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No busques qué dar, date a ti mismo 
25 de Febrero
Por Valentín de Prado

«En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará”. Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutíais por el camino?”.  Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mi no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”». (Mc 9, 30-37)


Este relato pudiera  ser  el primer anuncio del “kerigma” que  hace el mismo Jesús: “lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará”. Y está claro que los discípulos todavía no estaban preparados para ese anuncio, más bien todo lo contrario por lo que vemos: “porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande”. Los discípulos buscaban ser los primeros.

Jesús les muestra una nueva dimensión del cristiano: la Iglesia y los que formamos parte de la misma es servidora del mundo, no  al contrario. El mundo no está para servir a la Iglesia, sino la Iglesia al mundo. “ No vine a ser servido, sino a servir” dirá Jesús.  El ”nuevo mandamiento” que Jesús enseña a sus discípulos es este: ponerse al servicio de todos, a los pies de todos, sintiéndose y sabiéndose el menor y el más pequeño, como un niño, hijos de Dios, imagen de su amor para con los hombres.

Jesús les propone un camino que no pasa a través del poder, la potencia ni la gloria. De hecho, afirma: “Si uno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el siervo de todos”. Este es su mensaje y nuestra misión. Jesús habla de un poder  distinto al mundo. Es a través de una  nueva esperanza que no tiene que ver con la riqueza ni con ser el primero, sino con la humildad y la pobreza de espíritu encarnada en la figura inocente y sencilla de un niño.

La figura de los niños fue muy querida por Jesús en su predicación, ya que la repite en diversas ocasiones, poniendo a los pequeños como modelo de la Iglesia y del cristiano: el niño es un ser débil y humilde, que no posee nada ni busca puestos privilegiados. El niño tiene conocimiento de su pequeñez y su debilidad; todo lo espera del padre sin ambicionar nada más . Por eso,  “tomó un niño, lo puso delante de ellos  abrazándolo “, porque recibir a uno de estos  pequeños —y los que son como ellos— es recibir “a aquel que me ha enviado”.

Más aun, Jesús es radical, y no dice que quien quiera ser el primero se ubique entre los últimos, porque se puede ser el ‘primero entre los últimos’. Jesús dice: “sea el último de todos”, no solo de los amigos o de los de casa… , sino de todos.

Todos queremos estar arriba para tener a alguien por debajo, sentirnos superiores, o al menos, poder gritar al subordinado. Por eso Jesús advierte ante la tentación de buscar —como en este pasaje los apóstoles— el poder, el primer puesto. Muy al contrario propone para ellos  —para nosotros—  la única forma de entender el poder y la autoridad: “el que quiera ser el primero, tiene que hacerse el último”. La única forma válida de autoridad es el servicio y la humildad, incluso hasta dar la propia vida, como Él mismo hizo. Esto, evidentemente, para aquellos discípulos era demasiado ¡y también para nosotros! Ellos solo lo comprendieron mucho después, como también lo comprendió perfectamente San Francisco de Asís al desposarse con la dama pobreza. Pobre no solo de lo que se tiene sino también de lo que se es; pobre de espíritu, como se proclama en las bienaventuranzas; pobre como un niño.

Es este precisamente el lema de todos los Papas: “Siervo de los siervos de Dios”. Puestos a los pies de los hombres como modelo para todos los cristianos, como un niño, como el más pequeño. Sabiendo que su riqueza, su poder y su tesoro esta precisamente en la pobreza y humildad, sometiéndose a la arrogancia y pecados de los hombres, libremente, sin protestar  ,como un niño inocente:  “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán”,  pero con la certeza  y esperanza de que  “a los  tres días después de su muerte, resucitará”.

Valentín de Prado

 

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