Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, junio 18, 2019
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No le soltaré jamás 

Toda alma que se ha movido hacia Dios con este sello, le ha conocido con el mismo amor que le conoció la esposa del Cantar de los Cantares. Ningún alma que ha buscado así ha terminado encontrando entre sus brazos un fantasma, un fraude, una ilusión, sino a Dios. Ha bebido, bebe y beberá para siempre el vino bueno, el reservado, el que refleja en sus sabores y colores el Bien, la Bondad, la Belleza, el Amor. Todo aquel que bebe de este vino confiesa igual que este hombre orante de Israel: “¡Qué grande es tu bondad, Dios mío! Tú la reservas para los que te aman, se la brindas a los que a ti se acogen” (Sl 31,20).

Como ya anunciamos, traemos ahora a nuestra presencia a María, la hermana de Marta. Al igual que a la enamorada del Cantar de los Cantares, la encontramos sentada, apetecida, trasladada en cuerpo y alma a la bodega. Está a los pies de Jesús bebiendo de su vino; le encanta, es como un río de fuego que recorre todo su ser; y, lo más importante, sabe que estaba reservado para ella. Bebe y conoce, y conoce y bebe. Sí, conoce el deleite, el gusto, la complacencia, el apasionamiento, la delicia, hasta perder los sentidos…, y elige. En su embriaguez, se asombra de que se pueda escoger algo que no sea Él. Es la elección al discipulado, la elección a ser amada sin medida, la elección al amor que la hace crecer, la elección al Todo. Eligió, valga la redundancia, ser elegida, amó ser amada, buscó ser buscada…; consintió con la única locura que nos es permitida en la total libertad: la locura de creer en Él.

Una elección así no se entiende fácilmente. Ni siquiera su hermana Marta lo comprendió. De ahí, y para que quedase grabado a fuego como memorial para todas las generaciones, que Jesús proclamase solemnemente: “María ha elegido la mejor parte y no le será quitada” (Lc 10 42). En cuanto a María, nos la podemos con toda verdad imaginárnosla musitando las mismas palabras de la esposa del Cantar de los Cantares: “Encontré el amor de mi alma, me he abrazado a él, no le soltaré jamás” (Ct 3,4).

Ha encontrado su tesoro, su lote, su herencia, y se ha abrazado a ella con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas (Dt 30,6). No hay poder alguno en este mundo que se lo pueda arrebatar. No puede ser despojada de él pues no está al alcance de ladrones, polillas, ni siquiera del poder corrosivo del orín o la herrumbre, como pueden estar todos los demás tesoros que podrían erigirse como competencia con sus cantos de sirena: “No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben” (Mt 6,19-20).

De ahí que nuestra querida y sabia amiga pueda proclamar junto con otro hombre orante del pueblo santo de Israel: “Las palabras de tu boca valen para mí más que miles de monedas de oro y plata” (Sl 119,72). De él y de los que son como él habló Jesús cuando dijo: “donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6,21).

Y ahí la encontramos con el corazón arrodillado y, a la vez, arrebatadoramente audaz como para apropiarse de lo que “le pertenece”. Le pertenece lo que Dios mismo le ha entregado: su propio Hijo (Jn 3,16). Él es su herencia, su tesoro, y hacia Él tiende su corazón. Hacia Él tiende toda su alma. Hacia Él tienden todas sus fuerzas… Esta nuestra María encarna el espíritu del Shemá (Dt 6,4-5).

María es imagen del discipulado, representa a los hijos de la sabiduría. Así como, en general, se vive, desvive y malvive para amontonar, acumular tesoros que están sujetos al robo, la corrosión y el desgaste, ella está pendiente de atesorar las riquezas insondables que fluyen de la boca del Señor Jesús. Él es el anhelo, la única medida de su corazón y de su alma; atesora, amontona y guarda sus palabras con el mismo amor con que las guardó María de Nazaret, la que hizo posible el Emmanuel, el Dios con nosotros (Lc 2,19).

María, a los pies de Jesús, ha escogido la parte buena. Jesús la llama así porque es la parte incorruptible, aquella que nadie tiene potestad ni de arrebatar ni siquiera de devaluar. Escapa a toda transacción comercial o bursátil. Nos parece oír a Jesús diciendo a su hermana Marta: ¡Te agitas tanto y por tan poca cosa! Tu hermana ha elegido bien, y su elección está en mi mano y en la de mi Padre. Es una elección infaliblemente protegida, ¡Yo mismo la protejo! Lo que digo de ella lo digo también de todos aquellos que me escogieron como Señor, Maestro y Pastor: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano” (Jn 10,27-28).                                                                                         Antonio Pavía.

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