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No es costumbre, sino Verdad 
6 de Febrero
Por Ramón Domínguez

«En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: “Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa”. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban». (Mc 6,7-13)


Jesús envía a los Doce de dos en dos con autoridad para expulsar los espíritus inmundos. La expulsión de los demonios del corazón del hombre es uno de los signos que delatan la llegada del Reino de Dios, siendo una de las señales que acompañan a los que creen. Son multitud los espíritus inmundos que esclavizan al hombre sometiéndole a sus tiranías y obligándole a hacer el mal que no quiere, como afirma S. Pablo. Espíritu de la envidia, la ira, la lujuria, la avaricia y tantos otros, que siembran la destrucción y el mal entre los hombres. Cuando estos demonios son expulsados por la predicación del Evangelio, su lugar lo ocupa Dios estableciendo su reinado y, cuando Dios reina, la tierra goza, como afirma el salmo, porque entonces, del corazón del hombre surge el amor, la misericordia, el perdón y la paz.

Jesús confiere a sus apóstoles el mismo poder que Él posee, puesto que desempeñan su mismo ministerio. Pero este poder lo han de ejercer del mismo modo a como Él lo ha ejercido: “Sin pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja, ni túnica de repuesto”. Aceptando lo que se les ofrece, pero sin exigencias, ya que el Reino de Dios no se impone con la fuerza sino que se propone con la palabra, y actúa con la fuerza y la debilidad de la verdad: fuerte porque la verdad acaba por imponerse por sí misma —mientras que la mentira lleva consigo su propia destrucción— pero débil porque se acoge o rechaza en la libertad de cada cual.

Ahora bien, el hecho de que deba acogerse libremente como un don no convierte el reino de Dios en algo superfluo. No es lo mismo que Dios reine en el hombre o que lo hagan los espíritus inmundos. El Reino se propone desde la débil fortaleza de la palabra y el testimonio, pero no por ello se debe dejar de recalcar la necesidad de su acogida si el hombre quiere ser libre. Por eso el evangelio advierte seriamente a los que lo rechazan de las consecuencias negativas de su empecinamiento en la mentira.

Esta palabra es una buena noticia para todos, puesto que anuncia que el Reino de Dios y la liberación del hombre ha llegado con Jesucristo, y con el Reino: la paz, el gozo, la alegría de la tierra. Pero al mismo tiempo es una seria advertencia para todos. En una sociedad como la nuestra, obstinada en el mal y que, en general, rechaza al que puede traerle la paz, la Iglesia ha de ser plenamente consciente del ministerio que ha recibido de Cristo y anunciar con valentía la Verdad. Poco importa que el relativismo imperante abomine de certezas y seguridades, la Iglesia, por el bien de la humanidad, no puede callar ni dejarse embaucar por los cantos de sirena que pretenden adormecerla y asimilarla para que acabe por adoptar la cultura dominante.

En los primeros tiempos de la Iglesia ya se encontró ante una situación semejante, y frente a una sociedad relativista y pagana que imponía la costumbre social —hoy diríamos lo políticamente correcto— el cristianismo lanzó el desafío de la Verdad, pues al decir de Tertuliano: “Nuestro Señor Jesucristo no se denominó a sí mismo ‘costumbre’ sino ‘Verdad’”. Y no se arredró ante las contradicciones y las persecuciones de las que fue objeto, sino que fortaleció la fe de sus fieles a fin de que pudieran ser capaces de obrar con parresia y proponer sin temor la Verdad que salva. Porque la Iglesia ama y sirve al mundo aunque no sea correspondida.

Ramón Domínguez

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