Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, octubre 22, 2019
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No despertéis al amor 

«Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas, por las ciervas del campo, no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca» (Ct 2,7). No hay duda de que estas palabras que dice el Esposo acerca de su amada, que es toda alma que le busca apasionadamente, nos dejan como suspendidos entre las alturas de los cielos y los abismos de la tierra. Entrevemos que la pasión con la que ama la esposa nace de la pasión con la que ella se siente amada por Él.

La esposa acaba de librar un terrible combate, ha escogido a Dios, se ha decidido por el Único, al que compara con un manzano entre una multitud de árboles silvestres. Tengamos en cuenta que el manzano representa en Israel el amor. No le ha sido en absoluto nada fácil su elección ya que supone radicalísimas exclusiones. Muchos y tremendamen- te seductores, y también poderosos como tentáculos, son los brazos de los árboles silvestres que tienden, una y otra vez, hacia ella.

Por si fuera poco, su débil corazón no es indiferente a tantas y tan des- lumbrantes solicitudes. Vencido el combate y fijando sus ojos en el único Amado de su alma, se entrega a Él en su bodega. Las emociones pueden con ella, son como adormideras que convierten el suelo que pisa en una especie de abismo, que extrañamente no la sumerge en el vacío, sino que le da la sensación de seguridad y pertenencia, la serena sensación de que ha llegado a su verdadero hogar.

En este trance en el que la esfera de lo divino y lo humano se entremezclan formando un todo, la esposa, sabiendo que ha vencido el comba- te de la fe, que ha tenido la sensatez para escoger al Único para quien su alma ha sido creada, sólo acierta a decir: «¡estoy enferma de amor!» (Ct 2,5). Herida, pues, de amor y por amor, su Esposo vela su sueño: «¡No despertéis, no desveléis al amor hasta que le plazca!»

Los Padres de la Iglesia nos dicen que las Escrituras se iluminan e interpretan con las mismas Escrituras; que sus textos contienen riquezas inagotables, y más aún cuando se cotejan con pasajes paralelos. Esto que dicen es obvio, pues los millares y millares de arroyos que surcan las páginas del Libro Santo, surgen todos ellos de un mismo manantial: el Manantial de Aguas Vivas, que es Dios, tal y como lo llama el profeta Jeremías (ver Jr 2,13).

Dicho esto, nos disponemos a saquear, al menos en buena parte, los tesoros escondidos en este texto del Cantar de los Cantares, desentrañando, sacando a la luz, el Rostro de Dios oculto en el salmo 131. Nos disponemos, repito, a saquear estos tesoros no sólo con el permiso de Dios, sino, más aún, accediendo a sus deseos. Es Él el primer interesado en enriquecer a sus hijos.

Nos imaginamos que el protagonista, quien habla en primera persona en este salmo, es como la esposa del Cantar de los Cantares. Con esto estamos señalando que ambos se identifican con toda alma que busca a Dios.

Parece que también viene de un combate que no es otro que el de la fe. Así como la esposa del Cantar de los Cantares tuvo que desembarazar- se, no sin esfuerzo, incluso a veces a brazo partido, de sus numerosos pretendientes identificados con los árboles silvestres, nuestro salmista ha arrancado de su corazón todo un ramillete frondosísimo de ambiciones. Bien le ha ido el combate con su correspondiente elección. Acertamos a oír su susurro con Dios que empieza así: «Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos altaneros».

Como el mercader de perlas del que nos habla Jesús, que vendió, se deshizo de todas las que tenía en su haber para poder tener acceso a la única que llenaba de luz sus ojos y su corazón (ver Mt 13,45-46), también nuestro salmista ha sopesado primero, y despreciado después, todas las ambiciones sin término de su corazón. Algunas de ellas podían ser incluso legítimas, pero el problema es que todas eran sin término. Decidió entonces abrazarse a una sola: Dios o, mejor dicho, ser de Dios para llegar a Ser.

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