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No te conozco, porque no veo mi rostro en ti 
30 de Octubre
Francisco Jiménez

«En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: “Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús les dijo: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’; y él os replicará: ‘No sé quiénes sois’. Entonces comenzaréis a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero él os replicará: ‘No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados’. Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”».  (Lc 13,22-30)


No ha pasado a la historia el nombre del quídam (“transeúnte anónimo” en latín) que se atrevió a preguntar lo que a todos nos interesa mucho. ¿Son pocos los que se salvan?. La pregunta y la respuesta dan por sentado lo fundamental: ¡Hay salvación! No es poco ver abiertas las puertas de la vida eterna.

Para pocos o para muchos, lo esencial es reafirmar que existe la salvación, que no estamos “condenados” a acabar con este mundo temporal y que el “reino de Dios” verdaderamente existe. Lo que se interroga interesada y subjetivamente, aunque sea por modo indirecto, mediante la disyuntiva entre pocos o muchos, es un cálculo de probabilidades, una aproximación a la gran duda de si yo estaré entre los salvados. O dicho de otro modo; si la “selección” no va a ser muy rigurosa quizás pueda entrar en el número de los elegidos.

Unos versículos antes, en 12,1 Lucas nos relata que “miles y miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros“. La pregunta también tiene ese sentido: ¿toda esta multitud que te escucha y te sigue va a entrar en tu Reino? Aclárame, ¿esto es un asunto de masas o de élites? Da la impresión de estar sugiriendo la respuesta: Confírmame —por favor, Señor— que esto es minoritario, cosa de unos pocos.

La contestación de Jesús no se dirige solo al preguntante. Y contiene dos respuestas: por una parte prescribe “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha” y de la otra, a propósito de la disyuntiva pocos/muchos, afirma que muchos pretenderán entrar y no podrán“.

No hay demagogia ni blandenguería; el lenguaje “esforzaos“, “puerta estrecha“, “muchos pretenderán entrar y no podrán” contrasta con nuestro seguimiento cultural, indoloro y autorreferencial.

¿A qué viene este rigorismo? ¿Qué ataque de ascetismo tiene que arrebolarnos? ¿No habíamos desterrado para siempre la palabra “esfuerzo” por la prevalente “gratia“? ¿Nos hemos vuelto pelagianos? No. Realmente la advertencia nunca es amenaza, prevenir las consecuencias de nuestros actos no es sino caritas in veritate.

Suena muy duro, pero es lo que dice El Señor. El anónimo que inicia el diálogo lo había denominado arriesgadamente “Señor”. Sin embargo recibe también aquel: “Apartaos de mi, todos los agentes de iniquidad“, como avisa el Salmo 6. No vale de nada haber comido y bebido con Él, ni haber consentido que hubiera enseñado en nuestras plazas. “No os conozco, no sé de donde sois”. Es la misma sentencia proferida para las cinco vírgenes desprevenidas. Aquí también se habla de que la puerta se cerrará, y el relato escenifica que el porfiar a través de la puerta es ya completamente inútil. Y, como en la parábola de Lázaro, la visión de Abraham (aquí con Isaac, Jacob y todos los profetas) confirmará una separación infranqueable. La genealogía no salva; vendrán de los cuatro puntos cardinales y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. En realidad el pueblo de Israel no es exclusivista y reza en favor del “muchos” en el Salmo 66; quiere —como la Iglesia— que todos los pueblos se salven.   Pero hay (no habrá, hay) muchos últimos que serán primeros y muchos primeros que serán últimos.

La Biblia de la Conferencia Episcopal Española pone una nota a propósito de la puerta estrecha, que enlaza —con cierto gracejo— la idea del cierre de la puerta, con la angostura de la puerta y con las “aglomeraciones del final“. Parece sensato, y acorde con la enseñanza de Jesús, no dejar para última hora la conversión y exponerse a encontrar la puerta cerrada. De nada nos aprovecharía nuestro historial “con” el Señor; puede que hayamos hecho mucho pero también puede que no hayamos creído nada. Como recordaba en su último magisterio Benedicto XVI, no basta creer “en” El Señor, sino que debemos creer “al” Señor. Y creer  lo que Él nos dice implica acoger la idea de la “puerta estrecha”, de ir contra corriente, de seguir sus pasos, de aceptar lo que le es verdaderamente imposible al hombre: cargar con los incumplimientos y los pecados de los demás.

Si ni siquiera baja a nuestro corazón la aceptación sin excusas de nuestros propios pecados  —cometí la maldad que aborreces— menos aún vamos a pechar sin rechistar con las culpas y los pecados ajenos. Esa es la puerta estrecha (que requiere esfuerzo, combate, contrariar las tendencias de nuestro yo), porque ese es el camino que el inocente, Jesucristo, ha seguido, y no sin oración y combate, con toda clase de zozobras, sufrimientos, incomprensiones y condenas. Pero Él es el camino.

Francisco Jiménez Ambel

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