Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, agosto 11, 2020
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Navidad de perdón 

Celebramos la venida del Niño Dios; sin embargo, en nuestro corazón puede haber rincones oscuros. Es fácil decir “yo he perdonado”, pero muchas veces mantenemos en una esquina inaccesible de nuestro interior a la persona que nos ofendió; rehuimos el trato con ella y reforzamos la dureza de nuestro juicio, olvidando el “setenta veces siete”. Es frecuente oír un tajante “no perdono” a cristianos que reciben los sacramentos y recitan el Padrenuestro… y mantienen en las familias durante años el resentimiento y la disensión a pesar de su profesión de fe.

Llega un momento en la vida, especialmente en la vejez —¡que también tiene sus cosas buenas!— en que aquellos hechos importantísimos que tanto nos hicieron sufrir, rabiar, llorar, gritar, se han ido deshojando y, blandamente, alfombran el recuerdo, inservibles, mustios. La madurez nos dicta la necesidad de despojarnos de lo inútil, hacer limpieza, apartar lo que no deja libertad a nuestro deseo de vuelo ascendente y sin lastres. Acariciamos una y otra vez el doloroso momento de la ofensa, hacemos ídolos de piedra de las culpas de los otros sin recordar que, como nosotros mismos, caminan confundidos y se equivocan con frecuencia. Si somos objetivos, veremos muchas veces a la persona que nos causó tan grave ofensa como una pobre víctima de sus circunstancias, errada por sus carencias y debilidades.

Ya no hay porqués para mantener tercamente clavados en el interior los postes que sujetaron aquellos sentimientos, ante la ofensa sufrida entonces. Es preciso valentía para arrancarlos como una espina, que, al quitarla, produce tanto alivio, aunque deje su gotita de sangre…

Los sentimientos de amor, amistad y ternura en el fondo del alma crecen, se concentran, perfuman; en cambio, los viejos odios, envidias, resentimientos, se pudren encerrados: dejan tumefacto el espíritu de quien los alimenta.

No, no se puede echar pienso a los monstruos que interceptan el impulso de la generosidad y la clemencia; con una sola frase puede disolverse el rencor, y suaves palmadas derriban murallas…

Cuando se da el paso, es sorprendente ver lo fácil que resulta todo, cómo descansa rejuvenecida e ingrávida el alma. El ser humano está creado para el amor, y el perdón es un acto supremo de amor que nos diviniza. Mirando a Jesús en el pesebre y luego en la cruz, Él nos da la fuerza.

Unidos

Mejor en soledad, Señor,
buscarte en el silencio y el sosiego
que tapiza lo de dentro de mí misma.
Confortada en antiguas emociones,
adivinar tu diáfana presencia,
quedar colgada de tu amor…
Siempre en la soledad.
Sí, mas no es solo
alegrar mi tibieza con tus aguas,
recibir de tu palabra el dardo
que atraviesa y deja la carne renovada,
o gustar el misterio que al cruzar mis labios,
como una antorcha me ilumina toda.
Es eso y además,
colmada de tu amor,
volcarlo en los hermanos…
Porque ha de ser unidos
como un ceñido bosque,
árboles que se funden en verdes
mezclan sus savias,
las ramas enlazadas prestan cobijo
a una misma bandada de pájaros.

Que los retoños crezcan
arropados por las hojas más sanas,
se alcen los tallos tiernos
y el vigor de los troncos lo sustente.

Que desde sus raíces
surja ese impulso del amor de todos,
para ascender, ascender como uno solo.
Lo sabemos Señor,
la verticalidad, que a ti nos lleva
se apoya en la firmeza del nosotros.

 

M.ª Nieves Díez Taboada
Periodista

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