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No apartéis a los mayores 
30 de diciembre
Por Antonio Simón

«En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba». (Lc 2,36-40)


Acabamos de pasar la Navidad. Dios, fiel a su plan de salvación, ha puesto a su hijo en el mundo para que nos enseñe el camino de vuelta al paraíso para el que nos ha creado. Ante esta venida, pocos son los que perciben la magnitud del hecho, pero el Señor siempre está dispuesto a dar una oportunidad de conversión y pone profetas que llamen la atención para que reconozcan a este Salvador que se nos ha dado, y es fundamental en esto reconocer el papel de los ancianos.

Vemos a esta mujer viviendo entregada al Señor, en oración constante y en el Templo, lo que la permite reconocer a Jesús cuando es presentado, porque como dice el Papa en su homilía del pasado28 de setiembre en Santa Marta: “la vejez es tiempo de gracia, en que el Señor llama a custodiar y transmitir la fe”. Qué diferente su papel al que nuestra sociedad propugna para los ancianos, hombres y mujeres apartados, descartados, invitados al consumo y el uso del placer o a la muerte lenta en el olvido.

¿Nosotros donde hemos estado en estas fiestas? ¿Las hemos recibido en oración, en nuestra comunidad familiar y parroquial, abiertos a esta llegada o, más bien, nos ha pillado afanados en cenas, fiestas, regalos y celebraciones, en los que no ha habido espacio o tiempo para que nuestros hijos convivan con sus abuelos y reciban de ellos esas palabras que los ubican en el mundo y la historia?

Si es así, no podremos decirle al mundo que su salvador ha llegado. Pero no hay miedo, Jesús está aquí y ha venido para quedarse con nosotros, nos trae la gracia de Dios y aún debe crecer en nuestro corazón. Esa es la esperanza que se nos ha abierto, de la que nuestros mayores son un signo viviente, signo del que esta juventud sin trabajo, sin ilusiones y aparentemente sin futuro tiene una imperiosa necesidad.

Así que aprendamos de Ana la profetisa; acerquémonos al Templo, insistamos en la oración y el Señor nos dará lo necesario para reconocerlo y advertir al mundo de su presencia. Acojamos a este niño en nuestro corazón, dejemos que crezca en nosotros, como hizo la Virgen al dar su sí y Él nos dará la gracia reservada para poder hacer la voluntad del Padre.

Y no olvidemos en este acercamiento, a nuestros mayores, a esos que con su trabajo, con esfuerzo nos transmitieron la fe y nos dejaron una país mejor que el que encontraron ¿podremos nosotros decir lo mismo a nuestros hijos y nietos?

Antonio Simón

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