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FUEGO DE LA TIERRA 
28 de Septiembre
Por Pablo Morata

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?»
Él se volvió y les regañó y dijo: «No sabéis de que espíritu sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos.»
Y se marcharon a otra aldea (San Lucas 9, 51-56).

COMENTARIO

En el pasaje del Evangelio de hoy Lucas subraya que comienza una nueva etapa. Hay un antes y un después. A partir de este momento es la marcha a Jerusalén. Se expresa como una decisión deliberada en su forma y firme en su objetivo: “Se completaron los días en que había de ser llevado al cielo”. (Lo que en el Evangelio de Juan sería la “Hora” de Jesús)

Los discípulos siguen y lo siguen sin entender. Aferrados a la obtusa idea de un mesianismo triunfal, caminan por una ruta que además, normalmente era evitada por los peregrinos piadosos que se dirigían a Jerusalén para eludir el encuentro con los samaritanos con los que les unía un recíproco desprecio racista.

Jesús quiere pasar por este territorio porque ha de encontrarse con la gente que, como tú y como yo, tienen una actitud religiosa heterodoxa, mediocre e imperfecta; encuentro en el que él siempre tomará la iniciativa.

Para los samaritanos, el mero hecho de pasar por su territorio para ir a Jerusalén podía ser considerado una provocación, de ahí su hostilidad. Y para los discípulos, sobre todo Santiago y Juan, más chulos que un ocho, y que por el camino ya se estaban repartiendo los asientos a derecha e izquierda, haciendo ostentación de su concepto de “poder” apelan a la “justicia divina”: ¡Que baje fuego del cielo y que acabe con ellos! En los pueblos, suelen tener bastante tino a la hora de colocar un “mote”. Santiago y Juan eran apodados “los hijos del trueno”. Probablemente no sería la primera vez que en su casa se oyera la expresión: “¡Que te parta un rayo!”

El “fuego del cielo” aparece varias veces en la Escritura, como represalia hacia los falsos e idólatras profetas de Baal, a los que Elías reta e inflige este castigo (cf. 2Re 1,10). Pero sobre todo, es la condena que recae sobre la ciudad de Sodoma y sus habitantes los sodomitas. Y aunque esta palabra, sodomita, haya quedado en nuestro lenguaje como un comportamiento de índole sexual, el pecado de Sodoma realmente fue su falta de hospitalidad. La hospitalidad en el mundo semita era considerada casi un sacramento. Algunos sin saberlo, recibieron a ángeles (cf. Heb. 13,2). Contrariamente los samaritanos “no lo recibieron”. Según criterio de sus acompañantes lo justo sería aplicar el mismo castigo que a Sodoma: Sería lo merecido.

El espíritu de poder justiciero siempre está ahí, aflorando en la condición humana. ¡Cuántas veces apelamos a la Justicia Divina – (Si hay un Dios ahí arriba ya le dará su merecido)- cuando, en realidad, no es más que la rabia e impotencia por no satisfacer nuestro deseo de venganza!

Porque inhospitalarios no fueron solo los samaritanos: “La Palabra vino a los suyos y los suyos no la recibieron” (Jn. 1, 11) Y si hay algo que podemos extraer claramente del pasaje de hoy es que el Dios de Jesucristo no es el Dios “justiciero”, “castigador”, “vengativo”. “Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3, 17)
Es cierto que Dios habla en todo cuanto acontece; pero hacer una lectura creyente de los acontecimientos implica leerlos siempre en clave de salvación. Bastaría hacer una ojeada a nuestro mundo tan herido por el egoísmo, el materialismo, la cultura del descarte… tantas actitudes que podrían justificar “fuego del cielo” y mucho más.

Pero hoy lo que brota es “fuego de la tierra”, como un “quejío” que le abre las entrañas y le hace escupir el fuego que lleva dentro: ¿castigo de Dios? Yo quiero leer más bien otro mensaje: Si alguna vez el fuego del cielo fue interpretado como castigo ante la cerrazón de un pueblo, hoy, el fuego de la tierra es un grito que nos invita a la Hospitalidad (con mayúsculas) a abrir de par en par las puertas de nuestra casa, de nuestra mente y de nuestro corazón. “Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe” (Mt. 10, 40).

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