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¡No llaméis a nadie imbécil! 
10 de Junio
Por Alfredo Esteban

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto» (San Mateo 5, 20-26).

COMENTARIO

En este pequeño pasaje del Evangelio de San Mateo está contenida la buena noticia que hoy se nos regala, consiste en las nuevas relaciones que Jesús posibilita y nos invita a tener con las personas que nos rodean y por extensión con todos los seres humanos. El amor hace las relaciones fuertes, firmes y eficaces. En este amor se cumple la ley y la justicia y por esto se nos pide que hagamos crecer el amor a los demás y que la reconciliación prevalezca por encima de la indiferencia, el conflicto y el culto.

Todas las personas tenemos el deseo de amar y ser amados pero también experimentamos las dificultades y los fracasos que suponen el amar, tanto que llegamos a dudar y a pensar que el amor es una utopía inalcanzable. Pero no, el amor es posible si no depende solo de nosotros y de nuestras fuerzas, para que el amor se manifieste es necesario contar con el Señor y tener presente su Palabra “amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 33). Cristo es el Cordero de Dios que carga con el pecado del mundo y extirpa el odio del corazón del hombre. Esta es su verdadera “revolución”: el amor. Dice el apóstol Juan: Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad” (1 Jn 3, 18-19).

El amor es posible y es fuente de paz, alegría, une a las personas y las hace libres.

Ahora que hemos celebrado Pentecostés recordemos las palabras: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos” (Hch 1, 8). Su madre María nos ayude a hacer resonar en todas partes el grito que cambia el mundo: “¡Dios es amor!”.

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