Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, octubre 14, 2019
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“No son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo“ 

Esta frase la repite Jesús al pie de la letra, dos veces casi seguidas en Jn 17,14 y 16, lo que no deja de ser muy llamativo ni puede atribuirse a un simple desliz del evangelista o de los transcriptores del texto. Estamos en el contexto de la larga conversación de Jesús con sus discípulos antes de su pasión, donde él habla con el corazón en la mano y los apóstoles escuchan con el oído abierto: es el capítulo 17, la oración sacerdotal de Jesús a su Padre. Para la mentalidad de sus oyentes era más fácil que para nosotros seguir el hilo del discurso, pues a nosotros nos cuesta, a veces, captar el entresijo del razonamiento. Sobre todo cuando se desarrolla de modo circular y concéntrico, como el de San Juan, donde la repetición de ideas y palabras choca con el esquema lineal de nuestro pensamiento silogístico occidental. Ya antes, en Juan 15, 18ss, había hablado Jesús del odio del mundo. En la cita que nos ocupa añade que la razón de que no son del mundo es “porque Yo les he dado tu palabra, por lo cual el mundo los odia” (Jn 17,14). ¿Qué tiene que ver la dación de su palabra para no ser del mundo y atraer su odio? Efectivamente, eso es lo mismo que decir que Jesús no es de este mundo porque Él es la Palabra, la que vino a este mundo, que no la conoció ni la recibió (Jn 1,10-11); y como precisamente está pidiendo al Padre que los suyos sean una sola cosa con Él —“para que sean uno como nosotros” (17,11)—, todo lo que se identifique con Jesús es objeto de odio del mundo. Por eso quien acoge su Palabra no es de este mundo y será odiado por el mundo. Aquí está la explicación de la pregunta anterior y ahora el silogismo sí nos resulta claro: Jesús es la Palabra que el mundo no conoce y odia; nosotros, acogiendo su Palabra, somos una cosa con Jesús, luego el mundo también nos odia. Y surge espontánea la pregunta: ¿qué se entiende por “el mundo”? No vamos a entrar en un discurso más exhaustivo, sino solo a repasar dos aspectos. Remontémonos por un momento a la celebración de los ritos que hacen presente la Redención-Salvación, que se inicia en la Vigilia Pascual con el rito de la luz. La liturgia pedía que se “crease” el fuego de modo natural, al estilo antiguo, es decir, por medio del choque de piedras, produciendo la chispa que encienda la yesca o por otro método parecido, como un cristal que concentre los rayos del sol, etc. Nunca se debía encender el cirio pascual con una cerilla, un mechero, un cabo de vela… ¿Por qué? Para darnos a entender que esa luz que “nace” de modo natural es Cristo, significado en el cirio pascual, procedente así de la Tierra, como nosotros. Él es también un hombre como nosotros, que nos redime-salva “desde dentro” de nuestra propia naturaleza, en la que se encarna la Persona divina del Hijo de Dios. Es decir, por una parte, Dios viene “de lo alto” para asumir nuestra naturaleza y, por otra, procede de esta misma naturaleza aupándonos y arrastrándonos a la salvación “desde dentro”. Jesús, pues, por su encarnación, sí es de este mundo. Él, desde esta posición, se nos revela como luz y nos trae de lo alto la luz que “ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9). ¿Cómo puede afirmar, entonces, que no es de este mundo? ¿En qué quedamos? Aquí entendemos por “mundo” todo aquello que libremente no quiere acoger esta realidad de la Palabra encarnada; mundo o anticristo es quien niega que Dios se haya hecho carne (1Jn 2,22). Por eso dice que el mundo odia a los suyos, porque como les ha entregado su Palabra —es decir, a sí mismo—, el mundo no los acepta. Así lo recalcará San Juan: “No os extrañéis si el mundo os aborrece” (1Jn 3,13). Por eso, en su oración sacerdotal, Jesús ha rogado al Padre que sea Él quien los guarde, porque se ha dado a sí mismo a sus discípulos, que guardan la Palabra acogida, de la misma manera que el Verbo ha estado “custodiado”, escondido por siglos eternos antes de la creación del mundo (Rm 16,25), donde existía el Hijo, su Palabra eterna, desde el principio (Jn 1,1). Pero el mundo no quiso recibir esta Palabra, “que era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9): “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12) se autoproclama Jesús, que junto con el Padre, es definido como Luz. “Dios es Luz” (1Jn 1,5) fuente de “toda dádiva buena y de todo don perfecto, que desciende del Padre de las luces” (St 1,17). Esta luz que fulgura en el rostro de Cristo, la luz pascual que procede de la naturaleza terrena como símbolo de la luz que es Dios, es la que rechazan los hombres, tapándose perversamente los ojos para no verla: “Tienen ojos y no ven (Sal 115,5; 135,16) “porque amaron más las tinieblas que la luz” (Jn 3,19). El mundo, pues, al que no pertenecen ni Jesús ni sus discípulos es el reino del pecado, de las sombras de la muerte, de las tinieblas amadas por los hombres. El pecado radica exactamente en no creer en Jesús (Jn 16,9), mientras que la vida eterna consiste en “conocer al único Dios verdadero y a su enviado, Jesucristo” (Jn 17,3). Por eso el evangelista recuerda que “vosotros estáis limpios por la Palabra que os he dado” (Jn 15,3). Es decir, el perdón de los pecados está en la acogida de la Palabra, en guardarla, puesto que es la Palabra —el mismo Jesús— quien obra la purificación de los pecados. Nos hemos acostumbrado, quizás, a revestir esta Palabra de ritos y fórmulas pensando que en ellos está la redención, al tiempo que hemos vaciado de contenido esa misma Palabra, causa de salvación. Por supuesto que necesitamos los ritos y las fórmulas para obtener el perdón de los pecados, pero sin duda es la “cercanía” con Jesús, la intimidad con Él, la actitud perseverante de “oyente de la Palabra”, la que provoca y produce la redención del pecado por medio de todos esos símbolos. De aquí que siga Jesús rezando a su Padre para que consagre a los suyos en la verdad, o sea, para que se dediquen exclusivamente —que esto quiere decir consagrarse— a la verdad, que el mismo San Juan nos aclara: “la Verdad es tu Palabra” (Jn 17,17). Lo cual es como si dijera: Padre, tu Palabra, que soy Yo, es la Verdad, esto es, Yo soy la Verdad, y te pido que ellos se dediquen a mí, se consagren a la Verdad que soy Yo, “Verdad, Vida y Camino” (Jn 14,6). Por eso te pido, Padre, que de la misma manera que Tú me has enviado al mundo para que Yo sea la Luz del mundo y quien me siga no camine en tinieblas, así también Yo los envío al mundo, pues también “vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14). De hecho, así está bautizada la Iglesia ante la humanidad, como “luz de las Gentes” (Concilio Vaticano II, LG 1). Por eso Jesucristo no ruega por el mundo, que se opone a Él frontalmente, pero sí por nosotros que ciertamente estamos en el mundo, y no para que escapemos de él, sino para que nos libre del Maligno, “el Príncipe de este mundo” (Jn 14,30). Es más: quiere que donde Él esté, estemos también nosotros (17,24). Este “quiere” significa que su deseo y su oración son eficaces, con lo cual, si Él se dirige al Cielo y está en el Cielo, allí vamos sin falta; aunque igualmente “quiere” que, si Él va a la Cruz, también nosotros subamos a ella a dar la vida por el mundo. No nos engañemos, pues, ya que la gloria del Reino va precedida del horror de la Cruz: este es el Camino de esa Verdad y de esa Vida, la Palabra de Dios encarnada.

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