Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, mayo 29, 2020
  • Siguenos!

¿Nacer de nuevo? 
20 de Abril
Por Alfredo Esteban

Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo: “Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él”. Jesús le contestó: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Nicodemo le pregunta: “¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el viento de su madre y nacer?”. Jesús le contestó: En verdad en verdad te digo: Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu” (San Juan 3, 1-8).

COMENTARIO

Buena es hoy la noticia que nos habla de nacer de nuevo. Acabamos de vivir la Pascua y ya estamos camino de Pentecostés donde El “renacer de lo Alto”, renacer del Espíritu dio la vida al primer núcleo de los primeros cristianos, cuando aún no se llamaban así. Dicen las Escrituras: tenían un solo corazón y una sola alma y nadie llamaba propia cosa alguna de cuantas poseían, tenían en común todas las cosas (Hch 4, 32), empezaron a experimentar una nueva manera de ser y estar en el mundo. Aparece una comunidad que vive en paz donde el chismorreo, las envidias, las calumnias y las luchas por el poder dejan de estar en primer plano porque descuben que el Amor de Dios lo abarca todo.

El Espíritu de Dios está en todas partes, el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va (Jn 3, 8): ¡dejémonos sorprender por Él! Es el regalo de Dios y dondequiera que descubramos alegría, paz y justicia, allí lo encontraremos. Creamos que Dios existe y quiere que nosotros volvamos a nacer de nuevo a través del Bautismo. Esto lo regala la Comunidad y la Iglesia.

Los humanos vivimos (según Doyal y Gough) con dos pretensiones básicas vitales: salud física y autonomía personal y otras intermedias y variables según la cultura y expectativas de cada uno; entre ellas alimentos y agua potable, vivienda, entorno laboral sin riesgos, entorno físico sin riesgos, atención sanitaria, seguridad en la infancia, relaciones primarias significativas, seguridad económica, seguridad física, educación adecuada y seguridad en el embarazo y el parto.

Observamos que todas estas pretensiones nos vienen del exterior, no son nuestras. La salud es un regalo y la autonomía un don (pensemos en la situación de encierro que estamos viviendo). Esto en cuanto a las básicas, pero en cuanto a las otras, las vamos consiguiendo en la medida en que tenemos asegurada la salud y la autonomía. Los seres humanos nos creemos dioses y poderosos pero la realidad es que somos frágiles e indefensos, me refiero a conseguir estas pretensiones. Hay que darse cuenta de que estamos sometidos a un tiempo y a un espacio limitado y dejar de creer que somos eternos porque siempre estamos amenazados por la enfermedad y la muerte.

El nacer de nuevo trae consigo una nueva vida, un mundo nuevo, una cultura nueva, una sociedad nueva donde es posible que pueda predominar el reconocimiento de la diversidad, la empatía hacia los demás seres humanos y hacia el entorno que nos acoge, la cooperación para alcanzar el bienestar mutuo, el respeto a las diferencias que nos enriquecen, siendo conscientes de que los vínculos y la dependencia son recursos de la propia vida. El profeta Isaías nos dice: Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad lo que es justo, haced justicia al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid, y litigaremos -dice el Señor-. Aunque vuestros pecados sean como la grana, blanquearán como la nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán blancos como lana.

Dice San Hipólito de Roma: El que con fe baja al baño de la regeneración rechaza el vestido de la esclavitud y se reviste de la adopción. Sube del bautismo brillante como el sol, resplandeciendo justicia. Aún mucho más: sale hijo de Dios y coheredero con Cristo a quien sean dadas la gloria y el poder, como también al santísimo Espíritu, bueno y vivificante, ahora y siempre por todos los siglos. Amén.

El Papa Benedicto XVI hablando sobre el Bautismo nos dice: [Estamos llamados a] llegar a ser hijos de Dios gracias a la venida del Hijo unigénito en nuestra humanidad. Él se hizo hombre para que nosotros podamos llegar a ser hijos de Dios. Dios nació para que nosotros podamos renacer… Pensemos en lo que escribe san Pablo a los Gálatas: «Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Ga 4, 4-5); o en lo que dice San Juan en el Prólogo de su Evangelio: «A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12). Este estupendo misterio, que constituye nuestro «segundo nacimiento» —el renacimiento de un ser humano de lo alto, de Dios (cf. Jn 3, 1-8) se realiza y se resume en el signo sacramental del Bautismo.

Con [el sacramento del Bautismo] el hombre se convierte realmente en hijo, en hijo de Dios. Desde ese momento el fin de su existencia consiste en alcanzar de manera libre y consciente aquello que desde el inicio era y es el destino del hombre. «Conviértete en lo que eres», constituye el principio educativo básico de la persona humana redimida por la gracia. Este principio tiene muchas analogías con el crecimiento humano, en el que la relación de los padres con los hijos pasa, a través de alejamientos y crisis, de la dependencia total a la conciencia de ser hijo, al agradecimiento por el don de la vida recibida, y a la madurez y la capacidad de dar la vida. Engendrado por el Bautismo a una nueva vida, también el cristiano comienza su camino de crecimiento en la fe que lo llevará a invocar conscientemente a Dios como «Abbá – Padre», a dirigirse a él con gratitud y a vivir la alegría de ser su hijo.

Del Bautismo deriva también un modelo de sociedad nueva: la de los hermanos. La fraternidad no se puede establecer mediante una ideología y mucho menos por decreto de un poder constituido. Nos reconocemos hermanos a partir de la humilde y profunda conciencia del ser hijos del único Padre celestial. Como cristianos, gracias al Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, se nos ha concedido el don y la tarea de vivir como hijos de Dios y como hermanos, para ser como «levadura» de una humanidad nueva, solidaria y llena de justicia, paz y esperanza. En esto nos ayuda la conciencia de tener, además de un Padre en los cielos, también una madre, la Iglesia, de la que la Virgen María es modelo perenne.

Añadir comentario