, y, teniendo en cuenta que de cada animal se obtenían como máximo dos hojas, se calcula que fueron necesarios unos setenta animales para confeccionar cada libro. El texto se escribe en latín y la tinta se obtiene mezclando cenizas y vino tinto, arcilla, sangre de los animales, zumo de cerezas, etc. Hay que reconocer que los benedictinos son grandes conocedores de los recursos naturales, e idearon un magnífico sistema de refrigeración para la biblioteca. Cuando los agustinos recoletos llegan al monasterio en el año 1878, se encuentran con la biblioteca vacía, pero consiguen reunir el ochenta por ciento de la colección, ofreciendo a cambio trigo y alimentos a quienes los custodiaban.

cuna del castellano y el vascuence

Un tercer aspecto destacable del monasterio, aparte del propiamente monacal y artístico, es el lingüístico. De este lugar se conservan las primeras palabras escritas tanto en castellano como en vascuence, es decir, las conocidas “glosas emilianenses” (Millán en latín). Se trata de anotaciones o aclaraciones sobre el texto en latín, escritas en el margen de la hoja o entre las líneas. Alrededor del año 900 (s. X) un monje escribe en la lengua culta de aquel momento, el latín, un códice —el Códice Sesenta—, en el que habla de la vida y milagros de San Cosme y San Damián y de los sermones de San Cesáreo. Cien años después, otro monje lo lee y comenta. Para ello va añadiendo en cada hoja pequeños comentarios escritos en la lengua que habla el pueblo: el romance o castellano antiguo. En total son novecientas glosas —palabras o frases— en las que se pueden apreciar los primeros cambios gramaticales del latín al castellano.

De ahí que este lugar sea reconocido como la cuna del castellano, y también del vascuence, al aparecer dos glosas en dicha lengua, probablemente porque el monje fuera vasco. En 1997 ambos monasterios fueron declarados por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. En la actualidad, la comunidad de agustinos recoletos ha cedido parte de las instalaciones del grandioso monasterio para un hotel y para el Centro de Investigación Internacional del Español (CIIE).

la pobreza que enriquece

Los agustinos recoletos son una rama de los llamados agustinos filipinos, agustinos ermitaños, o agustinos a secas. Su origen se remonta al Concilio de Trento (1545-1563), en el que la Santa Sede insta a las órdenes religiosas a revisar sus vidas, asumiendo con seriedad y compromiso los votos evangélicos. En el caso de los agustinos, un grupo de ellos, impulsados por el Espíritu Santo, decidirá volver a los orígenes, retomando un mayor recogimiento, oración y penitencia. Poco después constituirán los agustinos recoletos, cuyo término hace alusión a recogimiento interior, austeridad y autenticidad. Desde entonces, agustinos y agustinos recoletos comparten la misma regla y el mismo espíritu, aunque desde 1912 cada uno tiene sus propias constituciones. «Queremos hacer patente el espíritu de San Agustín: sentido fraterno, solidario, dialogal, de acogida y comunicación entre las personas, sustentado por el compromiso con el Evangelio y el servicio a la Iglesia», apunta el prior de la comunidad, el P. Pedro Merino. «Hemos sido netamente evangelizadores allí donde la Iglesia se estuviera formando, como hizo San Ezequiel Moreno, natural de Alfaro (La Rioja) y misionero en Filipinas y Colombia».

En el presente, la comunidad, que atiende pastoralmente a los pueblos del valle, está formada por once frailes, de los cuales todos son sacerdotes —P José Antonio, P. Máximo, P. Pedro (prior), P. Juan Bautista, P. Ismael, P. José Luis, P. Fernando, P. Mario, P. Jesús y P. José—, excepto Fray José, el más veterano del monasterio y siempre presto a ayudar a la comunidad en lo que precise. Ante la más que evidente carencia de vocaciones el prior lamenta que a día de hoy no haya ningún novicio español. «¿No hay vocaciones o no las encontramos? Puede ser que el momento coyuntural en el que vivimos no sea propicio o puede ser que no damos el testimonio apropiado». «Con un índice de 1,32 hijos por familia, ¿cómo va a ser religioso un hijo mimado? —añade el P. José—; aunque el Señor elige a quien quiere, y no precisamente a los niños buenos, sino que se encapricha con algunos. Un formador nos decía: “Los listos se marchan del seminario. A los tontos los expulsamos. Se quedan los pillos”».

la escuela del Espíritu Santo

El P. Pedro Merino, tiene setenta y cinco años y es de Villar de Torre (La Rioja). Después de casi toda una vida dedicada a la enseñanza, desde el año 2011 es el prior. «El religioso tiene un compromiso de lealtad, servicio y entrega con sus hermanos. La comunidad no está para regodearse internamente, sino para que desde ese fogueo interior darse a los demás».

El Padre Fernando tiene cuarenta y siete años y es de Chota (Perú). Llegó a España hace dos años y en la actualidad es párroco de Berceo. «Allí somos gente dura y hosca, pero los agustinos recoletos han dejado huella. Nuestra provincia ha sido la única que no ha sufrido el terrorismo de Sendero Luminoso, debido a la presencia de los frailes y a la religiosidad de las gentes transmitida por estos. Desde pequeño me maravilló ver cómo entregan su vida por Dios y el prójimo. Al acabar la universidad, y atraído por el testimonio de amor de los frailes quise entrar en el seminario, pero mi padre se opuso. Cuando cayó enfermo volví a comentárselo y ahí me dio la bendición. Desde entonces estoy feliz; Dios es mucho bueno conmigo».

El Padre Mario, párroco de Villar de Torre (La Rioja), nació en Lima hace cincuenta y un años y desde hace seis forma parte de esta comunidad. «Mi vida siempre ha estado vinculada a la parroquia, donde servía de monaguillo. A los catorce años conviví un mes con un agustino recoleto y pensé: ¿cómo puede ser feliz este hombre, teniendo lo que tiene y haciendo lo que hace? ¿De dónde le viene esta felicidad? Este fue el principio de mi vocación al sacerdocio. Cuando llegué aquí me mandaron ocuparme de los hermanos mayores. El acompañamiento, cuidado y atención a los enfermos me ha hecho descubrir una nueva veta del sentido evangelizador de mi vida. Yo soy un mero instrumento para que los enfermos se sientan acompañados por Dios a través de mi entrega absoluta. El sufrimiento para un cristiano es realmente un camino de santificación. Como dice el dicho, si no ardes de calor, alguien morirá de frío».

El Padre José tiene setenta años y es natural de Aras (Navarra). Durante cuarenta y cuatro años ha vivido en Perú pero quiso Dios que, estando de vacaciones en España el año pasado, enfermara del riñón, lo que le ha supuesto precisar tratamiento de diálisis cuatro veces cada día. «Dios no defrauda nunca. Mi enfermedad me ha traído la verdadera paz; nunca he estado tan cerca de Dios y de los hermanos como ahora. Creía que me había desprendido de todo pero me faltaba entregarle a Dios mi propia muerte. Ahora sí que soy totalmente libre. Recién ordenado sacerdote me mandaron para la prelatura de Chota. He sentido la presencia viva de Dios en los lugares más remotos, donde —como dice un dicho de la sierra de los Andes— el demonio perdió el poncho y no quiere ir a buscarlo. ¡Era algo tremendo la devoción popular! Recuerdo que hubo un atentado y vino la Policía a hablar conmigo: “P. José, me he enterado de que usted va a ir a una zona donde hay una escuela de terrorismo de la MRTA. ¿Y si le hacen algo?”. “Pues que me hagan”, dije yo. “Pero nosotros no le podemos dar seguridad”. “Ni la pido”, contesté. “¿Y si le pasa algo?”. “¿Qué me puede pasar? Si me secuestran, me pueden dar de comer o no. Si me dan de comer tampoco pasa nada, y si no, me muero y terminado el problema”. “No siga, Padre. Como dicen ustedes, que Dios lo bendiga”».

El P. Francisco es soriano y tiene setenta y cinco años. Cuenta cómo de pastor de ovejas Dios le llamó a ser pastor de almas. «Un día se presentó en mi pueblo un fraile agustino recoleto buscando vocaciones. Dejé las ovejas y me presenté ante él. Me aceptaron y vine al seminario de San Millán. He tenido una vida plena y feliz. Los tiempos eran bravos, pero no nos quejábamos. Como yo era el encargado de preparar los ornamentos antes de la misa, entraba a la capilla y siempre me fijaba en la imagen de la Virgen de la Consolación. Yo la miraba y ella me miraba; yo le sonreía y ella me sonreía».

Fray Sebastián es un joven fraile de veintiocho años de Santa Fe (Argentina), que en breve profesará los votos solemnes. «Era monaguillo de niño, pero a los doce años empecé a salir con amigos y dejé de ir a misa. Estando en la Universidad, un amigo tuvo un grave accidente de moto. Le prometí a Dios que si salía del coma haría un retiro. Mi amigo se curó y cumplí mi palabra. Ahí mi vida cambió. En una oración comunitaria se leyó el evangelio de Juan: “Pedro, ¿me amas?”. El corazón me dio la vuelta, pues vi claro que, aunque salía con una chica y tenía un proyecto serio de matrimonio con ella, Dios me llamaba al sacerdocio. Cuando se lo conté, me dijo: “Si vos me decís que te vas con otra chica, dejo la vida para conquistarte. Pero si es por Dios, no gasto energía en oponerme”. Meses después entré en el seminario y he descubierto lo linda que es la vida religiosa. Dios para mí es el Absoluto, mi Padre, un gran pedagogo que me ama y enseña. Este miércoles santo mi hermana me comunicó que tenía leucemia y en el momento me enojé con Dios. Viví el triduo pascual en clave de enfermedad, pero Jesús ha transformado la cruz, que es un signo de muerte, en un signo de vida. Tengo la seguridad de que la enfermedad no tiene la última palabra, la tiene Dios. El sufrimiento nos enseña otro rostro del amor, el de Cristo desfigurado por el dolor pero que nos ama igualmente».

El P. José Ramón tiene cincuenta y tres años y es de Manjarrés (La Rioja). En el presente ocupa el cargo de vicario general, encargado de la formación de los profesos y sacerdotes. «De todo se vale el Señor, pues entré en el seminario a los nueve años atraído por la pared de frontón que vi en una foto. Al principio era más por una motivación de estudios que de vocación, pero luego, viendo el testimonio de los frailes, me di cuenta que esto era lo mío. Nuestra vida, sin una estrecha intimidad con el Señor, se vendría abajo. Decía un fraile mayor que lo que uno saca por la puerta, con generosidad, Dios se lo mete por la ventana. Pero lo que uno da por la ventana, con racanería, Dios se lo saca por la puerta».

Victoria Serrano Blanes

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