Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 17, 2019
  • Siguenos!

No somos la generación perdida 

La juventud es el espejo en el que se mira la sociedad. Por esta razón, en el contexto general de la dramática situación que atravesamos, llaman especialmente la atención los alarmantes indicadores relativos al desempleo y la precariedad laboral de los jóvenes. La naturaleza de la crisis que padecemos provoca, como es lógico, que la mayoría de las preocupaciones se centren en los aspectos relativos al ámbito económico. Sin embargo, muchas personas e instituciones, como la Iglesia, van más allá e identifican una correlativa crisis de valores que azota a nuestra sociedad y, con especial crudeza, a los jóvenes.

Desde el comienzo de su Pontificado, el Papa Francisco nos ha advertido sobre esta realidad. En la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro (2013), el Santo Padre mostraba su preocupación por la exclusión de los jóvenes en la sociedad y se refería a ellos como “la generación que no tiene la experiencia de la dignidad por el trabajo”.

En efecto, el trabajo es una de las principales expresiones de la dignidad del ser humano porque es el medio que le permite subvenir a sus necesidades y las de su familia. Mediante el desempeño de su profesión, el joven se puede proyectar y cumplir con su vocación y misión personal en la vida. Ahora bien, si el trabajo es una actividad fundamental y básica para el hombre, lo ha de ser en su justa y necesaria medida. En la actualidad no solo asistimos al drama del desempleo y la precariedad laboral juveniles. Muchas organizaciones, conscientes de esta coyuntura, fomentan la identificación del trabajo con el único ídolo por el que merece la pena sacrificarlo todo: el tiempo libre, la familia, las relaciones sociales y el descanso.

centinelas del futuro

Estas situaciones extremas han agravado la ya mencionada crisis de valores. Los jóvenes, con o sin empleo, corremos el riesgo de ser los protagonistas de una generación perdida, en la que el trabajo y la búsqueda de los bienes económicos se conviertan en los dueños de nuestros destinos. Benedicto XVI y Francisco han reflexionado mucho acerca de estas cuestiones, invitándonos a adoptar un punto de vista diferente, con Cristo como referencia.

En la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid (2011), el Papa emérito reconocía que “vosotros, jóvenes, tenéis el derecho a recibir de las generaciones que os preceden puntos firmes para hacer vuestras opciones y construir vuestra vida”. Así, Benedicto XVI nos recordaba el papel responsable que han de ejercer sobre nosotros los que nos preceden, en general, y la Iglesia, en particular.

Por su parte, Francisco también exhortaba a los propios jóvenes para que nos concienciáramos acerca de lo fundamental de nuestra misión en la sociedad, ya que “la juventud es el ventanal por el que entra el futuro en el mundo”. Así, nos invitaba a no dejarnos excluir en una sociedad en la que tenemos que hacernos valer y luchar por nuestros valores.

Como jóvenes, tenemos que sentirnos interpelados y apoyados realmente por las palabras de los dos Pontífices para ponerlas en práctica. San Juan Pablo II también creyó en nosotros y nos definió como “los centinelas del futuro”, llamados a ser “los apóstoles de nuestros coetáneos”, porque somos nosotros la esperanza de la sociedad y de la Iglesia.

santos del nuevo milenio

No somos la generación perdida. Reconocer este error supondría poner en duda los planes de Dios sobre todos nosotros y la misión que nos ha otorgado como individuos y como generación. Por tanto, no tenemos derecho a considerarnos ni a que nos consideren como tal. Somos los jóvenes que han de conquistar la santidad en la cotidianeidad y las dificultades de esta etapa de crisis. Somos aquellos que han de superar esta decadencia y forjar un futuro próspero y pleno para los que nos sucederán.

No somos una generación perdida. Somos la generación de la que han de surgir los santos del nuevo milenio. Somos los escogidos por Dios para iniciar este nuevo tiempo con el apostolado desde nuestros lugares de estudio o trabajo, en nuestros grupos de amigos y en la sociedad en general.

Arraigados verdaderamente en Cristo todo es más sencillo. Las situaciones difíciles se hacen más llevaderas porque Él siempre camina a nuestro lado. Él nos muestra nuestra verdadera dignidad, aquella que no depende ni de nuestra situación laboral ni de nuestro estatus social: la dignidad de los hijos de Dios.

En este sentido, el Papa Francisco nos recuerda que Jesús cuenta con nosotros y nos pide que seamos sus discípulos toda nuestra vida. Mediante la oración, los sacramentos y el servicio nos invita a descubrir y dejar crecer la semilla que Dios ha sembrado en cada uno de nosotros. “No se metan en la cola de la vida, sean protagonistas, métanse adelante y construyan un mundo mejor. Jesús nos ofrece la posibilidad de una vida fecunda y feliz”.

Por tanto, no somos la generación perdida porque Dios nos ha dado una gran misión: la renovación del mundo. Todos hemos de sentirnos copartícipes en esta tarea y poner al servicio de la misma nuestros talentos y empeño. Como jóvenes estamos llamados a ser más rebeldes que nunca y a mostrar nuestro inconformismo con los planteamientos que imperan en nuestra sociedad y tratan de negarnos un presente y un futuro plenos.

Marta A. Guerrero

No somos la generación perdida. Somos la generación que ha de reconquistar el mundo y portar la esperanza con un ejemplo de vida santa y llena de Dios.

Añadir comentario