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No dudemos nunca del amor de Dios 
30 de Abril
Por Antonio Simón

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios». (Jn 3,16-21)


No en vano el catecismo de la Iglesia católica comienza con esta introducción: “Padre, esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo” (Jn 17,3). “Dios, nuestro Salvador… quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tm 2,3-4). “No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12), sino el nombre de JESÚS.

Y además los tres primeros punto se agrupan bajo un título clarísimo: “La vida del hombre: conocer y amar a Dios”.

Entonces ¿cómo es posible que, incluso muchos que nos decimos cristianos, aún sigamos encasillados en confundir el temor de Dios con el Temor a Dios? ¿Qué miedo podemos tener ante el que lo ha dado todo para abrirnos un camino de salvación? ¿Cómo es posible que aun sigamos empecinados en hacer nuestra voluntad, en lugar de someternos a la de aquel que ha dado la vida por nosotros? ¿Qué es antes, la falta de fe que nos aleja de la luz de Cristo, o nuestro pecado, que nos cierra la puerta a la gracia y por tanto a la fe necesaria para acercarnos a la salvación? ¿Cuántos de nosotros no nos perdonamos nuestros pecados y seguimos empecinados en ellos por no acercarlos a la luz de Cristo y ponerlos en sus manos, justificándonos siempre por las circunstancias, porque el mundo es como es, porque seguir a Jesús es muy exigente…?

Ahí radica el problema: en que hay uno que nos recuerda constantemente nuestra debilidad, y ante esa debilidad, en lugar de volvernos a Dios y pedir su gracia, que para eso la derrama a raudales, caemos en lo que nos dice el Evangelio: “Este es el juicio: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.  Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras”.

El problema es que en el mundo actual hemos perdido de vista que existe este acusador, empeñado desde la creación en hacernos dudar del amor de Dios, en apartarnos de la salvación y alejarnos de  Él.  Lo que ocurre es que al hacernos vivir como si no existieran, no dejarán de existir porque no los nombremos, es más, ese es el gran peligro, porque al no ser conscientes de su presencia quedamos indefensos ante sus engaños y tentaciones.

Esta es la razón profunda por la que el mundo rechaza continuamente las llamadas a la conversión y a la fe, la llamada a volverse a Jesucristo es en sí un símil muy burdo, como aquellos que se niegan a pronunciar la palabra cáncer, como una forma de no querer ver la enfermedad, esperando que eso lo mantendrá alejado de sus vidas —ojala así sea— sin darse cuenta que en ningún caso el no decir la palabra será la causa de que no aparezca.

En este aspecto, creo ya lo cité en algún caso —aunque nunca está de más volverlo a hacer—  os recomiendo leer y  releer las “Cartas del diablo a su sobrino” de C. S. Lewis, libro que siempre me ha impresionado por la sencillez con que describe la facilidad con que el hombre, cuando se sumerge en los afanes del mundo, se separa de este amor de Dios derramado a raudales sobre la humanidad, quedando así autoexcluido de la vida eterna.

En este tiempo Pascual no cabe otra que luchar por mantener la gracia recibida, acercándonos sin temor a este Cristo, dando gracias a Dios por su infinita misericordia y pidiendo a nuestra Madre celestial que interceda por nosotros para que nos dejemos iluminar por Él, que ha muerto y resucitado para volver a abrirnos las puertas del paraíso, y de paso podemos dar un repaso a la fabulosa encíclica de Benedicto XVI “Deus caritas est” —que explica con mucha mayor profundidad y claridad lo que este humilde altavoz pueda expresar nunca— lo que es y significa para nosotros este amor de Dios.

Antonio Simón

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