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Navidad, ¿laica? 

Todos los años me llega una felicitación navideña de un amigo ateo, y no cualquier ateo, se trata, ni más ni menos, que del fundador y primer presidente de la Asociación Peruana de Ateos. Pero este año me sorprendió. Además de su felicitación navideña me invitó a la celebración conjunta de una Navidad secular y religiosa, en una zona marginada de la ciudad.

Siempre me había parecido una especie de incoherencia con el ateísmo celebrar la Navidad (el Viernes Santo, lo celebran con parrillada). Una especie de concesión al sentimentalismo y a la emotividad, o un resabio de la fuente cristiana abandonada conscientemente por ellos, es decir, el testimonio de la matriz cristiana de la cual suelen provenir, la muestra de que la cultura en la que han surgido es cristiana, o por lo menos lo ha sido. En cualquier caso, una forma de quedarse selectivamente con las partes agradables de la fe, prescindiendo de las incómodas. Sí a la fiesta, no al compromiso, cambiando el contenido.

Todos los años suelo escribir un artículo por Navidad, intentando rescatar la fiesta del desvarío consumista o, peor aún, pagano que tristemente sufre. En efecto, hace poco me llegó una oferta “navideña” para asistir a un centro de masajes (no precisamente de cieguitos). Este año, sin embargo, la invitación de mi amigo ateo me hizo reflexionar. ¿Qué tienen en común la Navidad cristiana y la secular? ¿Cabe hablar de una Navidad laica? ¿Es bueno fomentar este tipo de celebraciones, participar en ellas? ¿Qué oculto mensaje encierra tal evento y dicha invitación? ¿Podemos aprender algo de esta actitud, aprovecharla?

Es verdad que el origen de la celebración es religioso, cristiano e incluso afecta al núcleo de su mensaje, pues es la fiesta de todo un Dios que se hace hombre, algo descabellado, inaudito, que muestra el papel central jugado por el ser humano en la entera creación, revelándole el alcance de su dignidad. Es cierto que el recuerdo de ese Niño nacido en la más absoluta pobreza es desplazado por la vorágine consumista. La irrupción del Eterno en la historia sucumbe ante la avalancha de lo efímero. Pero, insisto, ante esta invitación, realizada con buena fe, con sincera amistad, ¿cuál es la actitud correcta?

El equilibrio que debe hacer un cristiano no es fácil. Se encuentra en la encrucijada: Por un lado, la defensa de su propia identidad y la de la fiesta, unida a su deber profético, que le conduce a denunciar el consumismo pagano. Por otro, la tentación de encerrarse en un ghetto, de espaldas al mundo al que critica y descalifica, siendo progresivamente cada vez más reducido su ámbito de influencia. Rechazar al mundo o vivificarlo, con el peligro de perder su identidad al hacerlo.

La vía de medio entre ambos extremos es sutil. Partir de la propia identidad sin la ingenuidad de pensar que “todo da igual”, pues ello conduce, gradualmente, a la pérdida de la propia personalidad y fisonomía mimetizandose con el ambiente. Denunciar los extremos, pero en forma amable. Buscar, finalmente, más lo que nos une que lo que nos divide. Al fin y al cabo, tanto la Navidad religiosa como la secular manan de la misma fuente, el Nacimiento de Cristo. Cuando se ha dejado de creer en Dios o la religión ya no es una categoría importante en la propia existencia, ¿cuál es el mensaje que creyentes y no creyentes, practicantes y no practicantes podemos compartir por Navidad?

Bien mirado, más que de una inevitable cesión se trata de una oportunidad. Puede verse el vaso “medio vacío o medio lleno”, pues es precisamente partiendo de lo que tenemos en común como creyentes y secularistas podemos mantener un diálogo vivo. Todos queremos celebrar y hay valores humanos que compartimos; valores que ha custodiado y transmitido la tradición cristiana y que el secularismo hereda, despojados de su fuente. ¿Cuáles son estos? La familia, la unidad, la paz. Por eso, la invitación de mi amigo ateo quería ser un momento de compartir, creyentes y no creyentes, buscando fortalecer diálogo, convivencia familiar y  paz en el seno de la sociedad.

Hacerlo, para un creyente, no significa ceder a la resignación por lo inevitable. Reconocer por la vía de los hechos que la religión se ha vuelto irrelevante para la sociedad. Sino a la inversa, mostrar cómo la religión puede mantener un fecundo diálogo y compartir valores con el mundo laico. Compartir que conduce a eliminar recelos, abandonar posturas atrincheradas, y mostrar un sincero afán por conocerse y trabajar en conjunto, en beneficio de la sociedad. Pienso que es un buen punto de partida para una nueva evangelización, tomando a la realidad tal cuál es. Aprender de sus valores, compartir los nuestros, pues finalmente también a esos laicos secularistas los busca Jesucristo, y para que les llegue su mensaje, nada mejor que las buenas disposiciones, facilitadas por la amistad, el convivir y el luchar juntos por una sociedad más justa.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

 p.marioa@gmail.com

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