Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, agosto 6, 2020
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No pierdas la brújula 

Rebeca Reynaud

Si dejo de lado la Misa del domingo, no hago oración cada día y me olvido de Dios, se me empieza a desorienta mi brújula y no sé adónde voy ni dónde estoy. Luego siento un gran vacío y eso se debe a que no hay trascendencia en mi vida. Dice el psiquiatra alemán, Jung, que todos los problemas de los seres humanos radican en si van hacia una dirección o si no tiene dirección. Señala este psiquiatra: De todos mis pacientes en la segunda mitad de su vida, es decir, de más de 35, no ha habido ni uno solo cuyo problema no haya sido no encarar la vida desde una perspectiva religiosa. Puede asegurarse que todos enfermaron porque habían perdido aquello que las religiones brindan a sus fieles. Y ninguno de los que se curaron lo hicieron sin haber recuperado antes sus creencias religiosas.

¿Sabes cuál es el fin de tu vida? A veces andamos como oveja sin pastor. Si vamos a una terminal de autobuses y tomamos el autobús equivocado, se pierde tiempo y es frustrante. A veces parece que algunos se han equivocado de autobús, de rumbo. El hombre es un ser herido, dañado por el pecado original, si no tomamos en cuenta esto, no se entiende porque somos incoherentes y a veces hacemos el mal que no queremos.

¿Cuál es el proyecto de vida que tenemos? Es bueno tenerlo, pero también hay que tratar de encontrar cuál es la voluntad de Dios para mí. ¿Cuál es mi fin? Un cristiano diría: Mi fin es la santidad. ¿Qué quiere decir ser santo? La santidad no es una meta reservada a unos pocos elegidos. San Pablo dice que Dios nos eligió para ser santos e intachables por el amor. Y pensó ese proyecto para cada uno de nosotros, antes de crear el universo. Ese es el proyecto de Dios para mí. La santidad es la unión con Cristo. En Cristo Dios muestra su rostro.

Tu problema es un problema religioso, como decía Jung. La santidad, la plenitud de la vida cristiana está en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestro su comportamiento. Hay que ubicarse, para ello, tengamos siempre presente la muerte y la eternidad.

En Cristo Dios está cercano, audible, tangible. Cristo te sana, te guía. “La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros”, dice Benedicto XVI.

Hay un programa español que se llama “Cambio de agujas”, habla de las agujas que hacen que el tren cambie de carril. Relata una serie de conversiones. Al que narra le llaman “el maquinista de hoy”. Una muchacha checa que fue a hacer estudios a Santander, España, salió en ese programa donde se narran conversiones. Cuenta que todas las noches lloraba antes de acostarse. Ella decía: “Si soy honrada debo reconocer que mi vida tiene un tremendo vacío”. Lloraba por eso. Acabó conociendo el cristianismo y ahora es religiosa.

Juan Laureano G. Z. es otro caso presentado por “Cambio de agujas”. A los trece años entró al mundo de la droga, el alcohol y el sexo. El placer era para el sentido de su vida; pero se dio cuenta de que no era más que el intento de llenar el vacío existencial que experimentaba. Algo en su corazón le decía que ese no era el camino. Vio que no sabía qué era amar, pero no tenía referencias. Empezó a frecuentar ambientes peligrosos y a tratar a personas de mala nota para no sentirse tan malo. Gracias a las oraciones de un hermano y de otras personas pude superar mi pasado. A estas dos personas se les había desorientado su brújula pero finalmente han recobrado el rumbo.

Si alguien desea estar bien alimentado espiritualmente, debe tratar de ir a Misa todos los días –o cada tercer día- o al menos los domingos, y orar al menos 10 ó 15 minutos. Cada día tiene 96 cuartos de hora. ¿Por qué no darle 2 ó 3 cuartos de hora a Dios? Sino cuido mi vida espiritual, se me puede desorientar mi brújula. Queremos ir al Cielo. Dios nos podría decir personalmente: “Si quieres verme a mí, Yo me tengo que ver reflejado en ti

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