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Muere el párroco más anciano de Madrid 

Muere el párroco en ejercicio más anciano de la Diócesis de Madrid: Monseñor Jesús Higueras Fernández, párroco de la “Virgen de la Paloma”. Hombre, cristiano, presbítero, pastor, maestro, hermano, sin duda ha marcado una imborrable huella en la vida de quienes han tenido la gracia de estar bajo su tutela y pastoreo. ¡Señor, en tu misericordia, acógelo en tu Reino!

Al atardecer del jueves 7 de febrero, dentro de la celebración penitencial de un “cursillo prematrimonial”, don Jesús confesó a varios novios. Fue su último sacramento impartido. Esa misma noche sintió un fuerte dolor en el pecho. Ingresó de urgencias en el hospital y, días después, moría a causa de una leucemia.

El viernes 29 de febrero don Jesús pasaba al Padre. Tenía 90 años y dejaba tras de sí una intensa vida al servicio de su vocación ministerial. Dios le concedió el regalo más extraordinario: dejar este mundo el mismo día de la semana y a la misma hora que nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, es decir, un viernes a las tres de la tarde. Un signo visible de su Amor hacia éste pequeño gran párroco madrileño.

Nació en 1917. A los 12 años, entra en el Seminario Diocesano de Madrid. La guerra civil interrumpió su formación presbiteral, pero finalmente acabó sus estudios y fue ordenado sacerdote el 6 de junio de 1943. Estuvo destinado como párroco en varios pueblos de la sierra de Madrid, como Robledillo de la Jara, Berzosa del Lozoya, Montejo, Horcajuelo de la Sierra, La Hiruela y La Puebla de la Mujer Muerta. Más tarde fue trasladado a Pinto, de allí a la parroquia El Buen Consejo de Madrid y, finalmente, desde 1963 era el párroco de la Virgen de la Paloma.

Retazos de su buen humor

Presumía de madrileño y se ufanaba de ello: “Nacido en Lavapiés, criado en Chamberí, seminarista en Las Vistillas, Párroco del Buen Consejo y, por último —desde el 4 de mayo de 1963—, Párroco de la Virgen de la Paloma… ¿Hay algún otro más castizo?”

Ya con 70 y 80 años, al dirigirse a jóvenes y mayores, decía: “Es que llegáis a unas edades… que todo se os vuelven achaques”. Y gastaba bromas a otros sordos como él: “Eso de discutir con sordos…”.

Hombre de fe y pastor de su rebaño

“Hay que practicar la justicia y la misericordia. Pero en caso de duda, siempre quedarnos con la misericordia”.

Con auténtico celo por anunciar el Evangelio, se preguntaba hace ya 40 años: “¿Cómo llegar a quienes no tienen fe o a quienes la han perdido? ¿Cómo pasar de una pastoral de conservación a otra de evangelización?”. El Señor lo iluminó para acoger el Camino Neocatecumenal, convirtiendo a su Parroquia en una “Comunidad de Comunidades”. Y lo recompensó con centenares de jóvenes, por los que sentía especial preocupación.

Agradecido a Dios: “Doy gracias a Jesucristo por el inestimable don del sacerdocio, por toda mi vida apostólica y por la Eucaristía, que me ha sostenido a lo largo de toda mi vida, y por haberme concedido el don de no acostumbrarme a celebrarla.”

Desprendido hasta la pobreza personal… Son muchos los que dan testimonio de la prodigalidad de Don Jesús, entre ellos el administrador: “Era casi imposible hacer cuentas con él; en cuanto le daban un donativo, ya lo estaba repartiendo entre los pobres.”

Pastor solícito y entregado a sus casi 20.000 feligreses, la Congregación de la Virgen de la Paloma, las 19 comunidades neocatecumenales y los 15 sacerdotes junto con 10 seglares misioneros surgidos en su parroquia desde su llegada y enviados a proclamar por todo el mundo el Evangelio. Siempre tenía una oración para todos ellos: “Pido al Señor por todos mis feligreses y muy particularmente por la santificación de los sacerdotes, por la que ofrezco a Dios mi vida.”

Su vida fue un bálsamo suave para miles de personas. Fue un apóstol fiel hasta el final. Había entregado su vida para que muchos jóvenes desorientados, matrimonios destruidos, drogadictos, alcohólicos, delincuentes… encontrasen a Dios, el Camino, la Verdad y la Vida.

Qué veraces sus palabras: “De la Pascua venimos, a la Pascua vamos y de Pascua en Pascua caminamos hasta el paso (Pascua) definitivo a la Casa del Padre”. Qué homilías tan cercanas y sabias. Todo el que lo ha tratado atesora su recuerdo personal de don Jesús. A nadie le dejaba indiferente. Acogidos, escuchados, ayudados; con una palabra de consuelo, de amparo, de esperanza. Queriéndonos, siempre, como éramos y estábamos.

Sincero y humilde: “Doy gracias a Dios por el perdón de tantos pecados como he cometido y sigo cometiendo. Pido perdón a todos aquellos a quienes haya podido ofender, escandalizar o dar mal ejemplo. Perdono de todo corazón a quienes puedan creer que en algo me hayan ofendido. Pido, sobre todo, perdón a todas las almas que el Señor me ha confiado, por no haber sido santo para bien suyo.”

Anhelante de la vida eterna: “Pido al Padre, a su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo y por mediación de mi Madre la Virgen María, que me reciba en el gozo de la eterna gloria para vivir ya siempre dichoso en su presencia, eternamente”.

Chema Martínez, noche del 24

Al llegar le pregunté cómo se encontraba. Su respuesta fue “Mal”,  en un tono que no dejaba lugar a dudas…; la fiebre subía y, aunque la hacían bajar con medicamentos, reaparecía cada vez. “¡Cuánto tuvo que sufrir el Señor!”, decía D. Jesús y al poco: “¡Totus Tuus!”. Le ayudaba dándole bebidas: agua y yogur líquido, y pasándole una gasa empapada por los labios y el rostro, lo que agradecía notablemente.

“¡A ver si el Señor quiere orientar esto. Hágase tu voluntad!”.  Y, nuevamente: “¡Totus Tuus!”, con auténtica fe.  Durmió muy poco; a las 5,30 se despertó diciendo: “¡Ay, el Señor quiere mi bien!”

De 9 a 12 de la noche del 24 estuvo inquieto. Pedía“¡Agua!” cada pocos minutos en un tono tan necesitado y lastimero, como remarcando la primera vocal, que me partía el corazón… Y repetía: “¡Señor, dame tu Reino!”…“¡Señor, dame tu Resurrección!”, en conversación particular, en voz bastante baja, como con un amigo a quien le pedía algo muy natural.

A las 7,45 me preguntaba con delicadeza: “¿Te estoy cansando mucho, verdad?…” En verdad daba algún trabajo, pero ¿qué responder a este santo enfermo? Una caricia, unas palabras de ánimo y todo en él era gratitud. En esa noche que estuve junto a él, D. Jesús me había pedido agua una cifra de veces que no podré olvidar: 72.

Con un gesto me invitó a acercarme a él,  paternal como siempre, y me hizo ésta confidencia: “Lo sé todo. Sé cómo estoy… Y estoy en las manos del Señor.”

Justo Lombardero, noche del 25

Cuando llegué, él me miró,  y con su humor habitual me dijo: “¿Vienes de sufridor?”… Le contesté que venía a que pasásemos juntos su sufrimiento de esa noche; a lo que asintió.

El aspecto relajado y tranquilo que tenía cuando llegué, había ido desapareciendo y se quejaba de sed. Decía: “Señor, que me muero, que me muero de sed… Muéreme tú, Señor”, y pedía agua continuamente: “Agua, por favor”.

Yo le observaba y me sorprendió el aspecto de su piel morena, no sé si era por las luces o por su estado; pero el caso es que al verlo con el torso descubierto y con ese color, me recordó el aspecto de un gladiador. Me fijé más tratando de descubrir por qué me venía esa idea y comprobé que sus rasgos faciales eran los de un hombre fuerte, acostumbrado a la lucha, al sufrimiento, muy distinto de los hombres corrientes; y pensé que lo describía bien esa imagen de gladiador, que yo estaba observando el descanso de un guerrero.

José Arias, madrugada del 25

D. Jesús se encontraba dormido, aunque Justo me dijo que había pasado una noche bastante intranquilo, pidiendo agua a menudo, sobre todo que le mojara los labios. Sin abrir los ojos, pero claramente despierto, empezó a decir con voz baja “¡Contigo, Señor, siempre contigo!”, y a ofrecer sus sufrimientos por sus feligreses, por las comunidades, por todos los pecadores…

Hablaba de “este pobrecito”. Yo entendí que se refería a él mismo y que se dirigía a la Virgen.

Poco antes de marcharme, dijo que quería que le trajeran el crucifijo de su despacho. Al despedirme de él, me dijo “¡Gracias!” con tal sentimiento de gratitud que no pude evitar que se me llenaran los ojos de lágrimas… Fue la última vez que lo vi con vida.

Seguro que ya está intercediendo desde el Cielo por todos nosotros. ¡Bendito sea Dios!

Tomás García, noche del 26

Doy gracias a Dios por haberme permitido cuidar un poco a D. Jesús. Las horas que estuve a su lado fueron para mí una gracia, un privilegio. No tuvimos oportunidad de hablar. No importa. Él sabía que era yo. Nos conocíamos. Fueron horas muy largas. “Tengo sed, tengo sed”, eran sus únicas palabras, repetidas constantemente.  Pude secarle el sudor, refrescarle la boca con gotas de agua, humedecer un poco sus labios con gasas empapadas… Ese era todo el alivio que podía darle, porque no podía beber.

Le acompañé también con mi oración. Rezando un poco por nuestro párroco, nuestro querido párroco. Un rosario tras otro, desgranando avemarías a la Virgen de la Paloma. Yo era consciente de que el Señor me permitía estar junto a un sacerdote que había acompañado la vida de fe de mi matrimonio. Desde el día que nos casó, pasando por el bautismo a nuestros hijos, su don de consejo nos acompañó siempre. Bendito sea Dios que puso a nuestro lado, caminando con nosotros, a D. Jesús sacerdote cercano y  santo.

Ángel Del Palacio

Como médico y feligrés, visité a don Jesús la mayor parte de los 21 días que pasó en el hospital. Recuerdo ahora que durante todos los años que lo he tratado me aconsejó siempre bien. Sus consejos fueron para mí útiles, santos y muy eficaces, y yo le estaba profundamente agradecido.

Él no quería ignorar su muerte, todo lo contrario: “En primer lugar, le pido al Señor que me dé tiempo para reconocer que me estoy muriendo”. Y añadía con su sentido del humor que nunca perdió: “Y en segundo lugar…para hacer un buen chiste”.

Cada día que hablábamos en el hospital me preguntaba por la evolución de su enfermedad y me decía: “Ya estoy preparado, que venga pronto el Señor”.

Otra cosa me llamaba la atención de él: todos los días daba gracias a Dios en medio de su enfermedad por la familia que le había dado: por sus hermanas y sobrinos, por los que iban a ayudarle en esos momentos, por sus coadjutores, feligreses…

Gustavo Díaz, la mañana del 29

Yo he querido a D. Jesús como a un padre. Desde que ingresó el día 8 estuve todos los días, mañana y tarde, junto con sus hermanas, Mari Cruz e Isabel, en el hospital. No perdía el sentido del humor. Ni la bondad. Ni la fe. Algunos días le escuché susurrar: “¡Sufrir, amar y morir sufriendo! ¡Que se haga tu voluntad, Señor!”

A la 1,30 h. D. Jesús levantaba la mano izquierda y la dejaba caer, como buscando algo sobre la cama. ¿Le duele?, pregunté. Pero intuí que quería su crucifijo y, al dárselo, lo apretó muy fuerte. Y mi mano, también, la apretó fuerte…  (D. Jesús había dejado escrito en sus últimas voluntades: “Ruego ser enterrado… sosteniendo en mis manos el crucifijo con la inscripción: “Pro eis sanctifico meipsum”, bajo cuyo peso quiero que se disuelva mi pobre cuerpo”). A la 1,45 abrió los ojos como no le había visto nunca antes y dijo: “Señor, ¿cuándo me voy a morir?”. Ya no tengo la menor duda de que mantenía un diálogo con Jesucristo. Él hacía una pregunta, esperaba una respuesta… y la recibía…, como una conversación. Y volvía a responderle: “¡Pues… cuando tú quieras! ¡Si yo ya estoy preparado!”

A la 1,50 agarró el crucifijo y me miró —como en una despedida— como si me quisiera decir algo así como: “Chaval, me voy. No te has convertido”… Porque su preocupación era que yo me convirtiera, que amara a todos. A la 1,55 pidió que le dieran la absolución papal (Y así se hizo: se la dio el Cardenal Rouco). Yo, entretanto, le echaba gotitas de agua en la boca. Hasta que dijo claramente: ”¡Dios mío, ya estoy! ¡Cuando tú quieras!”

A las 2,10 dijo, con la voz ronca: “¡Es la última hora !”

Empezó a respirar mal, con estertores. Yo lo veía como un niño desvalido. Por último, inspiró algo más fuerte, elevando un poco la cabeza… y espiró todo el aire como en un suspiro profundo de descanso, al tiempo que cerraba los ojos y se quedaba callado, inmóvil. Eran las 3,10 de la tarde. Yo no me lo creía. Sólo podía decir: “Se nos ha ido, se nos ha ido”.

Mariano Hernández Espín

Brevemente, quiero expresar mi testimonio con la alegría de saber que hemos tenido a nuestro lado a un cristiano, que para mí ha sido un santo aunque no sea elevado a los altares.

¡Cuántas experiencias personales y familiares no podríamos contar! Nos conocía a todos, a nosotros y a nuestros hijos, y cuántas veces escuchó nuestros sufrimientos y nos ayudó con su discernimiento.

Pero yo resaltaría dos virtudes que fueron un don para toda la parroquia, para Madrid y para todas las personas que tuvieron la dicha de conocerlo: su celo como pastor y su inmenso amor a la Eucaristía.

Mi mujer y yo, miembros de la pastoral prematrimonial, hemos sido testigos de cómo cada año, al finalizar y al comenzar un curso, mostraba su afán por llegar a más y más personas y de una forma más profunda: con una pastoral viva y aterrizada. Todavía recuerdo su alegría cuando volvió de visitar en Francia al santo cura de Ars, su modelo como pastor.

En todas las ocasiones y de una manera especial los jueves santos hemos sido testigos del amor al Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. A pocas personas he visto adorar y llevar al Santísimo con tal devoción y arrobo.

D. Jesús, gracias por haber sido un padre para mí, para mi familia y para tantas otras personas y familias. Bendita sea su memoria.

César Ureña (misionero en Paraguay)

D. Jesús era un hombre de temperamento fuerte, un tanto seco, amable y educado, culto e intuitivo, con un humor muy particular, un tanto “quevedesco”. En el trato personal, cercano.

Sabía sufrir y arriesgar con el otro y por el otro. Siempre con tiempo y disponibilidad cuando de escuchar se trataba. De un discernimiento fino y sutil que sabía “calar” hasta la raíz del problema, sacarlo a la luz, iluminarlo y canalizarlo hacia la redención.

Amaba a Jesucristo y tenía necesidad existencial de hacerlo conocer a los hombres. Siempre obediente al Santo Padre y al Magisterio. Siempre generoso y abierto a la necesidad de todo el que se le acercaba.

Hombre, cristiano, presbítero, padre, pastor, maestro, hermano, que ha marcado huella en la vida de muchos de los que hemos tenido la gracia de estar bajo su tutela y pastoreo. ¡Señor, en tu misericordia, acógelo en tu Reino!

María Victoria (sacristana)

D. Jesús era un párroco excepcional. Entregado, con mucha ilusión. Se desvivía por la gente. Ayudó a muchos a salir de la droga, en sus problemas económicos… Atendía a matrimonios, solteros, viudos, inmigrantes, sacerdotes. Si las paredes hablaran, contarían milagros de este santo. Sufría en silencio por muchas cosas, especialmente por la santidad de los sacerdotes. Los llevaba en su alma. Hizo lo indecible por ayudarlos a no abandonar su vocación. Nunca le oí un chismorreo de nadie, ni de nada… y  a veces teníamos números rojos.La primavera pasada le dije: “Ya sabe que yo me quiero jubilar… pero seguiré hasta que usted se jubile”. Casi a punto de llorar de alegría, me dijo: “Qué peso me has quitado de encima”. Era lo menos que yo podía hacer por este presbítero santo que tanto me había ayudado.

Sus hermanas, Mari Cruz e Isabel

Jesús nunca se quejaba de dolores, aunque los tenía, y había sido operado varias veces. Era muy familiar, de vida muy normal. Casi nunca se ponía de mal genio, “sólo cuando le queríamos echar más comida en el plato”. En los 21 días que estuvo en el hospital ofrecía sus dolores por los pecadores y por los sacerdotes. Y nos repetía “Perdonadme, pero es que a veces los enfermos nos ponemos muy pesados”. Uno de aquellos días nos llamó a las dos, nos cogió de la mano y nos dijo: “Os quiero mucho”.

2 Respuestas a Muere el párroco más anciano de Madrid

  1. Gonzalo

    La vida es asín esta llena de parte positiva y parte negativa. Este buen hombre ya ha llegado a la meta, al Paraíso. Recemos por El que El Señor este con Ël. Nosotros algún dia nos tocará a nosotros.
    Queria aprovechar estas líneas para comentar por encima un poco del Adviento que mañana comienza.

    Comenzamos un nuevo tiempo. Los cristianos tenemos que reflexionar un poco más en este tiempo es un tiempo para meditar más, reflexionar, descubrir nuestro corazón más a fondo. Jesús viene en cada uno de nosotros, preparemos-le ese rincón , esa casa, es por ejemplo cuando tu arreglas la casa y esperas una visita, tratas de portarte bien con la visita de mantener un dialogo, preparar cena, que la casa esté limpia, pues esto pasa con Jesús. Nosotros esperamos a que llegue, preparamos el corazón, para que este translucido para cuando llegue el Mesías, lo encuentre transparente y pueda entrar en nuestras vidas.
    El evangelio insiste en la necesidad de permanecer en un estado de alerta que no crea poder observar la venida de Dios en las relaciones terrenas. Dios irrumpe en la historia en cierto modo verticalmente, desde lo alto; viene para todos a una hora que nadie espera: precisamente por eso hay que estar siempre esperándole.
    Jesús viene a Reinar nuestro interior, a manifestarse lo que El es, y lo que nosotros debemos hacer en cada momento e instante.

    Que por medio de la oración nos ayude a ser mejores a difundir el Evangelio, a que sepamos enfrentarnos a los problemas y solucionarlos lo más pronto posible.

     
  2. Juan Carlos Solera Nieto

    Doy gracias a Dios por haber conocido a Don Jesús. A veces he comentado el privilegio de haber escuchado sus experiencias sobre su proceso de santificación. Nos contaba que le gustaba acompañar a las comunidades que empezábamos porque así era testigo de como Dios nos consolaba, sentiamos su amor, porque hacia ya muchos años que estaba seco como una madera y que a veces le pedia a Dios que por lo menos le diera algun sentimiento, pero nada, no experimentaba nada, estaba en completa sequedad.

    Ya desde que empezó su ministerio sacerdotal Dios le hizo señales. Como le paso con su sordera. Nos contaba que se le disolvio un oido. Pero a continuación se le empezó a disolver el otro. Entonces le reclamó al Señor que si sabia que la razón por la que se habia hecho sacerdote era para perdonar los pecados en el nombre de Jesús y no iba a poder escucharlos, nunca podría ejercer el ministerio que daba sentido a su vida. Entonces Dios reconstruyó su oido, milagro que decia riendose que eso no existe en medicina. Una vez nos decian los catequistas que aceptar la cruz es creer que la voluntad de Dios es la manera que tiene de amarnos, y que si teniamos una enfermedad que no le pidieramos a Dios que nos la curase porque Él nos la da porque nos ama. Y decia Don Jesús, que era verdad, pero que de todos modos se lo pidieramos porque como en su caso a veces nos cura. Siempre con su buen humor adornaba su profundida visión cristiana con mucha humildad y sin hacer alardes de que fuera muy adelantado en su proceso cristiano.

     

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