Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, septiembre 20, 2019
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Nacer de lo alto 

De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?
Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo,
que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.
Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.
El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. (Jn 3,3-8)

Lo que parecía una cumbre inaccesible se ha ido transformando en una amena colina; los abrojos se han ido marchitando; los escarpados desfiladeros se han suavizado y el frente tempestuoso que alarmaban nuestros miedos, transcurrió dejándonos un sol rubio y luminoso.

Porque primero asoma la debilidad, el pánico, la angustia, la impotencia…, la finitud perecedera de la esencia antigua, de nuestros huesos secos, incluso de las fantasías ruines; afloran a veces afanes frustrados y esquirlas infectadas supurando coágulos de ínfulas y notoriedades, accesos de églogas pretenciosas. Los deseos de inmortalidad y de trascendencia se debilitan ante la carne, se ahogan frente al mundo y se mudan cuando el maligno nos despliega su interpretación de los misterios impenetrables.

Solo la fe intuye en las tinieblas y permite lanzarse en la negrura del precipicio a las amorosas manos de Dios, que no se ven con los ojos pero que están. Arrastrarse entre la muchedumbre, acuciados con atropellos y desprecios, ensangrentados por la impureza, hasta rozar el borde del manto de la Verdad. Pues deseamos tocar ese manto.

Dios emerge allanando los terrones, cauterizando las heridas, recomponiendo las sospechas del pánico, libando la enemistad ebúrnea del corazón que asiduamente nos aflige y nos desgaja; desciende a la porqueriza de nuestras ansias carroñeras y se reboza en la turbiedad y en la náusea para uncirnos con su ternura, para arrancarnos de la noria que nos reduce a girar y girar sobre nuestra miseria donde nos embrutece la tibieza y la avidez.

Nacer de lo alto es la única esperanza; el león rampante se lanza sobre nuestras escombreras para arrancarnos el último hálito de promesa y valentía. Mas el Manso lo ha sometido con el látigo de la humildad y por eso tenemos un cielo abierto e inagotable.                                                                                                                                                                                                                              Jorge Santana

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