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MARÍA MAGDALENA PARADIGMA DE LA EVANGELIZACIÓN 
06 de Abril
Por Juan José Calles

En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice: «¡María!».
Ella se vuelve y le dice: «¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto» (San Juan 20, 11-18).

COMENTARIO

San Juan nos presenta en su evangelio el lugar donde Jesús fue crucificado “en el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota” (Jn 19, 17) y, también, el sitio donde lo sepultaron, una tumba propiedad de José de Arimatea: “En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús” (Jn 19, 38-42). Comentando esta perícopa, Benedicto XVI, sostiene que “es evidente que con la palabra huerto Juan alude a la narración del Paraíso y del pecado original. Nos quiere decir que aquí se retoma aquella historia. En aquel huerto, en el jardín del Edén, se produce una traición, pero el huerto es también el lugar de la resurrección. En efecto, en el huerto Jesús ha aceptado hasta el fondo la voluntad del Padre, la ha hecho suya, y así ha dado un vuelco a la historia” (Cf. Jesús de Nazaret II, p. 178).

María Magdalena se encuentra desconsolada porque piensa que han robado el cadáver de Jesús, por eso ante la pregunta que le hacen tanto los dos ángeles como el mismo Jesús: “Mujer ¿por qué lloras?” (ángeles); “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” (Jesús), ésta les responda: “porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto” (respuesta a los ángeles); “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré” (respuesta a Jesús). Inmersa en estos diálogos, María ha sido incapaz de reconocer la presencia del Resucitado, a lo más que ha llegado ha sido “pensar que Jesús era el encargado del huerto” (20, 15). Solamente cuando Jesús pronuncia su nombre “María”, ella se vuelve y cuando lo reconoce le responde diciendo “Rabbuni –que quiere decir: Maestro” (20, 16). Podemos descubrir en esta escena la búsqueda, también apasionada, de la mujer del  Cantar de los Cantares donde la mujer, la esposa, busca al Amado y sale a los caminos y llora. Está buscando a su Amado. Hay un jardín, hay un huerto cerrado; hay una relación. En la Memoria de Santa María Magdalena, dentro del Oficio de Lecturas, nos encontramos con la siguiente homilía de San Gregorio Magno: “Idénticos sentimientos expresa la Iglesia cuando dice, en el Cantar de los Cantares:  Estoy enferma de amor; y también: Mi alma se derrite. Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? Se le pregunta la causa de su dolor con la finalidad de aumentar su deseo, ya que, al recordarle a quién busca, se enciende con más fuerza el fuego de su amor. Jesús le dice: ´¡María!`. Después se haberla llamado con el nombre genérico de mujer, sin haber sido reconocido, la llama por su nombre propio. Es como si le dijera: ´Reconoce a aquel que te reconoce a ti. Yo te conozco, no de un modo genérico, como a los demás, sino en especial`. María, al sentirse llamada por su nombre, reconoce al que lo ha pronunciado, y, al momento, lo llama: Rabboni, es decir: Maestro, ya que el mismo a quien ella buscaba exteriormente era el que interiormente la instruía para que lo buscase” (cf. “De las homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los evangelios”: OGLH (tº III), pp. 1386-1387).

María Magdalena que había sido una pecadora, una prostituta, es imagen de la humanidad pecadora, de todo hombre. Es imagen de la Iglesia de la gentilidad, de los gentiles. En ella, Jesús había realizado una obra transformadora, la había hecho una mujer nueva, había expulsado de ella siete demonios (Mc 16, 9), el número siete es un número perfecto: hace referencia a los 7 pecados capitales, a las 7 naciones que dominaban la tierra prometida; haciendo camino con Jesús, había sido transformada en una mujer nueva. Ahora, una vez resucitado Jesús se le aparece y la llama por su nombre ¡María!, y ella le reconoce como su “¡Rabbuni!, que quiere decir, Maestro” (Jn 20, 16). Efectivamente la comunidad joánica tiene a Jesús por Maestro: “Vosotros me llamáis ´el Maestro`y ´el Señor`, y decís bien, porque lo soy” (Jn 13,13). El exegeta R.E. Brown tomando como comparación las apariciones del Resucitado en el evangelio de Lucas y en el de Juan, llega a la siguiente conclusión: “Es posible que Lucas quiera decir a sus lectores cristianos que en la eucaristía tienen el medio para reconocer la presencia de Jesús en medio de ellos. También puede ser que Juan esté diciendo a sus lectores que en la palabra de Jesús tienen el medio para reconocer su presencia. Magdalena, al reconocer a Jesús cuando él la llama María, hace realidad lo que se dijo en Jn 10, 3: Las ovejas escuchan su voz cuando llama a las suyas por su nombre. Este episodio ilustra lo que afirmara el Buen Pastor: Conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí (10, 14.27). María Magdalena sería un ejemplo para los cristianos de la comunidad joánica de finales del siglo I, cuyo contacto con Jesús resucitado se realiza a través del Paráclito, que les declara lo que ha recibido de Jesús (16, 14)”.

Es  en  este  momento,  tras  el  reconocimiento  del  Resucitado,  cuando  María  quiere  tocarlo, retenerlo, pero el Señor le dice: “No me retengas, que todavía no he subido al Padre” (Jn 20, 17). “Esto nos sorprende, comenta Benedicto XVI. Es como decir: Precisamente ahora que lo tiene delante, ella puede tocarlo, tenerlo consigo. Cuando habrá subido al Padre, eso ya no será posible. Pero el Señor dice lo contrario: Ahora no lo puede tocar, retenerlo. La relación anterior con el Jesús terrenal ya no es posible. Se trata aquí de la misma experiencia a la que se refiere Pablo en 2ª Cor 5, 16ss: ´Si conocimos a Cristo según los criterios humanos, ya no lo conocemos así. Si uno está en Cristo, es una criatura nueva`. El viejo modo humano de estar juntos y de encontrarse queda superado. Ahora ya sólo se puede tocar a Jesús junto al Padre. Únicamente se le puede tocar subiendo. Él nos resulta accesible y cercano de manera nueva: a partir del Padre, en comunión con el Padre. Esta nueva capacidad de acceder presupone también una novedad por nuestra parte: por el bautismo, nuestra vida está ya escondida con Cristo en Dios; en nuestra verdadera existencia ya estamos allá arriba, junto a Él, a la derecha del Padre (Col 3, 1ss). Si nos adentramos en la esencia de nuestra existencia cristiana, entonces tocamos al Resucitado: allí somos plenamente nosotros mismos. El tocar a Cristo y el subir están intrínsecamente enlazados (…). De lo que se trata aquí no es de un recorrido de carácter cósmico-geográfico, sino de la navegación espacial del corazón, que lleva de la dimensión en un encerramiento en sí mismo hasta la dimensión nueva del amor divino que abraza el universo” (Cf. Jesús de Nazaret II, pp. 331-332).

El Resucitado joánico está a punto de pasar a la otra orilla (Jn 21, 4), la orilla de la eternidad, junto al Padre, pero antes de subir al cielo va a encomendar a María Magdalena la tarea de la evangelización. Encontramos aquí un cierto paralelismo con la última escena del Evangelio de Mt 28, 16- 20, en la que Jesús se aparece, en el monte, a sus discípulos y les encomienda la misión universal de anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. También aquí en Jn 20, 17 nos encontramos con un envío: “Vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y  vuestro Padre, a mi Dios  y vuestro Dios” (Jn 20, 17). En estos dos verbos (el ir y el anunciar) está resumida toda la misión cristiana. Cristo ahora va a subir al cielo con su naturaleza, el Verbo del Padre, que ha venido a la tierra a tomar la carne humana y llevarla a la otra orilla… ¿entendéis? No había Espíritu todavía porque Cristo no había sido glorificado. Es como si aquí está todo lleno de bombillas que somos nosotros, y estamos todos sin luz porque los plomos se han fundido, y hay alguien que sabe dónde están los plomos, pone ahí los plomos y se encienden todas las bombillas. Pues algo así. Jesucristo va a subir a poner los plomos de arriba, va a subir al cielo con nuestra naturaleza perdonada, justificada. Sube al cielo y va a entrar en la Trinidad y a hacer descender del cielo el Espíritu Santo a todos los hombres para que podamos tener dentro la vida misma divina. Vete y anuncia a mis hermanos: subo a mi Padre. La Buena Noticia: Cristo va a entrar en el Cielo, en la otra orilla. Va a abrir un camino a través de la muerte. Dí a mis hermanos que subo al Padre mío y Padre vuestro. Que vamos a ser transformados en hijos de Dios (…). Aquí está resumido todo el cristianismo, toda la antropología del hombre: “Vete y anúncialo”. Nos da esta misión como a María Magdalena.

María Magdalena es prototipo de la Iglesia evangelizada y evangelizadora y, lo es, también, del papel que la mujer está destinada a tener en la Nueva Evangelización.  Como  nos  recordaba el Lineamenta 2011: “La nueva evangelización se presenta como un estímulo del cual tienen necesidad las comunidades cansadas y débiles para descubrir nuevamente la alegría de la experiencia cristiana, para encontrar de nuevo el amor primero que se ha perdido (Ap. 2, 4), para reafirmar una vez más la naturaleza de la libertad en la búsqueda de la Verdad” (nº 6).

Solamente si se ha tenido una experiencia personal de encuentro con Jesucristo vivo, solo si hemos sido transformados por la fuerza de su Presencia en la Palabra y los sacramentos, curándonos las heridas del alma y sanando nuestra existencia, estamos habilitados para anunciar el Evangelio del perdón, de la sanación y de la salvación, como María Magdalena que mostró mucho amor porque mucho se le había perdonado. La sobreabundancia de la evangelización solo brota en aquellos corazones que han sido curados, sanados y saciados por el amor de Dios. El Papa Francisco nos ha recordado que “un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a veces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo»” (cf. Evangelii gaudium, n. 10). ¡Cristo ha RESUCITADO!¡Ve y comunícalo a los hermanos, como María Magdalena!

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