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NO SE TURBE VUESTRO CORAZÓN, CREED EN DIOS 
10 de Mayo
Por Ángel Pérez Martin

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».

Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta».

Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.

En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre» (San Juan 14,1–12).

COMENTARIO

Quinto domingo de una Pascua especial que suscita en nosotros muchos interrogantes, como en los discípulos. Esta lectura ya se proclamó el pasado viernes y parece una fotografía de la realidad de hoy ante los acontecimientos que estamos viviendo. El diálogo entre los apóstoles y Jesús, ilumina posiblemente, los diálogos íntimos que surgen en nosotros cada día; por eso lo primero a lo que nos invita Jesús hoy es: «no se turbe vuestro corazón». En este evangelio se muestran dos formas de conocimiento y por tanto, de vida: «como el mundo» o «según Dios». Los apóstoles preguntan desde la perspectiva del mundo, quieren tener conocimiento de un camino cierto —pero terreno— y una noción racional del Padre del que les habla su Maestro. Jesús va a dar respuesta —nos va a dar respuesta— a lo que le falta a todo ser humano para ser pleno, para recuperar esa imagen originaria que Dios plasmó en él al darle vida. Jesús responde a las preguntas que durante mucho tiempo la Metafísica ha planteado y que el hombre —soberbio e incapaz— ha despreciado al no encontrar —fuera de Dios— respuestas satisfactorias. Dice Jesús: «Yo soy el camino»; primera pregunta existencial: ¿quién soy yo? ¿para qué vivo? El otro día ya cansado de tanta limitación, de tanta cuarentena, de la dificultad de comunicarme con los demás, pensaba ¿y los que están en la cárcel, cómo pueden vivir con la misma rutina, algunos de por vida? Responde Jesús: «Yo soy el Camino»; y esto ¿qué significa?: Jesús ya lo ha dicho: «amad como yo os he amado»; lo que da sentido a nuestra vida no es la calidad del proyecto mundano que cada uno tenga, sino la capacidad de donación, de entrega, de servicio, de amor, esté donde esté y como esté. Segunda pregunta existencial ¿por qué soy como soy? ¿Qué sentido tiene mi vida? Jesús contesta: «Yo soy la Verdad» El hombre tiene ansias de verdad pero ante la incapacidad de amarse tal y como es, de aceptar la historia que no comprende, se autoengaña, se aliena al no poder asumir su pobreza, su pequeñez, su debilidad, Jesús se presenta como la Verdad de nuestra vida. ¿Qué verdad? QUE DIOS NOS AMA. Jesucristo es la prueba evidente del amor de Dios. Esta es la única verdad que llena al hombre, que lo satisface: sentirse querido tal y como es. Jesús no ha venido a condenar al mundo sino a salvarlo. Tercera pregunta existencial ¿por qué existe la muerte? Termina diciendo Jesús: «Yo soy la Vida». Aprovechando la realidad de ser finito, Satán nos sedujo y nos mató: «No es cierto que Dios te quiera, te ha creado para la muerte». Dice Heidegger que el hombre que vive de espaldas a esta verdad irrefutable tiene una vida incompleta. Jesús es la Vida con mayúsculas. Es mentira lo que ha dicho Satán. El hombre está creado para la inmortalidad, para Dios. Jesucristo es la Vida porque ha vencido la muerte; ha dado al hombre la posibilidad de vivir en libertad, con los ojos puestos en el cielo. Este camino nos lleva a Dios, esta verdad nos habla de Dios y la vida solo toma sentido en Dios. Por eso el Señor en este tiempo nos invita: «Creed en Dios y creed también en mí». Jesús y el Padre son uno y solo participando de esta unidad, a través del Espíritu Santo, podremos hacer obras propias de un cristiano.

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