Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, agosto 18, 2019
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No te acerques 

Le dijo: No te acerques aquí: quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada” (Ex 3.5).

¡Heme aquí!, había dicho Moisés a la voz que, desde la zarza ardiente, proclamó una y otra vez su nombre. Dios vuelve a hablar ahora para decirle ¡no te acerques más, descálzate, estás en tierra sagrada, en mi presencia! Ni tú ni nadie podéis cubrir la distancia que os separa de mí.

Con estas palabras el autor pone de manifiesto la absoluta trascendencia de Dios. De El podemos saber solamente tanto cuanto se nos dé a conocer. Es un manifestarse con palabras que se cumplen en acontecimientos. Intentar conocer o dar explicaciones de Dios en un campo distinto al que El mismo escoge para manifestarse, corre siempre el gran peligro de hacer de El un ser lejano, casi como un objeto de investigación, y, al mismo tiempo, terrible e incluso caprichoso en lo que respecta a la historia del hombre y del mundo.

De ahí la advertencia de Dios a Moisés: No te acerques, no estás en condiciones para saber de mí. Fui yo quien me acerqué a vuestros padres y quien me acerco ahora a ti y, por tu medio, a todo mi pueblo santo. No te acerques ni tengas miedo.

Los grandes miedos del hombre con respecto a sus dioses, así como la historia de las culturas y religiones en general, dan buena prueba del temor innato que el hombre tiene hacia aquello que le sobrepasa. En su desamparo ante el sufrimiento, el mal y, sobre todo, la muerte, no les quedó otro remedio que imaginarse dioses a los que necesitaban contentar y complacer para no ser objeto de sus iras y poderes destructores.

La revelación que progresivamente va haciendo Dios de sí mismo a Israel, rompe este esquema religioso del hombre que, repetimos, nace de sus miedos ante todo aquello que no puede dominar como, por ejemplo, una simple tormenta o huracán.

Dios se manifiesta a su pueblo de una manera, en un escenario, que nada tiene que ver con esas percepciones fantasmagóricas. Su tarjeta de visita es, de una forma o de otra, invariablemente la misma: ‘Aquí estoy! Aquí estoy, y no vengo para destruir sino para salvar, porque soy Dios y no un hombre”, como nos dicen los profetas (Os 11,9).

No te acerques a mí, porque el Dios que vas a dibujar en tu imaginación no tiene nada que ver conmigo. Por eso soy yo el que me acerco, el que me he aparecido a ti por medio del fuego de la zarza. Tú no tienes cómo acercarte a mí, pues yo soy el Trascendente. Así lo expresó el salmista en términos penitenciales: ¿ Quién subirá al monte de Yahvé? ¿Quién podrá estar en su recinto santo? El de manos limpias y puro corazón, el que no lleva su alma a la vanidad, ni jura con engaño. El alcanzará la bendición de Yahvé, la justicia del Dios de su salvación” (Sal 24,3-5).

Podría seguir diciéndole Dios: Soy yo quien me acerco a ti. Te conozco, pues eres obra de mis manos. No tengo que adivinar nada ni echar mano a mi imaginación para saber quién eres; por eso te he llamado por tu nombre, porque te conozco.

Es muy importante este hecho de que Dios quiera mantener su distancia con el hombre hasta el momento oportuno, momento que llegará con la Encarnación. Hasta entonces, El mismo insiste en mantener algo así como un abismo separador con su pueblo, como lo podemos ver en el Sinaí. En esta montaña sagrada Dios promulga su alianza de salvación con Israel. Llama la atención que ha estado al lado de su pueblo al salir de Egipto, al atravesar el mar Rojo, en su caminar por el desierto protegiéndole de mil penalidades, lo que no quita que, a la vez, mantenga celosamente su trascendencia.

Dios actúa así a causa de la debilidad del hombre. Es justamente nuestro barro el que nos lleva a manipular todo lo que cae en el ámbito de nuestros sentidos. De hecho, incluso en la Encarnación, el juicio que dieron sobre el Hijo de Dios en su primera personación en la sinagoga, marcó ya su trayectoria. Fue un juicio que no consiguió traspasar la apariencia; y por eso dijeron: ¡no es más que un carpintero! Aun así, nuestro barro, lejos de provocar la ira de Dios como es el caso de los dioses inventados, provoca su amor y su ternura, como nos dice la Escritura: “Clemente y compasivo es Yahvé, tardo a la cólera y lleno de amor; no se querella eternamente ni para siempre guarda su rencor; no nos trata según nuestros pecados…, que él sabe de qué estamos plasmados, se acuerda de que somos polvo” (Sal 103.8-14).

Sabe que somos de barro, que se nos tiene que acercar Él, y con mucho tacto. Que primero tiene que preparar a su pueblo con manifestaciones progresivas hasta que llegue el momento de poder encarnarse. El hecho de que después le rechacen hasta la muerte y muerte de cruz, no impide que su revelación definitiva, su cercanía irrevocable, se realice. Salió vencedor del sepulcro y está con nosotros (Mt 28,19-20).

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